Aquel día de volver a la escuela
06 de septiembre de 2018 - 19:09 - Por ITXU DÍAZ
El más puro temor del niño, el miedo a la novedad en la vuelta a las aulas

Hace ya un tiempo. Aroma a plástico de forrar los libros. Olor a imprenta. Blanco infinito en los márgenes. Chasquidos inéditos en cada página. Estuches nuevos de metal. Gomas de nata. Lápices afilados y cuadernos sin empezar. La noche cayendo temprano, los programas deportivos de vuelta a la radio y el nervio a flor de piel en cada rincón de la ciudad. Luz de miel en los edificios, brumoso el mar y su lluvia tímida, y el pálpito constante de la urbe plena de madrugadores de piel dorada. Inquieto el tráfico, apuros en el autobús, apresurados abrazos vecinales en el reencuentro. Ni una foto del verano ya en la memoria.

Septiembre era una conmovedora canción de estreno, un programa nuevo en televisión, y un uniforme colegial doblado en el salón, con los hilvanes aguardando el largo final de los bajos del pantalón. Una espera escolar de brazos cruzados, muchachos aun tristemente libres, y el empuje de esforzados maestros preparando cada detalle de la función del curso inminente.

Mirábamos los libros de las nuevas asignaturas con reverencia. Como en un ritual, abríamos levemente sus páginas y leíamos a saltos y con desdén, para no desvelar ningún secreto que debiera permanecer oculto hasta meses después, cuando el maestro anunciase que había llegado su hora.

El más puro temor del niño, el miedo a la novedad en la vuelta a las aulas. Un recelo dulce, intrigante, renovador. El nuevo profesor -¿cómo será?-, los viejos amigos -¿habrán cambiado?-, los horarios, los vaivenes y traslados, las normas y exigencias, las esperadas complicidades en los pasillos. Y una constatación dolorosa y aleccionadora: nada estará en el mismo lugar que antes del verano. Nada será igual. Ley de vida de la infancia. Lo sabíamos. Lo sufríamos. Y, por suerte, lo aprendíamos, que más tarde la vida se encargaría de demostrarlo una y mil veces, lejos ya de nuestra pequeña vitrina de laboratorio colegial.

Me puede la melancolía al refrescar ese instante en la memoria. Esa eterna llegada del día de volver a clase, con el cadáver del verano oculto en el desván de casa. Nada tan decisivo como el primer día; colmado de inocencia y disciplina. Nada tan relajante. La rutina devora la excentricidad veraniega y eso, al fin, era un alivio para esos pequeños soñadores que éramos, capaces de hacer de las vacaciones una montaña rusa de experiencias; nada más lejos de lo ordinario.

Y entonces, tal vez solo entonces, durante un momento descubríamos otra lección: el placer del orden. Lección extrañísima, placer exótico pero real. Del caos veraniego al firme horario, de la espontaneidad a la uniformidad, del alborozo a la calma, del solaz al esfuerzo. Pronto nos cansaríamos, por supuesto, pero esos primeros días eran luz para el alma, cargada de buenos propósitos pero sobre todo, plena de ilusión. La misma ilusión con la que papá y mamá –orgullo y compasión- nos veían partir errantes y somnolientos desde la mesa del desayuno hasta el umbral del aula el día inaugural.

Y jugábamos al fútbol en el recreo con la ansiedad de mostrar lo mucho que habíamos aprendido en el estío playero. Y nos contábamos con cierta pereza las experiencias agosteñas. Y nos descubríamos tantas veces charlando con compañeros a los que, un año atrás –una eternidad en la niñez- ni siquiera dirigíamos la mirada de la indiferencia. Nada era igual.

Nos impresionaba el trueno en la voz del profesor de Matemáticas, nos asombraba el viejo maestro de Historia de los mayores que, por haber ascendido un curso, ahora se dignaba a compartir su sabiduría con nosotros, y nos alegrábamos al santiguarnos otra vez a los pies de la misma Virgen de la capilla que con su manto nos había protegido de las tormentas durante el curso pasado, cada día, cada hora.

Nada era igual, sí, pero todo estaba en su lugar. Aquella rutina, del verano contemplativo a la acción escolar, era enseñanza de eternidad. Cada pequeña vivencia, una pica clavada en la tierra de lo inmemorial, un pellizco al intelecto, y una señal en el corazón. Todavía hoy tiemblan y se revuelven, en la vuelta al colegio, cada uno de los niños que fuimos al verse en el espejo de los niños que hoy son.