sábado 21  de  febrero 2026
OPINIÓN

El espejismo del dragón: la trampa tecnológica de China

Un análisis preciso para contar las cosas como son

Por Mookie Tenembaum

Cuando el mando del Comando de Ataque Global de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos declaró que China “todavía no está ahí” en referencia a su bombardero furtivo H-20, y que dicha plataforma no se acerca a las capacidades estadounidenses, sus palabras fueron interpretadas por muchos analistas superficiales como una simple bravuconada militar o una subestimación del adversario. Sin embargo, es una descripción técnica de la realidad.

La confianza del mando militar estadounidense no nace de la arrogancia. Nace de una certeza técnica que no admite matices, y es la supremacía en el campo de la inteligencia artificial (IA) y los semiconductores avanzados no es una ventaja relativa de Estados Unidos sobre China, sino que es un abismo.

Washington sabe algo que Pekín intenta ocultar desesperadamente, en la guerra del siglo XXI, el fuselaje es secundario; lo que determina la victoria es el “cerebro” digital de la máquina. Y en ese terreno, China no tiene nada porque no tiene los chips. Además, carece de las máquinas para fabricarlos y del conocimiento para diseñarlos. Entre tanto, le falta el sistema científico para desarrollarlos.

La realidad detrás de la confianza estadounidense

La tranquilidad que proyecta el mando militar estadounidense se basa en hechos, no en opiniones. Estados Unidos posee hoy el monopolio del diseño y la implementación de la IA generativa y operativa de vanguardia. Esta tecnología no es un software que se pueda descargar o robar. Es un ecosistema que depende de una infraestructura física, demandando chips de última generación que China no posee y no puede fabricar.

La litografía ultravioleta extrema, o EUV por su sigla en inglés, es el proceso necesario para producir semiconductores de vanguardia y depende de máquinas fabricadas exclusivamente por ASML en los Países Bajos. Cada una de esas máquinas contiene más de 100.000 componentes provenientes de cadenas de suministro que involucran a decenas de países occidentales. China no tiene acceso a esas máquinas y lleva años intentando copiarlas sin éxito.

Lo que sí tiene China son máquinas de litografía ultravioleta profunda, o DUV por su sigla en inglés, una tecnología de generación anterior. Con ellas, SMIC ensayó la producción de un chip de 7 nanómetros para Huawei, el Kirin 9000s, mediante una técnica de multipatterning. El resultado fue un chip producido con rendimientos inaceptables, a un costo prohibitivo y que no puede fabricarse en escala. No fue una demostración de capacidad industrial sino de desesperación. Y ahora, las restricciones holandesas cortan incluso el servicio y mantenimiento de esas máquinas DUV. Así, China pierde la capacidad de mantener lo poco que tiene.

El bombardero H-20 chino tiene una apariencia externa similar al B-21 Raider estadounidense. Vuela y transporta munición, pero sin los semiconductores avanzados necesarios para procesar datos en tiempo real, fusionar sensores y tomar decisiones autónomas en milisegundos, esa aeronave es una cáscara con alas. La IA que China implementa en sus sistemas militares es tecnología derivada, copiada y adaptada de modelos occidentales anteriores, sobre hardware ineficiente o de contrabando. Es imitación y tiene un techo que el país ya alcanzó.

El mando militar estadounidense puede permitirse el lujo de comunicar la verdad, y publicar que China “no está ahí”, porque sabe que la paridad tecnológica en este campo no se logra con decretos del Partido, con espionaje industrial ni con subsidios estatales. Se logra con una base de conocimiento y una capacidad de manufactura de silicio cuyo perfeccionamiento le demandó décadas a Occidente y que ahora está blindada por controles de exportación que funcionan.

El problema de fondo: un sistema que no puede innovar

Hay una razón estructural por la cual China no puede resolver este problema con dinero, porque su sistema político es incompatible con la innovación de frontera.

La ciencia de vanguardia, es decir la que produce avances en litografía, en arquitectura de chips y modelos de IA, requiere un entorno donde el científico pueda equivocarse, contradecir la teoría dominante, publicar resultados incómodos y desafiar a sus superiores sin consecuencias personales. Sin esto, no hay ciencia; hay burocracia con batas de laboratorio.

China no tiene ese entorno y no lo puede poseer mientras el Partido Comunista controle cada institución. Un investigador chino que produce un resultado que contradice la narrativa oficial arriesga su carrera, su libertad y la seguridad de su familia. En esas condiciones, la ciencia no avanza; se estanca en la repetición segura de lo ya conocido. Se copia lo que funciona, se presenta como propio y se reza para que nadie pregunte demasiado.

Este no es un problema que se resuelva con presupuesto, sino civilizacional

Estados Unidos, Europa, Japón, Corea del Sur y Taiwán, o sea, las naciones que dominan la cadena de semiconductores comparten un rasgo común porque son sistemas donde la disidencia intelectual es el motor de la innovación. China tiene el rasgo opuesto. Y por eso copia, roba, engaña y miente como el resultado directo de un sistema que castiga la originalidad y premia la obediencia.

