Durante la jornada del 8 de diciembre de 1980 John Lennon J consiguió estar tendido y desnudo ante las miradas de personas ajenas en dos oportunidades.
De un cubano y Salinger como testigos en el asesinato de Lennon
Vivencias que toman forma de relatos y conllevan a la reflexión
Fueron dos veces en el mismo día, dos instantes con una diferencia de cinco horas entre ellas:
La primera oportunidad, casi al mediodía, por culpa de Leibovitz; la fotógrafa, que antes de accionar el obturador exigió escondiera sus intimidades para lograr un artístico sugerido.
La segunda vez, por el pecado del deleznable Chapman, quien había conseguido acertar cuatro de las cinco balas disparadas con el 38 especial; de cañón corto, que había manipulado con ambas manos, aquella fatídica noche de la que ahora se cumplen cuarenta y cinco años.
El primer desnudo quedó para la historia, Lennon en posición fetal sobre la cama, abrazando a Yoko, ella también acostada pero vestida. Fue publicado en la portada de la edición especial de la revista Rolling Stone tras el asesinato.
A Leibovitz le cambiaron el proyecto tres veces, primero era Lennon el que se desnudaría, luego el músico exigió que Yoko participara o no había foto, y finalmente Yoko decidió que esta vez no se sacaba la ropa, aunque sí accedió a extender su largo cabello asiático sobre la cama.
Del segundo desnudo solo se conserva la transcripción del recuerdo de los testigos, (policías y recepcionista). Fueron admirablemente gráficos al describirlo en corte: Lennon agonizando, tendido en el piso de la arcada del edificio Dakota, a donde alcanzó a llegar en fuga con su última frase: “¡me han disparado!”.
Con las manos escenificaban para el jurado cómo desgarraban las camisetas del músico para intentar frenar el sangrado de su desnudez y hasta improvisar unos torniquetes.
Así, casi encueros y empapado en su propia sangre, lo sacaron en hombros a la fría noche neoyorkina hasta el auto policial en que lo llevaron al Hospital.
En la arcada quedaron girones de ropa, los lentes circulares y cuatro casetes de sonido que se cayeron de sus manos tras los disparos. “Mucha sangre sobre las baldosas, imposible sobrevivir a tanta pérdida” decían entre desconsuelo y justificación.
Pero mientras en el lobby se intentaba salvar al más Beatle del grupo, (esto según McCartney), en la entrada del vetusto y elegante edificio se dirimía otra crisis en la que el protagonista era nada menos que un cubano: José Joaquín Sanjenis Perdomo, el portero a cargo del espacio entre la pequeña verja y la puerta:
El guardián abandonó su cabina contra el frio y encaró al asesino, “¿sabes lo que has hecho?” le gritó mientras le arrebataba el arma a un Chapman catatónico, que quieto y mirando hacia el remolino alrededor de su víctima, le contestó al cubano, “sí, lo sé, le disparé a John Lennon”.
El arma no ofrecía ningún peligro, descargada completamente y sin la menor intención de volverse a utilizar. Pero José Joaquín no lo sabía, así que el cubano fue temerario y aprovechó su experiencia como viejo hombre de acción: de un golpe realizó el arrebato eficiente, luego lanzó el revolver al suelo y lo pateó lejos. De inmediato decidió controlar al asesino, quien se dejó acorralar mientras de sus bolsillos sacaba el libro “El guardián en el centeno”, rebuscando con urgencia algo en sus páginas hasta que llegó la policía.
Los agentes dudaban de que Chapman, “ese tonto que lee”, fuera el asesino, aquí el cubano se convierte en pieza clave, “lleva todo el día merodeando, además lo vi disparar”.
Esposado y sin el libro de Salinger, el asesino pudo contemplar desde la estrecha cabina del auto donde lo retenían, como sacaban a Lennon, ensangrentado, en una inútil carrera por alcanzar el quirófano.
En La Habana lo supimos al otro día, resulta que el más gusano del aula, un trigueño, bajito, de apellido Artiles, aterrizó con la noticia y hasta con algunos detalles de lo sucedido.
Con el paso de los días se hizo rutina llegar al preuniversitario del Vedado buscando directamente a Artiles para escuchar lo nuevo. Nunca supimos de donde se informaba, pero “la traía buena” como decía Tito, otro del aula que hoy también vive aquí en Miami.
Por Artiles supimos del conserje que encontró el disco de Lennon autografiado para el asesino y que este abandonó en una jardinera del edificio. O el pedido de Yoko en el hospital para demorar la noticia en los medios hasta que llegara a casa y apagara el televisor, que de seguro la nana de su hijo estaría mirando. O que Lennon había vuelto solamente para darle un beso a su hijito antes de ir a cenar y que eso le costó la vida.
Lo imperdonable con Artiles fue que no se enterara de la presencia de José Joaquín, que le pasara por las narices la noticia de que había un cubano involucrado en la trama final de nuestro Lennon.
Mucho más reprochable cuando no era cualquier cubano, no… la personalidad de José Joaquín era tan especial que desató todo un contenedor de teorías de conspiración:
Resulta que el hombre era un veterano agente de la CIA que había escapado de Cuba en 1959 por ser policía de Batista. En el exilio fue miembro de la brigada 2506 y estuvo involucrado en la operación 40.
Para la CIA era el hombre que elaboró la lista de los emigrantes útiles.
Sus diez años de carrera en la central de inteligencia terminaron con el escándalo de Watergate y sus vínculos con Frank Sturgis, uno de los cuatro que acabó en la cárcel por disfrazarse de plomero. Al cubano también se le asocia en la supuesta conspiración para matar al presidente Kennedy.
Otro embrollo es que el propio Sturgis le informó a la familia de José Joaquín que este había fallecido por causas naturales en 1974, y seis años después el tipo revive en el asesinato de Lennon.
Los siempre dispuestos a ver historias ocultas se cuestionaban la casualidad:
¿Un hombre con este historial portero del edificio? y nada menos que en la noche del asesinato.
O, que coincidente que su eficiencia entrara en acción solo después de los cinco disparos: cuatro contra el cuerpo de Lennon, el quinto incrustado en una lámpara.
A nuestro grupo le intrigaba la pasión del asesino por “El guardián en el centeno”. Debo confesar que gracias a ese raro camino llegué a Salinger, mucho más convencido de la necesidad de leerlo cuando, setenta días después de la muerte de Lennon, un loco le disparó al presidente Ronald Reagan para impresionar a la actriz Jodie Foster, y en la investigación confesara que también era fanático del libro y de la preocupación por el destino invernal de los patos de Central Park.
Ahora se me antoja que José Joaquín era el polémico guardián de la obra de Salinger, me parece verlo hasta con la gorra con orejeras de cazador de Holden Caulfield, cuidando el trigal donde terminaría muriendo aquel que gritaba a los cuatro vientos que lo único que necesitábamos era amor.
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