La grandeza de algunos personajes de la historia hace que uno quisiera preguntarles muchas cosas. Temo que la primera pregunta sea demasiado pequeña.
Conversando con un hombre sincero: José Martí
Lo imagino sentado frente a mí, sereno, atento, con esa mirada que parece venir de muy lejos. Aparece—no sé de dónde ni cómo-un hombre silente de donde crece la palma
A José Martí podría preguntar por Cuba, por Bolívar, por la libertad, por América y por lo que inspiró su hermosa poesía. Pero después de conocer su vida, sus prosas y esa extraña mezcla de poeta, político, periodista y conspirador, cualquier cuestionamiento queda subordinado a un tema mayor: ¿Cómo se construye una nación digna de la libertad? ¿Cómo se funda una república para que su vida no dependa de un hombre—de un héroe— sino de un pueblo bueno y noble? ¿Cómo emigrar y no arar en el mar?
De la Cuba Colonial a la patria libre y el hombre sincero
Lo imagino sentado frente a mí, sereno, atento, con esa mirada que parece venir de muy lejos. Aparece—no sé de dónde ni cómo-un hombre silente. Más bien escucha, como si cada pregunta tuviera detrás otra más profunda. Se me aproxima un hombre de contextura pequeña [1,65-1,70 m] delgado, frágil, pómulos marcados, mirada dulce—ojos grandes, oscuros y gachos— nariz larga y bigote prominente de paso tan elegante como su traje.
—¿Quería Ud. preguntarme algo? Me dice el hombre con acento entre castizo y habanero, de cálida y severa mirada, respirando el oleaje bucólico de Cojímar, célebre por la fascinación de Hemingway [El viejo y el Mar]
—¿Es Ud. José Martí?
— Al parecer-después de mucho tiempo y agite-, lo sigo siendo y sintiendo.
—¿Dónde estamos? ¿Cómo llegué aquí? Le pregunto con perplejidad.
—No se asuste. Ha llegado Ud. a una ciudad luminosa, mestiza y sensual, donde ese mar al fondo, las palmas y las piedras coloniales en sus pies, conviven con la pobreza pero la dignidad indomable de un pueblo mestizo. —Gente bella como la esperanza, regia como sus antepasados, luminosa aun con la patria herida.
—¿Que cómo llegó aquí? Pues eso sólo lo sabrá Dios y Ud, me dice con tono irreverente.
—¿Perdón?. Creí que era ateo-murmullo-pero Martí alcanza escucharme.
—No soy religioso pero sí espiritual y humanista, me responde frotando sus manos.
—Entonces Don José hablemos de Cuba y aprovechemos el milagro.
—Comprendo que no podía ser de otra manera Viera-Blanco.La providencia tiene sus cosas y los hombres nuestras misiones. Toca obedecer a Dios, a la patria y a la conciencia.
Martí nació en La Habana en 1853. Su padre, Mariano, era valenciano. Su madre Leonor, canaria. No nació en una familia de grandes riquezas ni en un ambiente destinado a producir héroes. Fue un muchacho como tantos otros. Pero Cuba era una colonia. Y aquella circunstancia terminó entrando en su vida antes que pudiera comprender lo que significaba.
A los dieciséis años [1.869] ya había sido encarcelado por sus ideas. Fue condenado a trabajos forzados bajo el dominio del Capitán General español Domingo Dulce. Aquella experiencia resultó esencial para moldear al hombre que después escribiría sobre la libertad con una intensidad proverbial.
—Ud. hablaba de la libertad de una manera distinta. ¿Era porque había conocido su ausencia?
—La libertad Orlando se comprende mejor cuando se ha vivido sin ella.
Martí no hablaba de la libertad como una abstracción. La había perdido. La había visto negada. La había conocido en la prisión antes de conocer la vida. Después vino el destierro. España. Madrid. Zaragoza. Su preparación académica fue primero en Derecho [La Habana], luego en Zaragoza donde estudió Filosofía, Letras, Derecho Civil y Canónico. Qué cosas, fue en tierra de colonos como aprendió zafarse de ellos. Su formación inicial [Colegio Jesuita San Pablo de La Habana] fue marcada por Rafael María de Mendive, su mentor.
