ver más
Opinión

Cabe en un bolsillo

La bandera de Cuba ha sobrevivido a guerras de independencia, a la epopeya de los mambises, a dictaduras, revoluciones, destierros, cárceles y desencuentros entre cubanos

Por Luis Enrique Valdés Duarte
(originalmente publicado en ClickCuba)

He leído con cierto asombro el manifiesto que solicita que no sea exhibida en el Presidio Político Histórico Cubano la bandera utilizada por Luis Manuel Otero Alcántara. Comprendo, en el fondo, la preocupación que lo inspira y comparto, además, buena parte del juicio que muchos hacen sobre la forma en que este muchacho ha entendido su activismo.

Nunca me han resultado convincentes las causas que terminan girando alrededor de una personalidad. Los cubanos me entenderán especialmente. Tampoco las estridencias, ni la provocación convertida en método, ni esa necesidad de ocupar permanentemente el centro de la escena —como estudié teatro, sé lo que eso significa—, que tantas veces acaba desplazando aquello que verdaderamente importa. Las grandes causas merecen más profundidad que ruido.

Pero precisamente por eso creo que conviene detenerse un instante antes de tomar una decisión que afecta a un símbolo nacional. Noto que hay mucho arresto súbito en tanta firma.

Porque el debate no es una pieza de tela, sino la bandera; hay una inmensa diferencia.

Una bandera nunca es el trozo de tela: es la patria que reconocemos en ella, la memoria de quienes la honraron, el sacrificio de quienes murieron bajo sus colores y la esperanza de quienes todavía creen en el país que representa. Confundir el objeto con el símbolo es otorgarle a la materia una importancia que nunca ha tenido.

La bandera de Cuba, además, no es un emblema cualquiera nacido de una circunstancia pasajera. Es una enseña con más de siglo y medio de historia, bajo la cual combatieron los mambises por la independencia de la isla, hombres y mujeres cuya dignidad constituye uno de los patrimonios morales más altos de la nación. Sus colores han acompañado la libertad soñada, el exilio, el presidio y el sacrificio de generaciones enteras. El triángulo rojo que la distingue no es un simple recurso heráldico: simboliza la sangre generosamente derramada por quienes estuvieron dispuestos a entregar la vida para que Cuba existiera como nación libre. Cada uno de sus elementos remite a una historia de sacrificio y de esperanza que ninguna persona puede apropiarse ni desfigurar.

Sobre ese triángulo refulge una estrella que no fue concebida como un adorno, sino como un faro, como una luz que guía a un pueblo hacia su libertad, la aspiración permanente a la independencia, a la soberanía y a la dignidad nacional. No brilla para un partido, un gobierno o una generación concreta: brilla para Cuba. Como toda estrella, permanece por encima de las contingencias humanas y recuerda que los ideales auténticos sobreviven a quienes, para bien o para mal, pretenden apropiarse de ellos. También ella pertenece a la larga historia de hombres y mujeres que lucharon con honor para legarla intacta a las generaciones futuras.

Hace apenas unos días fue profanada una imagen de la Virgen en Medjugorje. Los fieles no reaccionaron apartándola del templo ni considerándola indigna de veneración, sino que la limpiaron, repararon el daño y siguieron rezando ante ella. Comprendieron algo elemental: la ofensa recaía sobre un objeto; jamás sobre aquello que ese objeto significa.

Si alguien ha utilizado la bandera de un modo que muchos consideran impropio, la consecuencia no puede ser volvernos contra la bandera misma. Sería aceptar, aunque fuera de manera involuntaria, que una persona ha adquirido el poder de alterar el significado de un símbolo que pertenece a toda una nación. Y ese poder, queridos abanderados, no lo tiene nadie.

No estoy diciendo que esa bandera deba exhibirse como si nada, ni muchísimo menos para honrar la desmesuradísima autoestima de alguien. Pienso justamente lo contrario. Si se expone, debería hacerse con toda la verdad, con el contexto necesario, con una explicación que permita comprender el episodio completo y, muy probablemente, los verdaderos patriotas y los que tenemos a la bandera como lo que representa entenderemos justo lo contrario de lo que se quiere enarbolar. Porque, lejos de constituir un homenaje a quien la utilizó, podría convertirse en la mejor demostración de que la bandera sobrevive a los egos y conserva intacta su dignidad.

José Martí comprendió mejor que nadie que los símbolos de una nación son siempre más grandes que los hombres que pasan bajo ellos. Los hombres aciertan y se equivocan, engrandecen o empequeñecen su propia memoria con actos que, en otro momento, parecían heroicos. Los símbolos, en cambio, permanecen, precisamente porque ya no pertenecen a nadie en particular, sino a todos.

Me cuesta aceptar que la solución consista en retirar esa bandera.

La bandera de Cuba ha sobrevivido a guerras de independencia, a la epopeya de los mambises, a dictaduras, revoluciones, destierros, cárceles y desencuentros entre cubanos. Ha acompañado el dolor y la esperanza de generaciones enteras. Ninguna de esas páginas consiguió despojarla de su significado profundísimo desde que ondeó por primera vez en Cárdenas, exactamente 45 años antes de la muerte de José Martí, el 19 de mayo de 1850. Pensar que deja de ser la bandera de todos porque, según el parecer de los firmantes, alguien la utilizó de manera desafortunada sería atribuirle a ese individuo una capacidad que la propia Historia le niega.

Entre las mayores reliquias de la patria cubana se conserva la escarapela que perteneció a Carlos Manuel de Céspedes: un pequeño objeto de tela y cuentas de colores que, tras pasar por sus manos, llegó a las de José Martí. La llevaba en el bolsillo cuando cayó en Dos Ríos y todavía permanece empapada con su sangre, quizá la más digna que haya derramado un cubano.

La bandera, ese símbolo que ha acompañado la libertad soñada por Céspedes, Agramonte, Maceo, Martí y tantos otros cubanos ilustres, no puede quedar definida por el gesto efímero de un solo hombre. Sería, quizá sin quererlo, empequeñecer aquello mismo que pretendemos defender y engrandecer cada día.

Una vez cupo en el bolsillo de un hombre menudo: ¡nunca fue más grande!

 NULL

    

¡Recibe las últimas noticias en tus propias manos!

Descarga LA APP

Temas

Deja tu comentario

Te puede interesar