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Cortar la piel

Al comienzo de mi embarazo la sola idea de estar abierta de piernas frente a muchas personas y sufrir en público me daba demasiado pudor

Cuando el doctor me dijo que me haría cesárea me quedé en shock. No estaba preparada para eso. Estaba preparada para pujar y pujar hasta que mis entrañas explotaran y ver salir a mi hija de ese modo. Al comienzo de mi embarazo la sola idea de estar abierta de piernas frente a muchas personas y sufrir en público me daba demasiado pudor. Era esta otra cosa religiosa o moral que muchas veces te insertan los grandes (aunque no quieras) cuando eres una niña.
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Fueron pasando los meses y fui entendiendo lo que era estar embarazada. De pronto no me provocaba tomar ni fumar nada. Me dormía todo el tiempo y en cualquier postura. Me daban náuseas y vomitaba todo, incluso lo que todavía no había comido. Comencé a sentirme embarazada los primeros meses, cuando sentía dolores en la parte baja de mi espalda y me decía, le decía al bebé en realidad, manténte, sé fuerte, lo vamos a lograr. De pronto esa cosita redonda que latía a mil por hora iba tomando forma, iba pidiendo cosas como papa a la huancaína o tomate fresco (sin aliño, por favor, así, crudo, dámelo ya). O vamos al cine y veamos un película, pero qué tal si no vemos la película y salimos comiendo un hot dog con mucha mayonesa, mostaza y ketchup. Fue entonces cuando entendí que había una vida dentro de mí. n

Fueron pasando los meses y de pronto un día me animé a pujar hasta morir si ese era el caso. Sentí con claridad que eso era lo mejor para el bebé y para mí. nPero luego, en la sala de partos, con cuatro o cinco centímetros de dilatación, el doctor me inyectaba algo que decía que me ayudaría a dilatar más, pero que si en diez minutos no había llegado a nueve o diez centímetros, iban a hacerme una cesárea. Me dijo que el bebé no la estaba pasando bien, que quería salir y no podía, que mi conducto uterino era muy estrecho, que no había dilatado como esperábamos. n

Entonces me pusieron una mascarilla de oxígeno para darle oxígeno al bebé. Recuerdo todo esto como si fuera ayer. Él estaba a mi lado, tenía mi celular en la mano, estábamos mal dormidos, porque nos habíamos ido a la cama a las tres de la mañana y yo desperté como a las cinco sintiendo que las costillas me explotaban y la barriga endureciéndose cada tanto. Cuando me paré para ir al baño (ahora recuerdo lo molesto que era despertar varias veces en la noche para ir al baño), vi un hilillo de sangre en mi ropa interior y luego cuando volví a echarme en la cama, conté mis contracciones: u201csi son más de cinco en un minuto, estás lista u201d, me había dicho el doctor. Las conté. Estaba todo muy claro.

Era hora. n

Lo desperté, se lo dije, creo que estaba asustado, inseguro de que ya fuera el momento. Cuando llegamos a la clínica ya tenía dos centímetros de dilatación. Qué rara es la palabra dilatación. La escribo y siento que soy otra persona.
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El tema es que llegamos y dos horas después el doctor me dice que me va a cortar la panza y yo no quiero que me la corte. Me dice que no me va a quedar marca, pero no le creo. Me dice que lo hará por debajo de donde uso el bikini. Luego añade que ya no debo usar bikini ahora que soy una mujer casada. Me río sin ganas, debajo de la mascarilla de oxígeno. Confío en ese doctor porque es como paternal conmigo, y con mi esposo también en cierta manera. Lo toma por el hombro, lo mira a los ojos y le dice vamos a que conozcas a tu hija. n

Entonces me llevaron a una sala en la que recuerdo que comencé a temblar y aguantar el llanto por la emoción de verla. Pusieron una sábana celeste delante de mí, de manera que no viera nada. Él sí se llevó la peor parte cuando el doctor le dijo u201cJaime, mira u201d y él miró y solo vio una piscina de sangre que abarcaba todo mi estómago y según me dijo después pensó u201cqué le han hecho u201d y entonces vio como de esa piscina de sangre salía el cuerpo de un bebé que era nuestra hija. Me pusieron a mi hija en el pecho y la miré y una lágrima me recorrió la mejilla y luego no recuerdo más. Creo que colapsé. nEl doctor dijo que es porque tuve un pico de estrés. Solo estaba muy cansada. Desperté y tengo vagos recuerdos. Recuerdo varios rostros: el de mis padres, muy ilusionados, y particularmente el de su madre. Recuerdo haberle dicho, balbuceando: gracias por estar acá. No recuerdo más, luego recuerdo despertar en el cuarto del hospital, sola. Recuerdo haber pensado: mi hija, donde está mi hija. Recuerdo haber hecho a un lado la sábana y haber visto muchos tubos conectados a mí. Recuerdo haber tratado de ponerme de pie. Fue como si caminara por primera vez. Un paso. Otro paso. Mi mano aferrada al metal que sostenía mis líquidos y venas. Recuerdo haber llamado a la enfermera y decir: tráiganla, ahora. nDespués de haberla visto y tenerla a mi lado, después de saber que él estaba ahí, hablando con los doctores para que me dejaran ir a casa antes de tiempo, después de sentir que todo estaba bien, recuerdo haber notado un catéter saliendo de mí y haber pensado en qué momento metieron esto y cómo saldrá de mí.
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El doctor me dio de alta diciendo que me había cocido u201cpor dentro u201d con un hilo que con los días se desvanecería, y prometiendo que no tendría una marca. Me dijo que no tuviera relaciones sexuales por seis semanas y que comenzara a usar el anticonceptivo apenas tuviera mi primer periodo. n

Pasaron los días y la cicatriz no se borró, sigue ahí, muy presente, tanto que lo que me fluye cuando me desnudo es esconderla. No como algo que me incomoda, sino como algo que es tan mío que nadie nunca debe mirar.
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