@omarestacio

Como ocurre cada año, la Revolución Bolivariana, ha vuelto a figurar en la lista de los desgobiernos más corruptos de los Cinco Continentes y sus alrededores. Una tradición difícil de interrumpir.

La voracidad, picazón, comezón, el furor de Mesalina de sus próceres por rascabuchear la Tesorería, en lugar de disminuir, aumenta de manera exponencial. Importa poco la actual debacle. A más depauperación, más cohechos, más sobornos, más negociados ilícitos “¡A raspar la olla, carrizo!” Tal es la consigna de ciertas criaturillas del Señor antes de saltar por la borda.

Examinemos uno de los tantos índices en la materia. El de “Transparencia Internacional”, por ejemplo. El puntaje ideal en el manejo de los recursos públicos, es de 100. Sin embargo, el ranking más reciente registra varios casos crónicos, que ameritan llamar al servicio de ambulancias. El de la cleptorrepubliqueta, forajida, bolivariana y desvergonzada, quizás el más grave, cuyos 18 puntos consideramos benévolos y hasta sospechosos, porque como se verá, tenemos motivos para la sospecha.

¿Cuáles son los mecanismos para determinar los puntajes?

Ese es el lado débil de las clasificaciones. Las organizaciones que se dicen especializadas suelen acudir al muestreo. Distribuyen cuestionarios entre empresarios, estudiantes, trabajadores, amas de casa, usuarios de los servicios públicos en general, se procesan las respuestas con la ayuda de unas computadoras de última generación y se obtienen los resultados. Un método a todas luces artesanal, anticuado, rudimentario y poco fiable. El año pasado, nada más, se conoció que la susodicha, republiqueta forajida y bolivariana “engrasó” a las computadoras –como lo hace con las del Consejo Nacional Electoral- para alterar los resultados.

Por lo mismo, el cronista se decanta por métodos más científicos. El curruptómetro gramatical, por mencionar uno de los más exactos. Es sabido que en toda colectividad, el número de sinónimos, expresiones coloquiales y hasta palabrejas escatológicas, para referirse a determinada conducta social, es directamente proporcional a la incidencia o proliferación del hábito respectivo -malas mañas en este caso. En Nueva Zelandia, por nombrar un caso, con 89 de pulcritud en el manejo de los recursos públicos, un ministro o un usuario llamará soborno al soborno. Y ya. Punto. Sanseacabó. Sin que existan en el idioma neozelandés términos equivalentes. Pero ¡Ay! de la clasificación universal en el expolio de determinada narcorrepubliqueta, cuyos miembros del gabinete Ejecutivo se valen de todo un diccionario -el lenguaje por señas, además- para referirse al flagelo: “coima”, “queso”, “guiso”, “buche”, “buchón”, “teta”, “chupada”, “pimentón”, “tajada”, “mordida”, “trinquete”, “martillo”, “bájate de la mula”, “cuánto hay pa’ eso”, “¿cómo quedo yo ahí?”, “tumbe”, “movimiento ‘e bemba”, “carne en el gancho”, “pa’ yo”, “payola”, “¿me quieres o no me quieres?”, “expropiación revolucionaria”, “dame una fuelza bolivariana”, “la parte del bigotón” (en lugar de la parte del león).

Si el Presidente, en persona, de la respectiva cleptorrepubliqueta, califica de “agentes del Imperialismo” y hasta les invoca las memorias de sus abuelas, a quienes se atreven a tomarle, en escala de Richter, el pulso depredador, habrá que restarle, entre 20 o 30 puntos, dependiendo de la coprolalia que sazone los insultos.

Si los países rankeados, a través de sus voceros, recurren al consabido y poco original “¡más corruptos serán ustedes!” para desacreditar a los funcionarios de “Transparencia”, se harán merecedores no digamos del campeonato, pero al menos de mención “honorífica”.

La desvergüenza o, incluso, el orgullo de ser lo que son, es otro de los elementos para figurar entre los finalistas.

-¿Y?– respondió, jaquetón, retador, mientras se encogía de hombros, el camarado Diosdedos, cuando lo llamaron de Transparencia, para avisarle que su actuación como segundo de a bordo había resultado determinante, en la escogencia de una de las finalistas.

Tiene la palabra, el señor Contralor General de la cleptorrepubliqueta bolivariana para que ejerza el derecho de réplica.

¿Ah? ¿Qué? ¿No existe el tal Contralor? ¿Se fue por un sumidero de complicidad? Entonces, sin discusión: La cleptorrepubliqueta bolivariana, por unanimidad, retiene, por enésima vez, su título de Campeona Mundial de la Corrupción.

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