Entre memorias, batallas, amores, intrigas y traiciones, Miranda vuelve a conversar con la América que soñó liberar.
Conversando con Miranda en la Carraca [I]
Francisco de Miranda: el hombre que soñó una América libre
En el arsenal de La Carraca.
Salgo de mis tinieblas del tiempo y de pronto estoy en la celda mugrosa y lúgubre de Miranda en La Carraca. Para nada luce como la imagen de Michelena en su famoso retrato de Miranda en esta mazmorra.
Francisco de Miranda fue un gran precursor. Militar, viajero, políglota, lector insaciable, diplomático y revolucionario, recorrió las cortes europeas cuando América todavía dormía bajo el peso de la monarquía española. Habló con reyes, generales, ministros y filósofos. Conoció la gloria de los campos de batalla y la soledad de las prisiones. Soñó una América unida antes que Bolívar intentara convertir ese sueño en república.
Lo encuentro una tarde frente a los barrotes con su uniforme añejo, la mirada penetrante con mezcla de orgullo y melancolía que debió acompañarlo durante sus últimos años. Me siento frente a él. No es una entrevista a un héroe sin sentimiento, sino una conversación con un hombre en sus aciertos y arrepentimientos, con sus pasiones y errores.
—Generalísimo, si tuviera que presentarse sin títulos, sin estatuas y sin la solemnidad de los libros escolares: ¿Quién fue Francisco de Miranda?
—¿De dónde salió Ud?
—Perdón, no me he presentado. Soy Orlando; Orlando Viera-Blanco es mi nombre completo.
—¿Familia de Bolívar?
—No mi general. Qué mayor honra quisiera yo que ese vínculo. Soy simplemente un caballero que cabalga por la historia, tratando de comprender y resguardar las verdades que ella comporta.
—Pues ya le veo. Viste usted muy ligero.
Miranda nació bajo el dominio de España y se negó a aceptar que el lugar de su nacimiento determinará los límites de su pensamiento. Caminando con dolores visibles hacia su catre, muestras de debilidad pero con entereza, me dice:
—Quise ser libre antes que mi patria supiera que podía serlo. Fui soldado porque comprendí que las ideas, cuando se enfrentan a los imperios, necesitan también coraje, organización y armas. Y fui viajero porque necesitaba conocer el mundo para imaginar el destino de América, con modales de un caballero peregrino.
—¿Y no fue, acaso, demasiado ambicioso?
—Quizá. Pero la ambición de poder no es la misma que la ambición de libertad. Si me equivoqué que me juzguen por mis decisiones, pero que nadie me reproche haber pensado en grande cuando mi continente apenas podía pensar por sí mismo.
Caracas: el origen de un inconforme indómito.
Francisco Sebastián de Miranda y Rodríguez de Espinoza nació en Caracas el 28 de marzo de 1750. Fue hijo de Sebastián de Miranda Ravelo, comerciante originario de las islas Canarias, y de Francisca Antonia Rodríguez de Espinoza, integrante de una familia caraqueña de origen portugués. Su padre prosperó económicamente pero su condición de isleño y su nombramiento como capitán de una compañía de milicias de blancos isleños provocaron resistencias entre sectores de la aristocracia criolla.
Miranda creció en una sociedad jerarquizada por el origen familiar, el color de la piel, la riqueza y los privilegios. Estudió en Caracas, recibió formación humanística y cursó estudios en la Universidad antes de partir hacia España en 1771 para incorporarse al ejército real.
—General: ¿Cuándo comenzó a sentir que Caracas le quedaba pequeña?
—Cuando comprendí que el talento no debía pedir permiso al apellido. Mi padre tuvo que defender su posición frente a quienes consideraban que un hombre nacido en Canarias no podía aspirar a determinadas distinciones. Aquella experiencia me enseñó algo Viera y Blanco.
—Perdón, Generalísimo: soy Viera-Blanco.
—Ah, disculpe. Entonces no es noble Ud., sólo un regidor pardo con vocación de limpieza de sangre, como lo quiso mi padre.
—Bueno, si Ud. lo dice, así es.
—Los imperios no solamente gobiernan territorios. También distribuyen honores, imponen jerarquías y deciden quién merece ser escuchado.
—¿Fue esa discriminación el origen de su independentismo?
