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Caracas, hoy

La ciudad está sucia. La basura se acumula en todas partes. Hay largas colas para tomar un ómnibus o comprar alimentos. Muchos productos escasean 

Estuve en Caracas del 31 de marzo al 7 de abril, con motivo de la puesta en escena de la pieza teatral Memoria del silencio, basada en mi novela del mismo nombre. Bajo la dirección de la sensible y dinámica cubanovenezolana Virginia Aponte, se presentó en la Universidad Católica Andrés Bello, donde ella lleva a cabo desde hace años una magnífica labor docente. n

Agradezco inmensamente a Virginia, a los actores -Soraya Siverio, Lucrecia Baldsarre, Unai Amenabar y Carlos Domínguez- y al equipo técnico el excelente trabajo que hicieron para darles vida a los personajes de la obra, lo cual me emocionó profundamente. Gracias a los foros después de cada función, pude estar en contacto con muchos estudiantes, entre los cientos que abarrotaron el teatro.
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La obra creó un impacto insospechado. Aparte de la reputación de la directora y su grupo de teatro, y de los méritos que pueda tener la pieza, pienso que se debió al momento en que se presentó.
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En una historia cubana de separaciones, recriminaciones, pérdidas, reencuentros, perdón y reconciliación, la audiencia vio reflejado el presente que vive su país y el futuro que desearía evitar. Cada joven que se puso de pie a comentar, contaba luego su propia historia; y muchas veces, incluso a varones, se les quebraba la voz o los ahogaba el llanto. Palpé un estudiantado muy consciente de la encrucijada en que se encuentra Venezuela, muy comprometido con quedarse y luchar por su Patria, incluso cuando los padres estaban fuera.
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Varios sacaron de sus mochilas y mostraron las camisetas y gorras con que participaban en las manifestaciones. El único consejo que me atreví a darles fue que cuidaran sus vidas, y que mantuvieran siempre el amor a la familia por encima de las diferencias ideológicas.
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El tráfico en Caracas ha sido siempre difícil, pero en esos días las u201cguarimbas u201d, o barricadas improvisadas por los manifestantes para cerrar las calles, provocaban constantemente cambiar de ruta para llegar a cualquier lugar, tras gran número de desvíos. Todos manejan, muchas veces por caminos montañosos, hablando o mirando los mensajes de textos en los teléfonos móviles para enterarse de las condiciones del tráfico. Sin duda, un peligro. Pero no tanto como la delincuencia que afecta a la sociedad. El director artístico del grupo me contó cómo hace unos años a dos amigos y a él los metieron en un carro y sufrieron lo que llaman u201csecuestro express u201d.

Los tuvieron cinco horas dando vueltas, haciéndoles preguntas y amenazándolos, hasta que la familia de uno de ellos pagó $12.000 y varias joyas. En los días que estuve allí, asesinaron a dos ciclistas, amigos de la chica encargada de la producción de la obra. Cada venezolano tiene una historia de horror que contar, un muerto que ha llorado, un pariente que ha enterrado. nEstuve en centros comerciales, restaurantes, teatros, barrios de clase alta y media, y en los cerritos. Vi la imponente iglesia del Opus Dei y fui a misa en la modesta iglesita de un barrio pobre.

Observé en las calles grafitis de SOS Venezuela, cruces con los nombres de estudiantes muertos, y una serie de camisetas de niños con las palabras del Padre Nuestro colgadas en troncos de árboles. En otra pared inscribieron con insistencia la palabra u201cPaz u201d. u201cNos están matando. No seas indiferente u201d, leí en un baño. También subí a los cerros, donde encontré letreros de apoyo a Maduro, y un gran dibujo con el rostro del Che Guevara. Sólo vi una referencia a Chávez. Todavía El Universal es un buen periódico que mantiene informada a la población. Se pueden ver episodios de la televisión de EEUU, noticieros de CNN en español y la BCC de Londres, entre otros. n

La ciudad está sucia. La basura se acumula en todas partes. Hay largas colas para tomar un ómnibus o comprar alimentos. Muchos productos escasean o ya no se encuentran. Se notaba un descontento generalizado en la población. Me pareció percibir que incluso muchos chavistas piensan que se ha perdido el rumbo; que el país va mal. También tuve la sensación de que un porcentaje de la población permanecía indiferente. Alguien me contó que el 14 de febrero se llenaron los restaurantes por el Día de los Enamorados, y que los clientes estaban molestos porque las manifestaciones no les permitían celebrar tranquilos el día del amor. Sé también de otro caso en que sucedió todo lo contrario: los comensales de un restorán ampararon a jóvenes que huían de la Policía, y se quedaron con ellos durante varias horas para protegerlos.
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Cada día, la gobernabilidad del país se va debilitando. Son momentos cruciales. Hoy yo también soy venezolana.

Miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española
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