Después de España [Martí] marcha a México, Guatemala, Venezuela y EEUU. Así se convirtió en un hombre de las Américas por donde viajó apasionadamente.
—Me interesa particularmente [como venezolano] por qué Venezuela aparece no como simple escala geográfica, sino como un lugar con ideas de una resonancia especial. ¿Qué encontró Ud. en Venezuela?
Martí parece sonreír, con ojos húmedos —A Bolívar, responde a secas.
Respiro profundamente frente al impactante atardecer de aquella virgen costa blanquecina bañada de un mar azul como pocos, de estela salvaje y espumante..
—Qué cree Ud. le hubiese aconsejado Bolívar.
—Me hubiese escuchado y respondido: “Yo luché por América, tendrá Ud. que luchar por Cuba. Las armas pueden abrir las puertas de una nación, pero solamente la educación, la justicia y la virtud pueden mantenerlas abiertas. “Olvídese de las revoluciones. Es arar en el mar. El país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada, para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles, de todos colores y razas. Y tendrá que emigrar".
—¿Usted lo cree? ¿Bolívar aró en el mar?
—Claro que no. Bolívar fundó una república antes que el pueblo estuviera preparado para sostenerla. Y es ahí [Viera-Blanco] donde me quito el sombrero de poeta y me pongo el de humanista: después de vencer con espadas, al pueblo le toca vencer la ignorancia, la pobreza y la ambición de los hombres, que nos divide.
—Entonces a Bolívar lo atrapó su ambición? ¿Escuelas en vez de cuarteles?
—No Orlando. A Bolívar lo atrapó la grandeza de América. Demasiado grande para un solo hombre, demasiado dividida para una sola voluntad. Demasiadas dificultades para un solo cuerpo.
—Si, agrega Martí con pasión y puño cerrado. -Escuelas como trincheras, moral y luces como pensamiento. Ahí reposa el verdadero ejército.
Cuando Martí llegó a Caracas [1881] encontró una ciudad que todavía vivía bajo la enorme sombra de Bolívar. Venezuela era gobernada por Antonio Guzmán Blanco, el “ilustre americano” e iracundo bolivariano […] Al anochecer—sin sacudirse el polvo del camino—no preguntó dónde comer o dormir, sino cómo llegar el monumento de Bolívar. Martí vio en Bolívar una tarea inconclusa. Por eso escribió aquella frase extraordinaria: “Así está Bolívar en el cielo de América, vigilante y ceñudo, sentado aún en la roca de crear, con el inca al lado y el haz de banderas a los pies.”
—Siempre me ha impresionado esa imagen—le digo. Por lo visto Ud. no coloca a Bolívar descansando sobre la gloria.
—No. Bolívar no descansa. No ha terminado de crear…afirma Martí con ojos llorosos como recuerda haber llorado cuando vio la estatua del libertador en Caracas.
La tarea es construir repúblicas sin imitación y sin conocimiento.
—¿Entonces Bolívar sigue siendo una tarea?
—Lo que él no dejó hecho, sin hacer está hasta hoy. Bolívar tiene que hacer en América todavía.
Una lectura de Bolívar particularmente importante para Venezuela. Porque Venezuela ha tenido muchas independencias, muchas constituciones, muchos gobiernos y promesas de refundación. Ha tenido riqueza extraordinaria y pobreza dolorosa. Ha conocido dictaduras y democracias. Ha conocido momentos de modernización y períodos de destrucción institucional. Pero la pregunta esencial continúa siendo la misma que Martí encontró al mirar a Bolívar:
—¿Qué hacemos con la libertad una vez conquistada? Martí guarda silencio.
—Hay que cambiar la relación entre gobernante y ciudadano. No basta con proclamar la independencia. Hay que aprender a gobernarse.
—¿Y cómo se aprende a gobernarse?, pregunto con ansiedad.
—Conociendo al pueblo amigo mío, responde [Martí] con calma, al rompe de las olas contra el malecón.
