La historia del pensamiento moderno ha sido, en no pocos casos, una sistemática demolición de la dignidad humana. Lo que comenzó como exaltación de la libertad y los derechos individuales ha derivado, en ciertas corrientes bioéticas contemporáneas, en la legitimación del descarte de la vida vulnerable. Ya no se trata de proteger al débil, sino de eliminarlo con eficiencia y compasión, como quien desecha una máquina averiada.
Arqueología del eclipse de lo humano: la vida desacralizada y descartada
El eclipse no es el fin y habrá esperanzas mientras haya quienes abracen a un niño enfermo, al anciano que sufre y reconozcan la imagen del Dios viviente
Michel Foucault fue el primero en anunciar este cambio de paradigma. En su concepto de biopoder, el Estado moderno deja de gobernar a través de la ley para controlar los cuerpos y administrar las vidas. El poder ya no manda a matar, sino a “hacer vivir y dejar morir”. La vida se convierte en un dato técnico, y no en un don inviolable.
Peter Singer radicalizó esta lógica. En Practical Ethics y otros textos, afirmó que el valor moral de una vida humana depende de su capacidad de sentir placer y dolor, y, sobre todo, de poseer autoconciencia. Un bebé, un anciano con demencia, una persona con discapacidad severa, podrían no ser personas “plenas”. Así, Singer propone una jerarquía biológica que justifica el aborto, la eutanasia e incluso el infanticidio. “Matar a un recién nacido no es lo mismo que matar a una persona”, ha dicho.
Michael Tooley fue aún más claro: Ni el feto ni el recién nacido tienen derecho a la vida, porque no poseen deseos autoconscientes de existir. En Abortion and Infanticide, Tooley establece un límite arbitrario —unos meses tras el nacimiento— para reconocer la cualidad de “persona”. Lo demás es vida biológica desechable.
Philip Nitschke, el autodenominado “Dr. Muerte”, llevó esta lógica al paroxismo: fundó Exit International y diseñó una máquina para el suicidio asistido, promocionándola como un acto de libertad radical. Lo que antes era tragedia, ahora se vende como opción estética. Nitschke se ha jactado de formar adolescentes en técnicas para acabar con su vida “dignamente”. Nadie lo detiene.
John Harris, en The Value of Life, lleva esta lógica hasta el absurdo: sostiene que si es moralmente aceptable matar a quienes no tienen ciertas capacidades, también podría ser obligatorio hacerlo para evitar sufrimiento o gasto inútil. La eutanasia, el aborto selectivo, el suicidio asistido, serían formas de eficiencia moral. “La muerte puede ser un beneficio”, afirma, y la medicina debe dejar de aferrarse a la vida a cualquier costo.
Julian Savulescu, colaborador de Singer, propone el mejoramiento humano obligatorio: Si podemos producir hijos genéticamente superiores, estamos moralmente obligados a hacerlo. En su visión, el hijo deja de ser un don para transformarse en un producto optimizado. La compasión se convierte en eugenesia, y la libertad reproductiva, en un deber tecnológico.
James Rachels, por su parte, intenta borrar la distinción entre matar y dejar morir, base de la ética médica tradicional. En Active and Passive Euthanasia, argumenta que no hay diferencia moral entre provocar activamente la muerte y omitir la ayuda que la impida. Su famoso ejemplo del niño ahogado en la bañera convierte la compasión en cálculo utilitario, y la piedad en omisión letal.
Finalmente, Helga Kuhse sistematiza todo este pensamiento en una ética de la muerte compasiva. Bajo su influencia, la eutanasia ha dejado de ser un tabú para convertirse en política pública en varios países. Kuhse defiende incluso la eutanasia no voluntaria, siempre que se cumplan ciertos estándares. Lo que comenzó como un grito de auxilio ante el dolor, termina en protocolo burocrático para apagar vidas.
Frente a esta genealogía del eclipse, se alzan voces que nos recuerdan que la dignidad humana no se calcula ni se concede: se reconoce. Robert Spaemann advirtió que la persona no es un atributo, sino un ser en relación. Juan Pablo II, en Evangelium Vitae, denunció la “cultura de la muerte” como el fruto amargo del subjetivismo moderno. Daniel Callahan sostuvo que el progreso médico sin ética destruye sus propios fines. Margaret Somerville subrayó la dimensión simbólica de la vida como tejido de sentido compartido. Nigel Biggar, Xavier Thévenot y Carlo Caffarra han sido también referentes en la defensa de la vida como bien indisponible.
¿Qué valor tiene la vida humana cuando se vuelve disponible, útil, descartable?
Mientras haya quienes abracen al hijo enfermo, acompañen al anciano que sufre, y reconozcan en el rostro del débil la imagen del Dios viviente, habrá esperanza. El eclipse no es el final. La dignidad resiste, como brasa viva en la conciencia de quienes aún aman sin cálculo.
NULL