—Fue una lección temprana, pero no la única. Mi independencia intelectual nació del estudio, de los viajes y de la comparación entre sociedades. En España conocí la disciplina militar, en América del Norte contemplé una revolución victoriosa; en Europa descubrí que los tronos podían temblar y que las ideas podían transformar la historia, en Francia que padecí la contrariedad de un orgullo revolucionario y los excesos sangrientos de los Comités de Salud.
—Entonces, ¿el primer campo de batalla fue su propia conciencia?
—Exactamente. Antes de levantar un ejército para liberar América, tuve que liberarme de la idea de que América estaba condenada a obedecer.
Un caballero errante por las cortes de Europa
Miranda fue un caballero errante. Viajó de Rusia a Estocolmo, de Alemania, Holanda, Italia, Francia y Londres a EEUU como si volara en avión. Entre 1783 y 1789 emprendió un largo recorrido por EEUU y Europa. Su periplo no fue el de un turista aristocrático sino el de un hombre que estudiaba gobiernos, ejércitos, instituciones, bibliotecas y sistemas políticos, mientras buscaba aliados para la emancipación hispanoamericana.
Viajó por territorios escandinavos y llegó a Rusia. Siempre promoviendo su proyecto liberador. En San Petersburgo—en la corte de Catalina II—encontró una protección excepcional. Le dieron el título de Conde y Catalina la Grande dijo a viva voz para el mundo y para España: “tocar a Miranda es tocar a Rusia”. Sin duda Miranda tenía una serie de facultades que no sólo encontraban alianza en sus amigos masones sino en cualquier mujer en la que fijaba su retina.
El príncipe Potemkin contribuyó a facilitar su acceso a la emperatriz, quien mostró interés por sus ideas y lo protegió frente a las pretensiones de las autoridades españolas. En Estocolmo fue recibido por el rey Gustavo III. La vigilancia diplomática española, entretanto, lo perseguía por distintas capitales.
Miranda convirtió sus experiencias en un archivo extraordinario. Su diario, de más de 63 volúmenes, cuenta todas sus peripecias, batallas, amores y aventuras, de la lucha armada a la filosofía, la literatura y la arquitectura. Hoy es patrimonio documental de la humanidad por la UNESCO. En sus páginas observaba las costumbres, describe los monumentos, estudiaba los libros y registraba conversaciones. Su biblioteca londinense, llegó a reunir miles de volúmenes. Aquella curiosidad universal formó parte de su proyecto político. Quien pretendiera fundar una nueva nación debía conocer las virtudes y los defectos de las naciones existentes.
—¿Qué sintió General, al llegar a Rusia [1786] y ser recibido por Catalina II la Grande [1787] ?
—La satisfacción de descubrir que el mundo era más amplio que los límites de la Corona española. Catalina comprendió mi curiosidad por América y me ofreció protección. No confundí su cortesía con una adhesión absoluta a mi causa, pero entendí el valor de contar con un refugio cuando los agentes españoles buscaban mi captura.
—¿Y Estocolmo? ¿Qué encontró allí el venezolano que venía de atravesar media Europa?
—Otra manera de contemplar el poder. Los reyes podían recibirme, los diplomáticos escucharme y los ministros discutir mis proyectos. Pero cada puerta abierta podía ocultar otra puerta cerrada. En Suecia, como en otras cortes, mi presencia interesaba tanto por mis ideas como por las consecuencias que podía tener para las relaciones entre España y las demás potencias. El Rey Gustavo III fue un buen amigo y oh! Catherine [Cristina Strandell] un gran amor. De ellas puedo hablar más tarde…si me concede paciencia y venia Ud.
—No soy quien para concederle venia mi General. Pero, recorrió Ud. Holanda, Alemania, Italia y Francia. ¿Qué buscaba realmente?
—Conocimiento y apoyo. Holanda me permitía observar una tradición comercial y marítima; Alemania, sus estructuras políticas y militares; Italia, la memoria de antiguas civilizaciones; Francia, el debate filosófico y después, por supuesto, la revolución. —¿Y Londres?
—Londres fue decisiva. Allí encontré un espacio desde el cual podía negociar, escribir, organizar y volver a empezar. Traté de convencer a William Pitt el Joven, primer ministro británico, de que la emancipación americana podía interesar a Inglaterra por razones estratégicas y comerciales. Más tarde mantuve contactos con otros responsables británicos, entre ellos lord Grenville. Pero una cosa es que un ministro escuche un proyecto y otra que comprometa a su gobierno a ejecutarlo.
—¿Le decepcionó la política?
