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HISTORIA

Ruth, la niña escondida del Holocausto

Ruth, fue la niña judía escondida durante el Holocausto en Varsovia, Irene la mujer que reconstruyó su vida entre Francia, Perú, Estados Unidos e Israel, donde desarrolló una carrera académica y llegó a hablar ante las Naciones Unidas y el Parlamento Europeo.

Por Raúl Fuentes

VARSOVIA, POLONIA – Con el 83.º aniversario del levantamiento del gueto de Varsovia en puertas. La hoy octogenaria Irene Shashar recuerda dos nombres y dos historias distintas, pero unidas por la guerra, el gueto, la muerte de sus padres, los escondites y las migraciones que terminaron en una nueva vida en tres continentes.

“Nací como Ruth el 12 de diciembre de 1937 en Varsovia, capital de Polonia. Ruth es un nombre bíblico, judío, pero muy pronto, a lo largo de la guerra, mi mami me cambió a Irene. Irene es un nombre griego, significa paz y no tiene ninguna relación con el judaísmo”, relata.

“Nací probablemente en el lugar menos deseado y en el momento menos deseado de la historia del mundo, la historia moderna del mundo”, recordó Irene al hablar de sus primeros años en Polonia.

Era hija única de Elena Kirsenberg de Leskovich y David Leskovich. Sus recuerdos de infancia, explicó, son escasos. Esa etapa terminó abruptamente con la invasión alemana a Polonia el 1 de septiembre de 1939, cuando comenzaron las leyes, restricciones y persecuciones dirigidas directamente contra los judíos. Su infancia y supervivencia quedaron marcadas por la persecución nazi, la pérdida de su familia y una vida construida después entre el exilio, la memoria y la resistencia.

Poco después, ella y sus padres fueron expulsados de su casa y enviados al gueto de Varsovia, donde más de 400.000 judíos fueron confinados en condiciones extremas. Durante el Holocausto, seis millones de judíos fueron asesinados, entre ellos aproximadamente un millón y medio de niños. “Nos permiten llevar una maletita a cada uno y como perros nos echan al gueto”, cuenta.

“Nos dejan, nos permiten llevar una maletita a cada uno de nosotros y como perros nos echan al gueto”, relata.

Allí, la vida cotidiana quedó reducida al hambre, la enfermedad y el encierro. Compartían un pequeño cuarto y las salidas con su madre tenían un único propósito: buscar comida y regresar con algo para su padre.

Hasta que un día, al volver, encontraron una multitud en la base de la escalera.

“Entramos por la puerta que estaba abierta, que conectaba hacia la cocina donde había un piso blanco y ahí estaba papá, echado en el piso, muerto. Le habían tirado un balazo en el cuello”, relató. Su madre, que la tenía de la mano, se lanzó sobre el cuerpo y gritó con una desesperación tan fuerte que, según recuerda Irene, parecía poder oírse “al otro lado del globo”.

No sabe dónde fue enterrado, no tiene una tumba que visitar. Lo que conserva es la imagen final de su padre tendido en el piso de la cocina y la certeza de que, después de ese asesinato, también vendrían por ellas.

La huida

Poco después ambas huirían del gueto. Irene cuenta que su madre la cubrió, le dio su muñeca y tomó una bolsa negra. Salieron como tantas otras veces, pero esta vez no iban a buscar alimento. Iban a escapar. Irene recordó cómo su madre abrió una tapa, la tomó de la cintura y la lanzó al desagüe del gueto de Varsovia, por donde escaparían. Allí, entre agua sucia, oscuridad, hedor y ratas, avanzaron hasta salir fuera del gueto, a una calle donde la sola presencia física de un judío estaba prohibida.

El escondite

Su madre la llevó a casa de unos conocidos, la colocó dentro de un aparador y le dio instrucciones precisas: no llorar, no llamarla, no hacer ruido, hablar en voz baja con su muñeca y esperar. A cambio, le prometió que, si se portaba bien, todo terminaría pronto.

Irene contó que, siendo apenas una niña de unos cuatro años y medio, entendió esas palabras como si el fin de la guerra dependiera de su comportamiento.

“No la llamé, no lloré. Tenía diálogos con mi muñeca”, dijo.

Así transcurrió parte de su supervivencia: de escondite en escondite, en distintas casas, en silencio, protegida por una madre que improvisó soluciones extremas para mantenerla con vida.

“Soy lo que se llama en la historia del Holocausto una niña escondida”, afirmó.

Después de la guerra

Cuando terminó la guerra, no quedaba una vida a la cual regresar. Sus abuelos fueron llevados a Auschwitz. Su madre encontró a unos primos y decidió marcharse con ellos a París. Allí consiguió trabajo en un hotel, mientras Irene fue llevada a un orfelinato a unos 60 kilómetros de la ciudad debido a que no tenían un lugar fijo donde vivir y en el hotel no había espacio para Irene.

Elena acostumbraba a visitar a Irene cada domingo, hasta que un domingo no llegó.

La directora de la casa hogar le pidió que se pusiera una blusa blanca y la llevó a París, allí entendió que su madre había muerto. Era 1948. Tenía apenas unos años y ya había perdido también a la persona que la había salvado.

