Al Premio Nobel de la Paz 2016 se presentaron 376 candidaturas, 148 organizaciones y 228 personas, cifra récord que superó las 278 del 2014. Y lo confieso, no me sorprendió que al presidente Juan Manuel Santos le entregaran el Nobel. Los premios a veces responden más a los contextos que a los méritos. Y hasta que las urnas no demostraron lo contrario, el tablero mundial daba por hecho que Colombia diría Sí a su acuerdo con las FARC. Pero el Comité Nobel Noruego no atendió la decisión soberana del pueblo colombiano y prefirió apostar, desde su poder intelectual, por la legitimación de un fracasado convenio que en nombre de la paz pretendía trasladar las FARC a las calles y allanarle el camino para conseguir su objetivo: participar en Gobierno del país que han desangrado.
Colombianos dijeron No al peor de los males de su país
Lo que sí me sorprendió fue que prevaleciera el No en el plebiscito. Parecía imposible vencer la gigantesca maquinaria publicitaria desatada por el gobierno de Santos, las presiones de las FARC y la engañosa pregunta que debía responder un pueblo afectado durante décadas por la guerrilla: “¿Apoya usted el acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera?”.
Qué linda y a la vez tendenciosa pregunta. Las FARC han secuestrado miles de colombianos, y ése es el método en que se han especializado, y que les hace vivir y morir como lo que son: secuestradores que se dicen defensores de ideologías socialistas, pandilla uniformada que ha cercenado la vida de cientos de niños y que al estilo del Che Guevara, se presentan como los Robin Hood de Latinoamérica. Estos delincuentes, que deben pagar por sus innumerables crímenes, se sienten impunes y victoriosos, y lejos de arrepentirse y entregarse a la justicia, siguen planeando secuestrar la legislación colombiana al estilo de Fidel Castro y Hugo Chávez. Y como mismo han exterminado a miles de colombianos, la intención final de ese vil mamotreto de 297 páginas, fabricado en La Habana, es exterminar la democracia que es el mayor enemigo de esos guerrilleros.
Algunos políticos a favor de Santos se han lamentado de la decisión de los colombianos diciendo que para que el pueblo confiara en las FARC deberían haberse expresado con un sentimiento capaz de calar en la gente. Que idiotez. Mero populismo. Los líderes de las FARC no sienten que han hecho ningún mal. Al contrario. Lo volverían a hacer si para ellos fuera preciso. A lo más que llegan es a disculparse por daños colaterales. Esa ha sido su respuesta. Y no es de esperar otra.
¿Quién en su sano juicio puede de verdad creer que los colombianos no desean vivir en paz? Por el contrario: es de ilusos, desinformados o apoyadores, creer o promover que las FARC quieren la paz y la democracia. Las FARC no han cambiado ni van a cambiar. El día que lo hagan dejarían de existir. Sólo intentan encubrir con un alegato entre pacifista y chantajista sus sempiternas intenciones de controlar el país. Y si es posible el continente, como era el sueño de Castro y Chávez. El mensaje de las FARC fue éste: de no entregarnos el país de forma pacífica, o más bien domesticada, seguiremos atemorizando, secuestrando, extorsionando, desplazando, asesinando. ¿Nuestra paz o la guerra, qué prefieren?
El fenómeno desatado por la guerrilla de las FARC no es una guerra entre los colombianos, como algunos quieren hacer ver. Se trata de un grupo narcoterrorista contra el pueblo colombiano. Y los terroristas afirman que se trata de una lucha necesaria, revolucionaria, marxista-leninista. Y se mantendrán firmes en su guerra hasta conseguir su propósito.
Pensaron confundir al país con un embustero acuerdo que supuestamente traería la paz duradera, pero al perder en las urnas, el siguiente paso pudiera ser una falsa reforma a los acuerdos, leve, como ya han sugerido, pues el margen de los votos fue bien estrecho. Así se expresan. Como si el resultado del plebiscito no fuera suficientemente válido.
Y ojo con las actuales manipulaciones mediáticas: varias figuras y medios de comunicación que apoyaron los Acuerdos de Paz, así como sectores de la izquierda internacional, están pretendiendo que el Nobel de Santos sea entendido como un mandato, una dulce presión a los colombianos, un mensaje de apoyo global al gobierno de Santos, que evidentemente no es el agrado de su pueblo. De lo contrario lo habrían secundado en el plebiscito. ¿O hace falta un Premio Nobel para canjear las ideas y sentimientos de los colombianos?
Ningún gobierno satisface a todo un pueblo. El de Uribe no fue perfecto. Pero hay que agradecerle haber reducido a las FARC, que ha sido y sigue siendo un mal mayor para los colombianos. No es el narcotráfico como una especie de deporte nacional. Esa es la imagen que muchas veces, desde las pantallas de televisión, se pretende hacer ver. En buena medida el narcotráfico en Colombia llegó a donde llegó gracias a las FARC. Y gracias al narcotráfico las FARC tiene hoy un colosal poder económico (son el tercer grupo terrorista más poderoso del mundo) con el que aspiran corromper las instituciones democráticas si se les deja entrar en ellas. El más grave problema colombiano sigue siendo las FARC. Y eso debería entenderlo el mundo.
Alguien me comentaba que por haberse gestado en La Habana, el Acuerdo de Paz no tenía que ser castrista. ¿Acaso el régimen está de verdad descongelando su naturaleza castrista, que se va perdiendo y nos dice adiós desde el borde de un viejo tragante? Por supuesto que el acuerdo (no la supuesta Paz de la pregunta, que es lo que ha leído la mayoría) es castrista en su más importante y peligroso significado, más allá de los Castro. ¿Qué acuerdos han escrito o impulsado los Castro que no tengan una intención castrista? Sería el primero en el ocaso de sus vidas. Qué admirable final para esos perversos dinosaurios (con el perdón de los dinosaurios).
Los colombianos votaron (y ojalá mi país, Cuba, pronto lo hiciera) en contra de las FARC. No votaron en contra de la Paz. Eso es una gran falacia. Una propaganda populista. Colombia se resiste a regalarles el sendero hacia el poder ejecutivo a criminales de lesa humanidad. Y no importa si piden perdón. Aunque lo hagan, no es posible que los responsables de tantos crímenes contra la humanidad no sean condenados y además se les permita dirigir una democracia. Una dictadura sí, como ocurre en Cuba, donde no por casualidad fue planeado el frustrado intento de trasmutar las FARC no sólo en una organización terrorista legítima, sino en el germen de un Estado terrorista. Mientras los Castro y sus herederos sigan dirigiendo la izquierda latinoamericana, los peligros del Socialismo del Siglo XXI no estarán agotados. No se les subestime.
Hay varios caminos para terminar con el conflicto de las FARC. Y en ellos deberían concentrarse y juntar todas sus fuerzas los colombianos. Extirpar el mal. El mayor mal de un país. Todo lo demás serán falacias.
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