—Bolívar alguna vez le escribió al General Juan José Flores [Barranquilla Noviembre de 1830] pocos días antes de morir: “Mejor es una composición que mil batallas ganadas”. Y se lo escribió a quien se sospechaba, había participado en el asesinato de su Mariscal predilecto, Antonio José de Sucre y Alcalá, el Abel de Colombia. Por eso compongo y escribo, luego existo concluye Don José.
—¿Hay que enseñar al pueblo a leer antes que subirse un fusil?, le pregunto.
—Hay que enseñarle a declamar una poesía antes que oler la pólvora, responde como en prosa.
Para Martí el gobernante debía conocer a su pueblo, su historia, sus costumbres, sus diferencias, sus heridas y sus aspiraciones. La república debe ser una creación propia. No una imitación sin conocimiento. La única manera de sanar heridas, es conociendo sus raíces.
En Venezuela lo hemos ensayado todo. Hemos buscado fórmulas externas donde nuestra versión encontró primero el caudillismo, luego botas y sables, después un bipartidismo clientelar y finalmente una revolución de tiranuelos, donde la nación se hizo territorio vacío embriagado de corsarios y trepadores.
—Así no es posible echar raíces querido amigo. Para echar raíces necesita conocer el suelo...comer, beber, cantar y sudar con el pueblo, sentencia el poeta.
—Entonces, ¿qué necesita una república antes que nada?
—Hombres y mujeres capaces de sostenerla, educados.
—Explíquese.
—Cuando escribí La Edad de Oro, no estaba simplemente entreteniendo niños. Estaba formando ciudadanos futuros. Un niño—señor mío—es caldo virgen de la política. El niño debe aprender a pensar. Conocer el mundo. Comprender el valor de las dignidades para distinguir lo bueno de lo malo, sin rencor y sin odio.
—Y será libre de resentimientos.
—Será simplemente libre. Ser culto es el único modo de ser libre. La cultura abre todas las puertas Orlando. El carácter decide si se cruza. Y la ignorancia, oh la estulticia, encadena y clausura todas las ventanas.
—Un pueblo educado puede equivocarse políticamente-apunta con su dedo-pero conserva herramientas para reconocer el abuso del poder.
El literato y poeta, de donde crece la palma
Sus poemas tenían una dimensión política sin dejar de ser poemas. Su periodismo podía convertirse en literatura, y su literatura regresaba siempre a la preocupación por el hombre. En Versos sencillos escribió: “Yo soy un hombre sincero de donde crece la palma…”
—¿Por qué la sinceridad era tan importante para Ud?
—Porque el hombre público no puede vivir separado de lo que dice y lo que hace.
—La palabra “sincero” -agrega Marti viendo la caída del sol Habanero—parece sencilla, pero adquiere un significado político. La sinceridad es una forma de responsabilidad. La sinceridad que es seriedad en la política, compostura que inspira a los jóvenes a permanecer y luchar por la patria.
A Martí no es sencillo convertirlo en propiedad exclusiva de una ideología. Martí es demasiado complejo para eso. Su idea de la patria estaba subordinada a la dignidad del hombre libre, sincero y serio.
—¿Y Cuba? —le pregunto—¿Qué era Cuba para Ud?
—Una Cuba libre de España pero también una Cuba capaz de preservar su soberanía frente a cualquier potencia. Admiro nuestra cercanía a EEUU, geográfica e intelectualmente. Su energía, su capacidad de organización, su trabajo y sus raíces democráticas.
—¿No ve ningún peligro?, le pregunto viendo al norte.
—Una potencia de semejante magnitud es mejor tenerla como amiga que como amenaza, responde de espalda viendo al sur.
—¿Entonces la independencia no terminaba con la salida de España?
—La independencia no puede consistir en cambiar de dueño.
Estas frases—aunque imaginarias—resumen su pensamiento. Quizás por eso resulta particularmente pertinente cuando uno observa a Cuba y Venezuela. Son dos países distintos, con historias diferentes, pero unidos por una misma tragedia latinoamericana: la distancia entre la grandeza de sus pueblos y la calidad del poder que en distintos momentos han ejercido sobre ellos, propios y extraños.
Que jamás el poder humille al hombre.
