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OPINIÓN

Consideraciones acerca de lo que significa ser padre

Desde Freud hasta diversos pensadores contemporáneos, la paternidad ha sido observada con sospecha

Por JUAN CARLOS AGUILERA P

En el vocablo arameo Abba, expresión del característico balbuceo de los niños, encontramos el origen de la palabra padre. Abba manifiesta una amorosa y confiada intimidad, cargada de la inocente ternura tan propia del niño que quiere a su padre. En la sencillez y cotidianidad de la vida familiar, esa estrecha relación permite que el hijo condense toda su seguridad afectiva en una suave exclamación. «Papi». «Papito».

La traducción griega páter era de uso cotidiano entre los adultos como muestra de respeto hacia ancianos y maestros. Sin embargo, la significación más profunda de esa palabra es otra. Expresa la relación íntima de Dios con los hombres como hijos suyos.

Siguiendo al filósofo Leonardo Polo, advertimos que la persona humana es un ser radicalmente filial. Todo ser humano es hijo. No hay hombre alguno que no lo sea.

Ser filius, hijo, significa reconocer una dependencia originaria. Sabernos originados constituye uno de los rasgos más profundos de la condición humana. Por eso el padre existe en relación con el hijo y el hijo en relación con el padre. La identidad relacional del padre se encuentra en el hijo y la del hijo en el padre. Si quien ha llegado a ser padre no se reconoce antes como hijo, difícilmente comprenderá el significado profundo de la paternidad. La experiencia de haber recibido la vida precede siempre a la posibilidad de transmitirla.

De aquí surge una idea particularmente fecunda. El ejercicio de la paternidad es el modo mediante el cual la persona del hijo logra superar su indigencia y debilidad inicial. La fragilidad del hijo requiere la ayuda de los padres. Gracias a esa ayuda se abre el camino de la libertad. ¿No es extraordinario que precisamente en la debilidad permanezca oculta la posibilidad de ejercer la libertad? La dependencia originaria no es una esclavitud. Es la condición de posibilidad del ejercicio futuro de la libertad con responsabilidad.

Al tomar conciencia de ello, a veces un poco tarde, brotan de manera natural el agradecimiento, la piedad y el reconocimiento de una deuda con quienes han sido portadores de nuestro ser personal creado. ¿Cómo no recordar entonces aquella exclamación de san Agustín dirigida al Padre? «¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!».

Muchos hijos que crecieron sin la presencia de su padre buscaron, de una u otra forma, una figura capaz de llenar ese vacío. Así ocurrió con J. R. R. Tolkien, quien perdió tempranamente a su padre y cuya obra refleja constantemente la búsqueda de filiación, pertenencia y hogar.

«Ser hijo es nacer y, en último término, seguir naciendo. No dejar de ser hijo nunca». La palabra nasci, de la que procede «nacer», remite precisamente al crecimiento y a la perfección. El ser humano está llamado a crecer siempre. Como enseñan los clásicos, o crecemos o morimos.

Sin embargo, desde la modernidad se ha extendido una cierta tendencia a desconocer esta dependencia originaria. Leonardo Polo llamó a este fenómeno «crisis de la filiación antropológica». El pensamiento moderno se rebeló contra toda dependencia y proclamó la autonomía absoluta del sujeto. De esa crisis de la filiación brota otra. La crisis de la paternidad.

El hombre contemporáneo aspira a no deberle nada a nadie. Es el ideal del self-made man, desligado de toda pertenencia y de toda deuda. Así entendido, tener padres parece convertirse en una limitación de la libertad cuando, en realidad, constituye su punto de partida.

No es extraño, por ello, que durante las últimas décadas la figura paterna haya sido sometida a una constante revisión. Desde Freud hasta diversos pensadores contemporáneos, la paternidad ha sido observada con sospecha. Alexander Mitscherlich llegó incluso a hablar de una «sociedad sin padres», expresión que con el paso del tiempo ha terminado convirtiéndose en una descripción frecuente de nuestro mundo.

En este sentido, en la exhortación apostólica Familiaris consortio se lee que tanto la ausencia del padre como su presencia «opresiva» provocan problemas serios en la interioridad, la psicología y la moralidad, capaces de afectar profundamente la vida familiar y social del hijo.