—Aprendí que los Estados no tienen amigos eternos: tienen intereses que cambian. Mi tarea consistía en hacer coincidir, aunque fuera temporalmente, los intereses de Inglaterra con la libertad americana. Aprendí mucho de mi primera incursión armada para liberar a Venezuela en 1806. Recibí financiamiento y apoyo de buenos amigos; Samuel Ogden armador del Bergantín Leander, Stephen Smith quien me ayudó a reclutar en secreto voluntarios.
—Y qué sucedió General.
—Pues llegamos a Haití. El 12 de Marzo [1806] izamos por primera vez la Bandera Tricolor en el Leander y adquirí los buques Bacchus y Bee. Alexander Pétion se lavó las manos. Entiendo que después sí ayudó a Bolívar. A finales de Abril por delación de un espía, fuimos derrotados en Ocumare de la Costa. Capturaron a 60 marines nuestros, 10 fueron ejecutados y se adueñaron de dos coletas. Yo pude escapar en el Leander.
—¿Y Coro?
—Pude llegar el 3 de Agosto [1806]. Derrotamos una resistencia inicial pero la ciudad estaba desierta. Ahí supe que algo estaba mal. O con el pueblo o con los criollos hacendados, o con ambos. Tuve que ordenar la retirada. La bandera tricolor ondeó por vez primera en suelo patrio, pero no el corazón libertario de mis paisanos. Si le soy sincero, aun llevo esa herida en el alma.
Napoleón, la Revolución francesa y las armas de la libertad
Miranda no fue solamente un conspirador de salón. Había combatido en el ejército español durante el asedio de Melilla y participó en la guerra de independencia de EEUU, incluida la campaña de Pensacola en 1781. Aquellas experiencias le proporcionaron conocimiento directo de la logística, la disciplina y la estrategia militar.
No podemos olvidar que fue un perseguido de la Corona española por décadas, por el “delito” de meter al Capitán John Campbell de espía en La Habana, para que conociera las fortificaciones [Tradición, contrabando y colaboración con el enemigo]. Recordemos que Campbell fue un soldado británico que participó en la guerra de recuperación española del Estado de la Florida [Pensacola] con
En Francia encontró otro escenario extraordinario. Se incorporó al ejército revolucionario y alcanzó el grado de Mariscal de Campo y luego el de Teniente General del ejército francés. Participó en campañas en los Países Bajos y destacó en la batalla de Valmy, en septiembre de 1792, asociada a la defensa de la Revolución frente a los ejércitos monárquicos europeos. Su nombre quedó inscrito en el Arco del Triunfo de París.
Sin embargo, la Revolución también lo llevó a conocer la sospecha, las rivalidades entre facciones y la prisión. Fue procesado en el ambiente de las luchas políticas revolucionarias y finalmente salió de Francia. Su experiencia le enseñó que una revolución podía combatir el despotismo y al mismo tiempo, producir nuevas formas de persecución y barbarie.
—General, usted combatió bajo la bandera de una revolución que proclamaba la libertad, pero terminó perseguido por sus propios compañeros. ¿Cómo se explica semejante contradicción?
—Porque las revoluciones son empresas humanas, no milagros. Cuando el poder se convierte en instrumento de una facción, la libertad comienza a ser sospechosa. En Francia aprendí que no basta con derribar una monarquía, que la fraternidad se convierte en despótica camaradería, la igualdad es solo para los verdugos que obedecen y la libertad sólo favorece a los indulgentes. Por eso Viera y Blanco, es necesario construir instituciones capaces de impedir que los vencedores se transformen en nuevos tiranos.
—Soy Viera-Blanco General, disculpe Ud.
—Por favor, su reproche es válido. Últimamente no voy bien de la cabeza. No recuerdo el nombre ni de quién hace sólo minutos me habla.
—¿Pero no olvida a hombres como Napoleón? ¿Qué relación tuvo con usted?
—Ah bueno, ese sí es un personaje inolvidable. Perdone Ud. Viera y…
—Con Napoleón nos encontramos en el mismo horizonte histórico de la Revolución. No confiaba de él ni él de mi. No fuimos aliados políticos ni compartimos un proyecto americano. Yo aspiraba a liberar pueblos sometidos, él terminaría concentrando un poder imperial, demasiado ambicioso.
—-Como el suyo con la gran Colombina de Canadá a Argentina.
—Por haber vivido Ud. el destino de Hispanoamérica, lo debe comprender.
—Bolivar también lo intento, quiero decir, la Colombia unida.