El gentilicio cubano y el venezolano merecen algo más que monumentos, consignas y ceremonias. Merecen instituciones. Merecen libertad. Merecen justicia. Merecen un poder que entienda que gobernar no significa poseer.
—¿La expresión “poder noble” le resulta antigua, idealista? Martí se detiene y llevando su mano a mi brazo responde, pausadamente.
—No confunda jamás carácter con magnanimidad. Gobernar significa servir a una comunidad humana que por humana Viera-Blanco, demanda orden pero también comprensión y compasión. Ya le leía a Ud. su caminata con Don Andrés Bello, ese sabio y también poeta Venezolano [¿Cómo lo había leído?]. Y advierte:
—No olvide que la providencia no sólo a Ud. le acompaña. También a otros nos da luz y cobijo. Y cuando se trata de evitar la lógica del odio, es un deber de los “mortales” elevar el espíritu.
Ante esa regia sentencia me viene a mi cabeza esa otra imagen de Versos sencillos: “Cultivo una rosa blanca…” La rosa blanca no significa olvidar la injusticia. Significa que la libertad no puede edificarse únicamente sobre el resentimiento. La reconciliación es memoria. No puede borrar a las víctimas. La justicia no es venganza. Es reconstrucción sin una nueva persecución.
Martí murió demasiado joven para conocer el destino completo de Cuba. Tenía 42 años cuando cayó en Dos Ríos, el 19 de mayo de 1895. Había regresado a Cuba porque había llegado el momento de acompañar con el cuerpo lo que durante años había defendido con la palabra. Había contribuido a organizar el Partido Revolucionario Cubano, pero antes hizo de su vida un puente entre la poesía y la política.
Morir para que la patria no olvide que fue libre.
—¿Sabía que podía morir?, pregunto con tono confeso de desenfado.
—Nadie conoce su último día, me responde con firmeza. Y agrega mirando al cielo ahora pleno de estrellas y estelas: —Los muertos, misterioso amigo viajero del tiempo, puedan regresar y rehacer la historia siempre que sus ideas continúen planteando más preguntas que respuestas. Y agrega:
—La nación Orlando—por cierto—no pertenece al vencedor, pertenece también al disidente, al que protesta, al que emigra y sueña con regresar; al que pregunta sin creerse dueño de la verdad.
—La nación-le interrumpo-también pertenece al que nació después de la tragedia.
Mirándome por segundos en silencio a luna llena—si acaso la luna de Fausto—quebrada, rojiza, entre alegrías y alegorías, me comenta con voz cascada:
—Un venezolano puede mirar a Bolívar y preguntarse cuánto queda de aquel sueño. Un cubano puede mirarme y preguntarse cuánto queda de la libertad que soñé. Y cuando se lo pregunten sabrán que la respuesta no está en el pasado. Está en lo que todavía pueden hacer los vivos.
—¿Qué les queda a los vivos por hacer?
Martí vuelve los ojos hacia mí. —Lo mismo que quedó pendiente cuando Bolívar murió.
—¿Y qué es eso?
—Componer y evitar batallas…
—Soy un hombre sincero señor mío, me dice con tono de despedida, reverencia, alejando e inclinando el torso. —De donde crece la palma, de verso verde claro y un carmín encendido, que cuando muera, sin patria pero sin amo, pido tener en mi alma, un arpa y una rosa blanca…
Ahí termina nuestra conversación. Adiós Martí. Tu cuerpo quedó en Dos Ríos, pero tu palabra echó raíces en la América grande, tan inmensa como el camino que abonasteis con sudor y prosa, a su dignidad que su libertad.
Y amaneció. Estaba en Caracas junto a la estatua de Bolívar. Levanté la mirada hacia la figura a caballo, con el inca al lado y el haz de banderas a los pies.
Comprendí que la roca de la creación seguía allí, como la tarea por hacer...Y para ser redimido por Dios y la historia, pedí que al morir ocurra, en una patria libre—sin yugo y sin amo—debajo de un araguaney en flor, una rosa blanca en el alma y un haz tricolor en mi pecho.
*Abogado. Ex Embajador en Canadá
@ovierablanco vierablanco@gmail.com
NULL
