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Chica súper poderosa

Era domingo y mi hija no quería hacer la siesta. Quería ir a ver los caballos, y me parecía una buena idea, pero también sentía que si en ese momento no la ponía a dormir por lo menos una hora, luego iba a estar de mal humor. Le ocurre a menudo cuando no hace la siesta y está cansada. Como no lograba dormirla contándole cuentos en la cama (la verdad es que cada vez la imaginación se me iba angostando con cada cuento que terminaba), decidí sentarla en su coche con sus muñecos preferidos y llevarla de paseo. n
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Funcionó bastante bien. Veinte minutos después de empujar su coche y caminar bajo el sol (esto lo llegué a disfrutar, ya que nunca tomo sol), ella estaba dormida. Atrás del coche había puesto un mini parlante que está conectado vía bluetooth al celular, mientras caminábamos sonaban canciones como The moon, de la película Her, o las clásicas de Jack Johnson que nos gustan tanto. Con la mano derecha cambiaba de canciones y con la izquierda empujaba el coche. Pareció una tarea fácil. n n

Al volver a casa la cargué para echarla en su cama, se despertó, murmuró algo sobre los caballos y enseguida cayó rendida sobre su almohada y siguió durmiendo. La cubrí con su manta extra suave de Hello Kitty (todo sea por la suavidad) y me fui a hacer lo que siempre hago cuando ella duerme: nada. Me siento en la computadora, bajo a la cocina, tomo un jugo, vuelvo a subir, ordeno un poco mi ropa, salgo al balcón miro las nubes, siento el buen clima y doy las gracias, echo un vistazo a la novela que estoy escribiendo, leo vagamente las noticias, me pierdo husmeando en la vida de los demás vía Facebook. Nada muy productivo, y sí, eso me da culpa, pero más culpa que da que mi hija no duerma la siesta o no estar cerca de ella todo el tiempo posible. Aunque se retrase mi novela, aunque sienta que voy a llegar a los treinta y no he escrito nada realmente bueno, ella tiene prioridad. n
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Estoy en ese feliz (y culposo, ya dije) momento de no hacer nada, celebrando conmigo misma en silencio que pude ponerla a dormir cuando parecía que sería imposible (el tema de la siesta u2013del sueño, en general- es un asunto de alta prioridad en esta casa), cuando empiezo a sentir un dolor en la muñeca izquierda, que fue la mano con la que estuve empujando el coche. Primera señal de que ya no tengo veintiuno. Es en esos momentos en los que me digo, ya no eres una niña, se vienen los treinta, agárrate, que no te cojan desprevenida (en todos los sentidos), no hagas el numerito de la depresión post parto o del cumpleaños infeliz. Pero sobre todo no vayas a hacer una fiesta celebrándote. No, por favor. n n

El dolor sigue y no para, me duele cada vez que muevo la muñeca de arriba abajo, y no quiero ponerme esas cremas que te dan calor y luego frío (eso no solo viene en cremas, ahora que lo pienso), porque tienen un olor como a naftalina y no señor, ya tengo suficiente con el complejo de vieja. n
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Fluye el día, vamos al acuario de la isla, vemos el show de la ballena Lolita que tiene años ahí y que me genera un debate interno sobre si el animal debe o no debe estar en esa piscina, aunque después de haber visto una extensa entrevista a uno de los entrenadores de Seaworld (en respuesta al documental Blackfish, que dice básicamente que los animales sufren en cautiverio), llego a una conclusión que parece razonable y otra un tanto frívola. La primera conclusión a la que llego, habiendo visto esta larga entrevista, es que muchas veces estos animales que están en los acuarios han sido rescatados y son tratados de la mejor manera: tienen la temperatura del agua correcta, la comida fácil, un ambiente de cariño, no tienen que lidiar con las otras especies marinas (y muchas veces depredadoras) que habitan en el mar abierto. La otra conclusión más frívola a la que llego es la siguiente: si a mi hija le encantan los animales, si ver una ballena es fascinante incluso para un adulto, si no tuviéramos la posibilidad de asistir a un acuario para ver este tipo de pez que es igualito a Nemo, o a este otro que es rarísimo y me recuerda mucho a Lady Gaga, o esta anguila venenosa, o estos delfines que parecen saludarnos detrás del vidrio, o esta ballena u201casesina u201d, u00bfdónde más se supone que debemos verlos, debemos imaginarlos, ir en lancha a altamar o ponernos un traje de buzo y bajar al fondo del mar? n n

Pero estaba en que me dolía la mano. Luego de ir al acuario y volver a casa y sentarme a leer un libro de poemas de Bukowski (así de chiquita es como me siento cuando lo leo, así), el dolor fue tan insoportable que fui a CVS y compré una especie de manga negra que se supone que te inmoviliza el brazo y ungüentos sin olor y pastillas desinflamantes. En ese momento, ya en casa y con el brazo sin poder moverlo, con dolor, incluso teniendo esa cosa esa negra puesta (me niego a hacer la broma del doble sentido en este caso), me doy cuenta de lo supremamente importante que es poder usar el cuerpo entero con facilidad. Cada parte, incluso el dedo meñique es importante, para cada pequeña tarea. Asuntos como poner pasta de dientes al cepillo, sujetarme el pelo, o simplemente sostener mi celular con esa mano, me resultaban imposibles. n
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Todo por empujar el coche con una mano. Todo por querer sentirme la chica súper poderosa que pone a su hija a dormir la siesta y al final del día solo quiere sentir que gana esa y todas las pequeñas batallas. Aunque en el fondo sepa que hay algunas que ya ha perdido y otras que aún le quedan por perder.
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