A fin de año serás libre
Mi vida de nuevo era un caos, las cosas no salían como las planeaba, tenía que adaptarme a la noticia de que sería padre por segunda vez
Como mi novela tuvo éxito en España, algunos diarios de ese país me pedían entrevistas, pero yo estaba tan aturdido por el escándalo y las rencillas familiares que no quería hablar con nadie, solo con la gente inevitable que veía cada noche en la televisión. Hice una excepción con un fotógrafo, Jaime Travezán, me hizo fotos en una playa de Lima en pleno invierno para La Vanguardia de Barcelona, yo vestido como si estuviéramos en Alaska, siempre he sido exagerado con los abrigos. Jaime notó que estaba triste y afectado por el escándalo y se fue de Lima preocupado por mí y le pidió a un amigo suyo que vivía en Buenos Aires, un modelo llamado Gabriel, que cuando pasara por Lima me llamara y visitara para subirme el ánimo. n
Semanas después, Gabriel llegó a Lima, me llamó y quedamos en que vendría el sábado al departamento. Yo no salía a ninguna parte, salvo al canal, en taxi, cada noche. No veía a nadie de mi familia, a no ser por mi esposa y mi hija, cada tanto, erráticamente, cuando venían a visitarme en el auto nuevo con el que había mitigado mis culpas. Llegó el sábado y a la hora acordada con Gabriel sonó el timbre, me acerqué al intercomunicador y dije: Gabriel, pasa. Luego escuché la voz de mi esposa: No soy Gabriel, soy Sandra. Entró, se descompuso, rompió a llorar, pidió explicaciones, quién es Gabriel, por qué lo esperas con tanta ilusión, le expliqué a duras penas que Gabriel era un amigo de Jaime y que no lo conocía pero Jaime pensaba que me convenía conocerlo y los dos terminamos llorando, pidiéndonos sentidas disculpas, yo por no ser capaz de amarla, ella por no ser capaz de ser Gabriel. Luego hicimos el amor como si el mundo fuera a terminarse esa misma noche. Cuando sonó el timbre, no contesté, estaba con Sandra en la cama y habíamos compartido un momento fantástico de amor, en el que se entremezclaron peligrosamente el deseo, la culpa, los celos, la testarudez de hacer posible, al menos aquella noche, un amor que ambos sabíamos que no era posible, dadas mis limitaciones o mi naturaleza desigual. n
Un mes después, Sandra me dijo que estaba embarazada. Mi vida de nuevo era un caos, las cosas no salían como las planeaba, tenía que adaptarme a la noticia de que sería padre por segunda vez. Llorando como bobos perdidos, diciéndonos promesas de amor que luego habríamos de incumplir, nos comprometimos a escapar de Lima, ella de la casa de su madre, yo de mi oscura madriguera, y pasar juntos el embarazo en Miami para que el bebé, que ambos naturalmente queríamos que fuese hombre porque ya éramos padres de una niña, naciera en esa ciudad, donde suponíamos que sería menos traumático vivir juntos el embarazo. En diciembre me despedí del programa con números estupendos, metí mis pocas cosas en unas cajas y las guardé en el depósito de un humorista español y escapé a Miami con tres ideas que machacaba obsesivamente en mi cabeza: allí nacería mi hijo, allí escribiría mi segunda novela, allí encontraría la manera de tener éxito en la televisión. n
Un año más tarde, diciembre de 1995, podía sentirme tranquilo y pensar que las cosas habían salido bien en Miami: en junio nació mi segunda hija en esa ciudad, de enero a diciembre hice un programa en canal Sur, en un estudio que montamos en Lincoln Road, que funcionó bastante bien, tanto que me ofrecieron un programa los mediodías en Univisión, y el productor más importante del cine español, Andrés Vicente Gómez, llegó a visitarme con su camisa de flores en un convertible blanco y me dio un fajo de dólares para comprar los derechos al cine de mi primera novela. Ese mes, diciembre de 1995, la editorial Seix Barral publicó mi segunda novela, Fue ayer y no me acuerdo, en la que volvía obsesivamente al tema capital de mi vida, la homosexualidad y los conflictos familiares derivados de ella. n
Aparentemente, todo estaba bien. Un hombre razonable, juicioso, en sus cabales, habría aceptado la oferta de Univisión y se habría quedado en Miami con su esposa y sus dos hijas, disfrutando del éxito. Pero yo le dije al presidente de Univisión que no podía rebajarme a la frivolidad indecorosa de hacer un programa los mediodías para las amas de casa, que le agradecía mucho la oferta pero tenía que declinar en honor a mi vocación de escritor. Y le dije a mi esposa que, si bien la amaba, no podía seguir viviendo con ella y mis hijas porque me sentía profunda e inequívocamente homosexual y tenía que irme lejos a encontrar mi destino de escritor gay, solitario y atormentado. Fui al consulado chileno, le expliqué al cónsul de apellido Larraín que quería irme a vivir a Chile a escribir una novela, se quedó perplejo, confundido, y, en un gesto de gran caballerosidad, no tardó en darme el permiso de residencia por un año. Renuncié a Canal Sur, decliné la oferta de Univisión por considerarla deshonrosa para mi carrera literaria, abandoné a mi esposa y mis hijas y, en enero de 1996, me fui a vivir a Santiago de Chile, una ciudad en la que nunca había estado.
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