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VIDA

¿Más rápido? ¿Para qué?

MIAMI.- Una hipnoterapista amiga resume su profesión en cuatro palabras: “desacelero a la gente”. Vivimos con mucha prisa, “como si el cielo se fuera a caer y el Rey lo debiera saber”. Y eso que –al menos este país- no vive aquella época febrilmente fabril, satirizada  por Charles Chaplin en su filme Tiempos Modernos con su personaje Charlot, saliendo turulato de una fábrica por lo rápido que debía apretar cada tuerca.

Por FRANK DÍAZ DONIKIÁN

MIAMI.- Una hipnoterapista amiga resume su profesión en cuatro palabras: “desacelero a la gente”.

Vivimos con mucha prisa, “como si el cielo se fuera a caer y el Rey lo debiera saber”.

Y eso que –al menos este país- no vive aquella época febrilmente fabril, satirizada  por Charles Chaplin en su filme Tiempos Modernos con su personaje Charlot, saliendo turulato de una fábrica por lo rápido que debía apretar cada tuerca.

Nos apresuramos galopantemente ante todo. Y comenzamos temprano, cuando en las escuelas se obliga a los niños a entregar sus exámenes en un tiempo rotundo, sin chance para más.

Lo peor de todo es que no tenemos cómo aclimatarnos a tanto apremio. También está la tecnología informática global que nos impela, y afrontamos mayor volumen de trabajo en un mismo fondo de tiempo… y de salario, por supuesto.

Así las cosas, de tanta premura hemos enfriado las relaciones personales. Incluso, andamos medio enfermos: no dormimos lo suficiente, ingerimos sin masticar, sufrimos de migrañas, gastritis y estreñimiento; entre otros demonios.

Es una prontitud a veces inexplicable e innecesaria, con la cual también nos contradecimos.

Es que tenemos autos capaces de arrancar de cero a 60 millas en poquísimos segundos. Pero en nuestros entornos, enseguida nos detiene el denso y lento tráfico en la 836. Nos atrapa el paso de un tren “de cuatro leguas” en Hialeah. Y parece infinita la espera por la luz verde de semáforos cada vez más calmudos por doquier.

Anhelamos el teléfono, la computadora o la conexión de Internet más veloz, “porque nadie quiere quedarse atrás” y “el tiempo es dinero”. Sin embargo,  un vuelo comercial de costa a costa todavía demora seis horas, como hace 50 años. Y la travesía de un barco carguero desde nuestras latitudes hasta Japón, sigue durando un mes.

Gastamos cuatro horas de carretera! en ir a divertirnos a Orlando. Y no apostamos por un tren bala como los existentes en China, Francia y hasta en España.

Con todo, la realidad nos está demostrando que con nuestras capacidades resulta difícil ir ya más rápido. Tal vez estemos llegando a límites naturales. Sólo hay que observar cómo tantas marcas de tiempos permanecen imbatibles durante muchos Juegos Olímpicos o campeonatos mundiales.Y cuando se rompen, sólo es por fracciones de segundos.

Pero además, ¿acaso con el apremio que nos exigimos estamos siendo más productivos o eficientes? ¿Somos más puntuales,  más amables?

Cuando se llega al drive-thru de un restaurante de comida rápida, por ejemplo, y se ordena una cena pantragruélica que debe ser servida en cuestión de un minuto, no se sabe el estrés que eso causa en el interior del establecimiento, y con ello no siempre se obtiene un servicio de calidad.

Una vida más acelerada causaría mayor presión en la gente. Y sabemos que para aguantar la cuota de celeridad actual, hay quienes acuden a válvulas de escapes nada sanas.

Podemos detenernos ahora mismo con las velocidades que ya poseemos, y no por ello dejarán de brillar las estrellas en el cielo.

Atemperémonos pues, y ganemos tiempo para poner de nuevo los pies en la tierra, mirarnos por dentro y curarnos un poco.

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