—Jamás habría confundido la fuerza de un general con la garantía de una república. Un libertador puede convertirse en amo sí no reconoce límites a su autoridad. Ahí reposa la diferencia que ha podido tener otros desenlaces… Silencio en la celda. Por minutos nos cuidamos que sus captores no regresaran.
Volvemos a Coro [1806]. La expedición que no encontró a nadie. La capitulación de San Mateo.
En agosto de 1806—decíamos- Miranda desembarcó en la Vela de Coro con unos 200 hombres y la bandera tricolor que hoy reconocemos como nacional. Esperaba un levantamiento. Encontró casas vacías, calles desiertas y un silencio que pesaba más que cualquier cañón.
—General, volvamos con Coro. ¿Por qué no encontró a nadie?
—Porque Venezuela no estaba preparada para su independencia. Yo la veía desde los libros y los salones de Europa. La revolución en aquellos días era un asunto de blancos criollos, oligarcas y hacendados que querían mandar sin que la Corona les mandara; que temían a los pardos, a los esclavos y a su propio pueblo. Nadie salió a recibir la libertad porque nadie sabía qué era.
La Capitulación de San Mateo y la entrega de La Guaira, quizás tiene sus antecedentes en viejos reconcomios insoslayables, una elevada visión estratégica de Miranda de lo que es una confrontación desigual, y un mensaje ‘Miranda” a jóvenes criollos imberbes que aun no consagran consciencia real de la empresa que pretenden.
En 1812, Miranda era Generalísimo de la I República. Había contenido a Monteverde en La Victoria y lo había dejado maltrecho. Pero el terremoto de marzo, la deserción, el avance realista y la pérdida de Puerto Cabello lo cercaron. El 25 de julio firmó la capitulación. Pocos días después, en La Guaira, fue arrestado por antiguos compañeros, entre ellos Simón Bolívar, y entregado a Monteverde.
—General, ¿por qué capituló frente a Monteverde sin disparar un tiro, si venía de derrotarlo en La Victoria en Febrero [1812]?
—Porque no tenía manera de contener a Monteverde con un pelotón de milicianos locales, sin preparación ni pertrechos. Ganar una batalla no es ganar una guerra. Preferí evitar una carnicería inútil a sostener una gloria vana. Además Monteverde no era precisamente un Caballero de la Guerra. Y así lo demostró al incumplir la capitulación. Domingo Monteverde fue sin duda un pérfido, sanguinario y Felón. Un bárbaro desleal a la palabra empeñada, mas fiel a sus interese mercenario que a la propia Corona.
—¿Se siente traicionado por Bolívar?
—Bolívar era entonces un joven impetuoso y sin una real preparación militar. La historia no lo juzga a él ni me juzga a mí con la misma balanza que lo hicimos nosotros. No guardo rencor; guardo eso sí, otra herida.
La Carraca: la mazmorra del olvido
Miranda fue enviado a España y encerrado en el arsenal de La Carraca, en Cádiz, donde murió el 14 de julio de 1816. Fue entregado la madrugada del 31 de Julio de 1812, por Bolívar, Tomás Montilla y Farel Chatillón.
—¿Cómo fueron sus últimos días?
—Me sentí muy abandonado. La Carraca es una mazmorra brutal y hostil. Siendo yo un hombre de historial sano, mi corazón y mi cabeza no aguantaron, y sucumbí aquí de un accidente cerebrovascular. Lamento cada día. Desde las tinieblas de la fosa común donde me lanzaron, como que mi cuerpo no haya regresado a mi Caracas natal.
En esa Madrugada al encender la luz de su habitación por su asistente Carlos Soublette, ve los rostros de los jóvenes coroneles y expresa: Bochinche, bochinche , puro bochinche. Manuel María de las casas le salvó de ser fusilado, por cierto, por sugerencia de Bolivar…
Fue recluido en el Castillo de SanFelipe en Puerto Cabello, luego llevado al Castillo del Morro de Puerto Rico y finalmente al arsenal de la Carraca.
—General, le encuentro cansado. Sus pulmones registran fatiga y sus ojos se le caen y se cierran. Quizás estos recuerdos lo acongojan. Descanse Ud. por favor. Seguimos más tarde, cuando quiero hablar de sus amigos y mentores [padre Juan Pablo Viscardo y Guzmán]; sus pasiones y descendientes, su diario Colombeia, patrimonio del mundo, y su gran amor: Venezuela [Esta conversación continuará]
Abogado. Ex Embajador en Canadá
@ovierablanco
vierablanco@gmail.com
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