La llamada telefónica entre Donald Trump y la presidenta taiwanesa, Tsai- Ing, revela mucho de lo que será el estilo del presidente electo, a la hora de definir su política exterior.
¿Crisis y oportunidad en China para Trump?
Aunque las prioridades de Trump en el área internacional siguen siendo todavía un misterio, desechar casi cuatro décadas de delicada diplomacia, entre Estados Unidos y China por el tema de Taiwán, indica que no quiere estar atado a condiciones ni acuerdos previos y que por el contrario buscará ponerle la lupa a todo, augura que los primeros 100 días de su gobierno serán impredecibles.
¿Será esto bueno o malo para el resto del mundo?
Obviamente, todo dependerá de cómo piensa construir sus relaciones o romper lazos tradicionales con líderes mundiales, pero por lo pronto, a juzgar por sus recientes acciones, estará buscando reacomodar fuerzas con China.
Como era de esperar, Beijing expresó una queja formal sobre la conversación entre Trump y la presidenta de Taiwán, lo que obligó a la Casa Blanca a tratar de aplacar apresuradamente los ánimos chinos. Sin embargo, cualquier declaración que salga de la administración Obama es inútil porque Trump estará a cargo del Gobierno a partir del 20 de enero, y si algo ha dejado en claro es que no cree en la continuidad de las políticas de otros.
¿Qué puede haber detrás de esa iniciativa?
Es posible que el presidente electo, influenciado por sus instintos, luego de que Estados Unidos, como él mismo ha dicho, le vende miles de millones de dólares en armas a Taiwán, se habrá preguntado ¿por qué no atender la llamada telefónica de la presidenta taiwanesa y mandar un mensaje a China?
Por lo pronto, es indudable que las capacidades diplomáticas del eminente Dr. Henry Kissinger entraron en escena, avaladas en esa experiencia histórica que permitió a Richard Nixon ser el primer presidente de los Estados Unidos en visitar China, en 1972, luego de varias décadas de aislamiento, producto de la revolución comunista de 1949.
Es difícil creer que Kissinger, con sus 93 años de edad brillantemente administrados y promotor de la política del “detente”, o período de distensión, para bajar el perfil internacional de Estados Unidos por la guerra de Vietnam, no hubiera advertido a Trump que una llamada telefónica con Taiwán no agradaría a Beijing, y si así fue ¿tal vez Trump sonrió con agrado ante esa posibilidad?
En todo caso, sus amenazas de hacerle una guerra comercial a China imponiendo fuertes aranceles a sus productos, han preocupado al presidente chino XI Jinping.
Y así como Irán ya se está preparando para el peor escenario, ante la posibilidad de que un Trump presidente abandone el acuerdo nuclear, seguramente China tampoco se quedará tranquila ante la provocación del presidente electo estadounidense.
Cuando Nixon comenzó a cortejar a China en 1969, lo hizo con la mente puesta en lograr una alianza táctica para contener a la antigua Unión Soviética y asegurar un equilibrio global, en el que ninguna nación fuese dominante, pero con la prerrogativa de alinearse en contra de las pretensiones de los más agresivos.
La estrategia de Trump podría ir a la inversa: atraer a Rusia para contener el creciente poderío e influencia de China en el mundo, pero no se puede olvidar que Putin es un jugador global experimentado que podría abandonar a Trump a su suerte, si percibe que éste lo quiere vencer en su propio juego.
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