Es lo que Germán Dehesa describió en un libro que merece la pena leer, No basta ser padre. Allí llamó, en un tono jocoso y lleno de fina ironía, «síndrome de Pedro Páramo» a la situación en que el padre no está o, si está, es un «rencor vivo» que emite billetes, gruñidos y ronquidos y que, el resto del tiempo, lee el periódico o ve por televisión los partidos del América.

Aquilino Polaino describió dos formas habituales de ausencia paterna. Una corresponde al padre distante, absorbido por el trabajo, el éxito o el dinero. La otra, al padre que renuncia a ejercer su responsabilidad y busca únicamente agradar o adaptarse a las modas dominantes. Aunque parecen modelos opuestos, ambos terminan privando a los hijos de una referencia sólida para crecer.

El problema, sin embargo, trasciende el ámbito familiar. Massimo Camisasca ha observado que el individualismo, el repliegue sobre la vida privada y la indiferencia hacia el bien común suelen estar vinculados a una experiencia empobrecida de la paternidad. Allí donde desaparece la conciencia de pertenecer a una tradición y a una historia común, también se debilita el compromiso con la comunidad y con las generaciones futuras.

La ausencia del padre puede incluso llegar acompañada de la pérdida de su significado. Cuando determinados procedimientos técnicos parecen prescindir de su presencia, surge inevitablemente una pregunta. Si la técnica puede reemplazar al padre, ¿seguirá siendo la paternidad una realidad humana fundamental o terminará convertida en un simple procedimiento?

Paradójicamente, la cultura popular comprende a veces mejor estas cuestiones que muchos tratados académicos. Paul Cantor, en The Simpsons and Philosophy. The D’oh! of Homer, advirtió que Homero Simpson, a pesar de sus defectos evidentes, conserva una virtud esencial. Ama profundamente a su familia.

Homero es torpe, impulsivo e iracundo. Fracasa una y otra vez. Pero nunca deja de sentirse responsable de los suyos. Quizá por eso sigue resultando reconocible para millones de personas.

Sin embargo, no se es padre en solitario. En la ya citada Familiaris consortio puede leerse que «el amor a la esposa y madre y el amor a los hijos son para el hombre el camino natural para la comprensión y la realización de su paternidad».

La autoridad paterna encuentra su sentido en el servicio. No se impone por la fuerza. Se conquista mediante la entrega. Por eso el padre aporta seguridad, estabilidad y sentido de pertenencia. Algo semejante puede advertirse en las inmortales Coplas por la muerte de su padre, de Jorge Manrique.

Karol Wojtya desarrolló bellamente esta idea en su drama El esplendor de la paternidad. En la parte final de la obra, la Madre aparece como la figura que unifica los distintos elementos del drama. En ella se encuentran el padre y el hijo. La irradiación de la paternidad pasa a través de la mujer y se manifiesta en la maternidad.

¿Pero qué ocurre cuando falta el hijo?

Quienes han experimentado esa pérdida conocen un sufrimiento que no desaparece. André Frossard decía que hay dolores que no se superan. Únicamente se aprende a vivir con ellos.

Y precisamente en esa experiencia de dolorosa debilidad descubrimos que existe un consuelo que no procede de nosotros mismos, sino del amor del Padre por antonomasia. El buen Dios.

Un antiguo alumno y poeta escribió, tras la muerte de su pequeño hijo, unos versos de extraordinaria belleza.

«Déjame traerte un remolino de colores.

Que se pose como flor sobre tu lápida.

Para ver si sonríes».

Tal sonrisa quizá sea posible cuando hemos ayudado a nuestros hijos a llegar bien equipados a la casa del Padre. Entre los enseres que deberán llevar estarán la humildad, la honestidad, la gratitud, la generosidad y tantas otras virtudes que embellecen el alma. Pero, sobre todo, el amor al Amor que los hizo buenos y fieles.

Así, quizá no resulte aventurado afirmar que la vocación de ser padre consiste en ayudar a los hijos a sonreír en la eternidad cuando, al contemplar al Padre, puedan volver a pronunciar aquella palabra sencilla y antigua que aprendieron al comienzo de la vida.

«Abba, Padre».

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