La hoy sobreviviente del Holocausto confiesa que lo que más le ha dolido hasta el día de hoy no fue solo la ausencia, sino la imposibilidad de preguntar.

Nunca supo con certeza cómo su madre había logrado salir del gueto, quiénes eran las personas que las escondieron o qué les decía para convencerlas de ayudarlas. “Miles de preguntas”, resumió.

Al tiempo ya siendo huérfana, fue llevada luego a Lima, Perú, por deseo previo de su madre. Allí la recibió la familia Topilski. En Perú encontró afecto, estabilidad y educación. Estudió en el colegio judío León Pinelo, destacó académicamente y más adelante obtuvo una beca para estudiar lingüística en la Universidad de Nueva York.

Mas tarde llegaría a Israel, donde desarrolló una carrera académica de cuatro décadas en la Universidad Hebrea de Jerusalén, formó una familia y, según sus propias palabras, construyó su victoria sobre Hitler.

De Ruth a Irene

Durante la conversación posterior a su testimonio, una de las primeras preguntas abordó precisamente la dualidad entre la niña que fue Ruth y la mujer que hoy es Irene.

Al ser consultada sobre cómo conecta esas dos partes de su vida, respondió que Ruth ocupó un tiempo muy corto en su existencia y que nunca volvió a identificarse con ese nombre, porque fue Irene el nombre que quedó en los papeles que su madre consiguió durante la guerra.

Sin embargo, explicó que Ruth sigue remitiéndola a sus raíces judías, a la tradición familiar y al nombre que sus padres quisieron darle al nacer. Dijo que quizás volvió a encontrarse con esa parte de sí misma al convertirse en madre, cuando sintió un regreso más profundo a sus raíces, al judaísmo y al sentido de continuidad.

El exilio y una nueva vida

Otra de las preguntas giró en torno a sus procesos migratorios: Polonia, Francia, Perú, Estados Unidos e Israel.

Irene explicó que, antes de la creación del Estado de Israel en 1948, los judíos vivían en una condición errante, obligados muchas veces a adaptarse a distintos territorios sin perder del todo sus tradiciones. Sobre su experiencia personal, dijo sentirse agradecida con los países que la acogieron y aclaró que no vivió un antisemitismo personal marcado ni en Perú ni en Nueva York.

Aun así, distinguió esa vivencia individual del fenómeno más amplio que observa hoy, especialmente tras los acontecimientos del 7 de octubre y el incremento de tensiones en distintos espacios internacionales.

Israel y la identidad

Cuando se le preguntó por su llegada a Israel, Irene la describió como la realización de una aspiración profunda. Dijo que durante años soñó con vivir allí y que, aunque no pudo integrarse al ejército por haber llegado a los 24 años, poco a poco encontró su lugar en la sociedad israelí.

Según relató, el momento decisivo de esa integración llegó con el nacimiento de sus hijos.

Fue entonces cuando sintió, con más fuerza, que había derrotado el proyecto de exterminio nazi: Hitler había querido terminar con ella. Sin embargo, Irene llegó a ver no solo a una segunda generación, sino también a una tercera.

“Quiso que yo no existiera, pero yo tuve hijos, tuve nietos, y ahí entendí que yo había vencido a Hitler”, dijo.

Las universidades y el antisemitismo

La pregunta más vinculada al presente surgió cuando se le consultó sobre el antisemitismo en campus universitarios como NYU y Columbia, en Nueva York, tras el 7 de octubre.

Irene respondió con preocupación. Dijo que le resulta alarmante que, en universidades, espacios que deberían estar marcados por la libertad académica, el debate abierto y la pluralidad, existan corrientes de presión, miedo o silencio en torno a estos temas.

También sostuvo que los jóvenes deben asumir una postura clara frente a lo que consideran injusto y tener el valor de expresarse.

En otra intervención relacionada con la percepción de Israel en Estados Unidos, Irene insistió en una idea central de su discurso: que Israel quiere vivir en paz. Añadió que la educación tiene un rol decisivo en la formación de niños y jóvenes y en la manera en que aprenden a relacionarse con la diferencia, el conflicto y el otro.

Hablar para que no se olvide

Hoy Irene ha convertido su testimonio en una misión pública. Ha hablado en escuelas, universidades y organizaciones internacionales. En 2020 fue invitada a las Naciones Unidas en Nueva York; en 2022 viajó a Alemania, donde se encontró con descendientes de nazis que le pidieron perdón; y en 2024 estuvo en el Parlamento Europeo en Bruselas.

“Hoy siento que contar mi historia es una responsabilidad. Hablo porque sobreviví y porque la memoria necesita testigos. Sé que el tiempo se está acabando y que, en unos diez años, probablemente ya no habrá sobrevivientes que puedan contar estas historias en primera persona”.

Su relato no fue solo el de una niña escondida en el Holocausto. Fue también el de una mujer que convirtió la supervivencia en testimonio, el dolor en palabra y la memoria en una forma de seguir viviendo.

Irene sobrevivió escondida durante la guerra. Vivió en varios países, formó una familia, enseñó en la universidad y hoy recorre el mundo contando su historia. No se considera una heroína ni una historiadora, se considera una sobreviviente y cada vez que cuenta su historia, repite la misma frase:

“Siento, siento que yo vencí a Hitler”.

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