Hay palabras que funcionan como amuletos y se pronuncian para conjurar una realidad que no existe. La más abusada de todas es soberanía. Los gobiernos la invocan en los foros, los diplomáticos la escriben en los comunicados, los profesores la enseñan como si fuera una ley de la física. Yo prefiero llamarla por su nombre verdadero: soberbianía, porque es la soberbia de creer que un papel firmado equivale al poder de hacerlo cumplir.
En el Mundial, el fútbol ofreció una demostración impecable. Folarin Balogun, delantero de la selección de Estados Unidos, recibió una tarjeta roja contra Bosnia. El reglamento del Mundial establece una sanción automática de un partido. Esta norma rige para el delantero de Camerún, para el defensor de Corea y para el arquero de Noruega. Regía, en teoría, también para Balogun.
Entonces sonó un teléfono. Donald Trump llamó a Gianni Infantino, presidente de la FIFA, para protestar por la sanción. Días después el comité disciplinario descubrió que el Artículo 27 de su propio código le permite suspender la aplicación de una medida. Balogun jugó con Bélgica. La FIFA no ofreció explicación alguna, porque la excusa es la llamada.
Bélgica se declaró atónita y anunció que estudia todas las opciones para proteger los principios del juego limpio. El gesto conmueve por su inocencia. Bélgica apela al reglamento ante el organismo que acaba de demostrar que el reglamento es decorativo. Es como presentar una queja formal ante el Minotauro por el trazado del laberinto.
Un funcionario estadounidense explicó que el proceso de apelación depende de una junta independiente y que el gobierno aportó evidencia adicional. La frase merece un lugar en la historia de los eufemismos porque una llamada presidencial se convierte en diligencia probatoria. La presión se disfraza de procedimiento y el resultado, dijo este funcionario, fue el correcto y el apropiado. Correcto y apropiado son aquí sinónimos de conveniente para quien llamó.
Los precedentes confirman que no hubo anomalía sino sistema. Cristiano Ronaldo, el hombre más seguido del planeta, recibió tres partidos de sanción y cumplió uno. El Inter Miami de Lionel Messi entró al Mundial de Clubes sin ganar su liga, mediante un criterio inventado después de la necesidad. Rusia, en cambio, fue expulsada del fútbol mundial por decisión política. La misma institución que castiga a un país por presión de Occidente absuelve a un delantero por presión de la Casa Blanca. No hay contradicción, sólo jerarquía. La FIFA no tiene reglas, sólo tiene interlocutores, y los ordena por su peso.
Aquí conviene detenerse en la mecánica, porque esta es elegante. El poder imperial maduro no rompe las reglas, porque eso sería vulgar y además innecesario. La preponderancia hace que las reglas signifiquen lo que él necesita. El Artículo 27 existía antes de la llamada, y la palabra puede estaba escrita en el código desde siempre. La discrecionalidad no es un defecto del sistema normativo internacional, sino su arquitectura secreta. Toda regla incluye la puerta por donde el poderoso sale sin romperla.
Esto explica por qué el orden basado en reglas es la segunda ficción más exitosa de nuestro tiempo, apenas detrás de la soberanía misma. Los países obedecen las reglas mientras que seguirlas cuesta menos que desafiar a quien las administra. Cuando el administrador pide otra cosa, la cuenta se invierte y la regla se dobla. Bélgica es soberana en los tratados y en los mapas. En el mundo real es un país que protesta e investiga opciones.
Estados Unidos es Roma. La comparación no es un insulto sino una descripción técnica. Roma tampoco gobernaba mediante la abolición de las leyes locales. Sólo las dejaba en pie, las honraba en los discursos y las suspendía cuando el interés del imperio lo requería. Las provincias conservaban sus senados, sus magistrados y sus solemnidades; conservaban todo menos la decisión final. Eso mismo conservan hoy los ciento noventa y tantos miembros de la FIFA y de las Naciones Unidas.
El Mundial se juega en suelo estadounidense con el emperador como anfitrión. Era inevitable que la aritmética del poder se volviera visible, lo notable no es que Trump llamara. Los poderosos siempre comunican. Lo visible es la velocidad con que la institución encontró el artículo, la junta independiente encontró la evidencia y el funcionario encontró el adjetivo apropiado. Nadie violó nada, porque todo fue legal. Esa es precisamente la lección.
La soberbianía consiste en creer que el papel protege. El caso Balogun enseña lo contrario con la claridad de una parábola. La regla tiene el precio de quien la invoca, pero Bélgica tiene sólo el reglamento. El resultado del partido ya lo conocemos, y se definió con la lógica propia de esta contienda con la eliminación del equipo estadounidense; sin embargo, el funcionamiento del sistema es permanente y está por encima de los detalles del juego.
Las cosas como son.
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