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DESDE EL VATICANO

León XIV interpela a la Barcelona secular: unidad, acogida y bien común en tiempos de división

La frase fue corta, pero de impacto, porque no fue solo un gesto de cortesía lingüística. Fue una declaración de intenciones

Por MARINELLYS TREMAMUNNO
Embed - Leon XIV emocionó Barcelona | El primer encuentro con la ciudad el martes 09 de junio de 2026

Hay ciudades que reciben a los papas con cortesía. Y hay ciudades que los interpelan. Barcelona es de las segundas. Cuando León XIV aterrizó el martes 9 de junio en el aeropuerto de El Prat, entró en una capital mediterránea que le planteaba en silencio una pregunta vieja y urgente al mismo tiempo: ¿qué tiene que decirle la Iglesia a una ciudad que ya no espera nada de ella? La respuesta llegó a través de sus gestos y discursos, alternando entre el catalán y castellano, y dejó una estela que tardará en disiparse.

La primera palabra, en catalán

Nadie esperaba que hablara en catalán. Y, sin embargo, al entrar en la Catedral de la Santa Cruz y Santa Eulalia para la oración del mediodía, el papa León XIV miró al capítulo catedralicio y comenzó: “Queridos hermanos y hermanas, con gran alegría inicio mi visita”, dijo en catalán.

La frase fue corta, pero de impacto, porque no fue solo un gesto de cortesía lingüística. Fue una declaración de intenciones. Instantes después, ya en español, el pontífice articuló la médula de su mensaje barcelonés con una claridad que no dejaba margen a la interpretación: “En un mundo desgarrado por guerras y divisiones, en una sociedad cada vez más fragmentada e individualista, queremos ser testigos y profetas de unidad, de acogida, de concordia y de paz, incluso a costa de sacrificios y renuncias”.

Habló al mundo, pero también a esa ciudad que lleva décadas discutiendo su propia identidad, marcada por la colisión entre el nacionalismo catalán (que reivindica una identidad nacional diferenciada, lengua propia y mayor soberanía o independencia) y el constitucionalismo español (que defiende la unidad del Estado y la soberanía nacional española). “Barcelona es llamada ‘Cap i Casal de Catalunya’. Esto da a esta comunidad, y a todos vosotros, barceloneses y catalanes, una vocación y una responsabilidad especial para convertiros, con la ayuda de Dios, en constructores de unidad”, expresó una vez más en catalán.

El segundo estadio: cuarenta mil jóvenes

Esa noche, el Estadio Olímpico Lluís Companys de Montjuïc —el mismo que en 1992 recibió las Olimpiadas— se llenó con más de 40.000 jóvenes. Muchos venidos de América Latina, así como muchos españoles. Algunos de ellos no se identificaban con ninguna religión, pero llegaron igual y llenaron el segundo estadio visitado por el pontífice en España, luego de abarrotar el Santiago Bernabéu en Madrid.

El papa se presentó sin discurso preparado para la primera parte. Se sentó, escuchó sus preguntas, y respondió con una honestidad que rara vez se asocia al lenguaje eclesial. Ante el dolor, ante el sufrimiento de los jóvenes, no buscó refugio en la retórica: “No debemos espiritualizar el dolor, reconduciéndolo superficialmente a la voluntad de Dios, porque esto corre el riesgo de minimizar ese sufrimiento, de silenciarlo, de herir a las personas. Dios no quiere el sufrimiento, lo lleva con nosotros”

Luego vino la homilía. Y en ella, el papa se permitió una pregunta colectiva que interpeló por igual a los creyentes y a los que dudaban: “¿Cuáles son las noches que atravesamos? ¿Qué nos sugieren?”. Y cerró en catalán, intentando atar el mensaje: “Caminemos juntos en la fe que armoniza la diversidad de nuestras ideas, para buscar la verdad que nos guía hacia el bien común”.

De la cárcel a Montserrat, de Montserrat a Gaudí

Si el martes fue la ciudad secular, el miércoles fue la ciudad del alma. León XIV comenzó la jornada en el centro penitenciario Brians 1. Ante los reclusos, apeló a su propio referente espiritual con una precisión que solo un agustino puede manejar sin que suene impostada: “Los errores de la vida no determinan la identidad de una persona. San Agustín, en sus Confesiones, nos habla de ello; si confiamos en la gracia divina, descubrimos cómo en nuestra vida el pasado no condena el futuro, sino que nos ofrece la posibilidad de cambiar”.

