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De los aciagos días del Mariel

Aprendí también que algunos de mis vecinos eran auténticos diablos. Aprendí, en fin, que mucha gente es de un material maleable y que albergamos los más bajos instintos

"Por negativa del gobierno peruano a entregar a los delincuentes que provocaron la muerte del guardia Pedro Ortiz, el gobierno cubano se reserva el derecho de retirar la custodia de la embajada: por lo tanto, dicha sede queda abierta para todo aquel que quiera salir del país". n

Esta fue la nota oficial en el periódico Granma que abrió la caja de Pandora, en Cuba, en abril de 1980. n

Pedro Ortiz fue el custodio que murió intentando detener a un autobús con 12 refugiados que entraron violentamente en la embajada peruana. El embajador se negó a entregarlos a las autoridades cubanas. Fidel Castro reaccionó con soberbia y en tres días, más de 10.000 cubanos se amontonaron, literalmente, en la residencia diplomática: colgaban de las matas, de las rejas de las ventanas; las imágenes dantescas pusieron en evidencia que miles de personas preferían aquel infierno transitorio, a seguir viviendo en el paraíso revolucionario. n

Pero la caja de Pandora estalló cuando el Gobierno, con su impecabilidad para u201cconvertir el revés en victoria u201d, empezó a reaccionar y a implementar las estrategias más inimaginables. n

El primero de los dislates gubernamentales que recuerdo: calificar de u201cescoria u201d a todo aquel que entró a la embajada, a todo aquel que aprovecho la situación para escapar de Cuba. n

La u201cescoria u201d iba a inscribirse en la lista de futuros exiliados haciéndose pasar por homosexuales o falsificando antecedentes penales. Lo que fuera con tal de escapar. n

En las cárceles los delincuentes también se dividieron en u201ccompañeros u201d (que preferían purgar sus penas en una cárcel nacional) y en u201cescoria u201d, que preferían acogerse a ese indulto sorprendente que los pondría en la Yuma. n

Inmediatamente se organizaron los"actos de repudio u201d. Para todo el que fuera a solicitar su salida del país, era obligatorio declararlo -abierta y formalmente- en sus centros de trabajo o estudio. Todo el plantel estaba avisado y en formación, esperando al que iba a pedir la baja. Recuerdo vívidamente un episodio en el Instituto Superior de Relaciones Internacionales (ISRI): un único estudiante entró al centro con su madre. A ella, a la madre, a la mujer indefensa, otro estudiante, u201crevolucionario u201d le dio un golpe tremendo en la cara. Madre e hijo empezaron a correr frente a ese grupo, que se vandalizó de repente y se lanzó a perseguirlos como para lincharlos. Nadie, ni carro ni autobús, quiso parar a ayudarlos. Lograron colarse en otra residencia de embajada hasta donde los siguió aquella turba enloquecida. Eran mis compañeros de estudio u2026 No sé cómo no los mataron. n

Otro día vi pasar una mujer a la que la habían encartonado: !Escoria!, rezaba el escrito en el cartón. Una multitud blanquecina, polvorienta, la seguía por la calle gritándole y tirándole cosas. Eran funcionarios de la Universidad de La Habana, salidos como zombies de sus penumbrosas oficinas. n

Vimos cosas terribles, pero entre las más ensañadas y crueles estuvo el repudio a Carlos Berenguer, que se institucionalizó. Se corrió la voz y todo el que tenía alguna mala palabra atravesada en la entraña venia a soltarla frente al edificio de Carlos, en la avenida 26, para que lo oyeran su mujer y sus hijos. A cualquier hora. Así fueran las tres de la madrugada. Con el repudio a Carlos Berenguer aprendí palabras que no sabía que existían en el vocabulario. Aprendí también que algunos de mis vecinos eran auténticos diablos. n

Aprendí, en fin, que mucha gente es de un material maleable y que albergamos los más bajos instintos. n

Fue una época desoladora, donde lo poco que había podido levantar de fe en aquel medio adverso y pervertido, se iba calcificando en el alma cada vez que veías lo que algunos seres humanos eran capaces de sentir, o de hacer a otros. n

El siguiente paso fue sacar a la u201cescoria u201d del país. Y como mismo se apela a los bajos instintos, se puede hacer un llamado a lo contrario: el exilio se volcó en el rescate y algunas familias tuvieron que hacer varios viajes para poder, finalmente, sacar de la isla a sus familiares. n

Así fue como Jimmy Carter, quien tan benévolo había sido con el régimen de La Habana, tuvo que endosar una derrota diplomática con la llegada de más de 125.000 cubanos, una masa humana en la que se mezclaron desde la decencia máxima hasta la peligrosidad criminal más alta. n

El Mariel no cuenta, entre algunos historiadores, como una de las causas de su derrota ante Ronald Reagan. Aquel a quien Fidel Castro apodó u201cEl Manisero u201d, visitó Cuba muchos años después con una amplia sonrisa. nEs usual que yo no entienda nada u2026 n

En todo caso, aquellos días aciagos en la isla, trajeron libertad y progreso para muchísimos cubanos. Mi saludo desde estas páginas a los que abrieron el camino a tantos otros desde el abarrotado jardín de una embajada.
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