Después, Montserrat. El papa rezó el rosario con la comunidad benedictina y confesó algo que la multitud recibió como un abrazo: “La Moreneta siempre me ha acompañado. Gracias, Cataluña, por tu fe”, recordando que la parroquia en la que vivió en Perú se llamaba Montserrat. Y luego, desde el balcón de la abadía, agradeció a Cataluña “por haber recibido a tantas personas de otros países, porque enseña cómo integrar a todos en una única familia”. Una frase de profunda actualidad, en un país en pleno proceso de Regularización Administrativa Extraordinaria de Personas Migrantes y que en los próximos meses otorgará autorización de residencia y trabajo a cerca de 700 mil extranjeros.

Por la tarde, en la iglesia de San Agustín, el encuentro con las realidades de caridad diocesanas trajo uno de los momentos más inesperadamente humanos y de actualidad del viaje: un niño peruano de seis años, Renzo, le preguntó sobre fútbol. El papa sonrió, confesó que es tenista pero que ha jugado fútbol como defensa por no ser un buen goleador, y respondió con una lección profunda: “El fútbol nos ayuda a recordar algo muy importante: que la vida no es una carrera para vivir en forma solitaria, es algo que se juega en equipo. Uno que puede ser una estrella pero que nunca pasa la pelota, probablemente va a perder”.

La Sagrada Familia: el resumen de todo

El cierre fue la Sagrada Familia. La Torre de Jesucristo, con sus 172,5 metros e inaugurada esa misma noche en el año del centenario de la muerte de Antoni Gaudí, convierte a la basílica catalana en el templo más alto del mundo. Y el papa agustino supo leer el edificio como lo que es: no un monumento, sino una teología en piedra.

“Mucho más que un monumento, la Basílica de la Sagrada Familia sigue siendo hoy una obra en construcción, que nos recuerda cómo la vida cristiana es siempre un camino, porque se trata de un proyecto que Dios lleva a cabo”, dijo durante la homilía. Y luego: “Como arquitecto ardiente de fe, el venerable Antoni Gaudí concibió estos espacios con el deseo de narrar los misterios de la vida del Señor. El arte y la belleza son eminentes canales de evangelización”.

El edificio que Gaudí comenzó a construir sabiendo que no lo vería terminado. El papa que llega a bendecir su cúspide. Y en el cierre, una frase que reúne arquitectura, misión y humildad en una sola imagen: “Y demostremos así que la Sagrada Familia es la iglesia más alta del mundo, no para destacar en clasificaciones mundanas, sino para guiar los pasos del pueblo de Dios que peregrina en esta tierra de Cataluña, con la cruz que ilumina el camino”.

La Iglesia que observa, también aprende

Quienes siguieron estos dos días desde dentro del episcopado español coinciden en que con la presencia de León XIV algo ha cambiado de registro en España. Monseñor Demetrio Fernández, obispo emérito de Córdoba, aseguró que la presencia de un pontífice en la península Ibérica luego de 16 años “es un acontecimiento excepcional, pues donde está el Papa está el epicentro de la Iglesia Católica”.

Por su parte, monseñor Luis Javier Argüello García, arzobispo de Valladolid y presidente de la Conferencia Episcopal Española, reconoció que el tiempo de Dios es perfecto: “Esta visita de León XIV ha llegado en un momento en el que quizás lo necesitábamos. Porque estamos viendo unas búsquedas en mucha gente en España, especialmente gente joven”. Y describió lo que la Iglesia intenta ofrecer en este momento de fractura cultural: “Expresar ahora la belleza de la Iglesia supone un impulso grande para la gente que está preguntándose si verdaderamente el Evangelio puede ofrecer una palabra de salvación y de plenitud de vida”.

Dos obispos, dos registros, una misma certeza: que lo que ocurrió en Barcelona estos días no fue una visita pastoral ordinaria. Fue un llamado a la conversación pública, en una región profundamente fragmentada. Y la ciudad, a su manera secular y mediterránea, escuchó.

León XIV dejó Barcelona tras bendecir a más de cien niños, encontrarse con cientos de miles de personas y sembrar una idea que resume todo su viaje apostólico: “alzad la mirada” hacia el otro y hacia el bien común.

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