La cultura de la copia le sirvió a China para la industrialización básica. Le permitió la fabricación de electrodomésticos, la construcción de infraestructura y el ensamblaje de teléfonos. Pero en la frontera de la innovación tecnológica abstracta, donde se diseñan chips de 3 nanómetros y se entrenan modelos de lenguaje con billones de parámetros, la copia es inservible. Porque no se puede copiar lo que no se entiende, y China no comprende estos procesos al nivel necesario para replicarlos.

En la segunda parte: cómo la trampa tecnológica se convierte en desangramiento económico, el mensaje estratégico para los aliados del Indo-Pacífico, y por qué el destino de China repite, con consecuencias peores, el colapso soviético.

Un mensaje de certeza para los aliados del Pacífico

Las declaraciones del mando militar estadounidense tienen un destinatario geopolítico claro más allá de Pekín, son los aliados estratégicos de Washington en el Indo-Pacífico. Japón, Corea del Sur, Australia, Singapur e Indonesia observan con inquietud la expansión militar china. La narrativa de una China imparable tentará a estas naciones a buscar acomodos diplomáticos con Pekín o, en un escenario más desestabilizador, a iniciar sus propias carreras armamentistas nucleares.

Al exponer sin ambigüedades las limitaciones tecnológicas de China, Estados Unidos envía un mensaje que no es de tranquilidad sino de certeza, y es que el paraguas de seguridad estadounidense es impenetrable porque se sustenta en una superioridad tecnológica que China no puede igualar. Washington le dice a Tokio, Seúl, Canberra, Singapur y Yakarta que la superioridad militar de Estados Unidos no es una reliquia del pasado sino una realidad que se fortalece cada día.

Los aliados deben entender un hecho simple, aunque China aumente el número de sus barcos y aviones, la inteligencia que los opera es inferior. Y esa inferioridad es estructural. No se va a cerrar en cinco años, ni en diez, ni en veinte. Se va a ampliar, porque Estados Unidos acelera mientras China pedalea en el vacío.

La trampa de “Star Wars” 2.0: pero esta vez es real

La situación actual evoca inevitablemente el final de la Guerra Fría. En la década de 1980, la administración de Ronald Reagan anunció la Iniciativa de Defensa Estratégica, conocida popularmente como “Star Wars”. La Unión Soviética, temiendo quedar indefensa ante un escudo espacial estadounidense, volcó recursos que no tenía en un intento desesperado por competir contra una tecnología que, en aquel momento, era en gran parte aspiracional. Ese esfuerzo económico contribuyó decisivamente al colapso soviético.

Hoy, China se enfrenta a una versión moderna de esa misma trampa, pero con una diferencia que la hace infinitamente más letal. Ya que mientras el “Star Wars” de Reagan era un farol, la dominación de la inteligencia artificial (IA) y los semiconductores por parte de Estados Unidos es una realidad operativa. Las cartas están sobre la mesa y China las puede ver, y sabe que no tiene mano, sin embargo, sigue apostando.

China invierte sumas astronómicas de dinero en fundiciones de chips que no pueden alcanzar los nodos de vanguardia porque no tienen las máquinas. Gasta miles de millones en entrenar modelos de IA que siempre estarán una o dos generaciones por detrás de los estadounidenses. Y lo hace con rendimientos decrecientes porque cada dólar invertido por China produce menos resultado que el anterior, y el problema no es de escala sino de acceso a tecnología que no posee y no puede crear.

El desangramiento económico: no si, sino cuándo

La consecuencia de esta carrera es el agotamiento económico de China. Y esto no es una posibilidad sino una certeza.

Al igual que le sucedió a Moscú, Pekín se verá obligado a desviar recursos vitales de su economía civil, ya presionada por una crisis demográfica irreversible, un colapso inmobiliario sin precedentes y un desempleo juvenil que el gobierno ha dejado de publicar porque las cifras son vergonzosas, hacia un pozo sin fondo de investigación y desarrollo militar que no produce resultados.

La diferencia con la Unión Soviética es que China tiene más reservas y una economía más grande. Esto no cambia el destino; solo cambia el calendario. La URSS colapsó en una década. China tardará más, pueden ser cinco años, siete, quizás diez; pero la dinámica es idéntica y consiste en gastar sin posibilidad de equiparación del rival es insostenible para cualquier economía, sin importar su tamaño.

Cuanto más gaste China intentando alcanzar la paridad, más acelerará Estados Unidos su propia innovación, manteniendo la meta siempre fuera del alcance chino. Es una carrera asimétrica donde Estados Unidos gasta para avanzar y China gasta para no quedarse tan atrás, pero sin posibilidad de liderazgo. El resultado es un desangramiento financiero inevitable en el que China quemará sus reservas tratando de fabricar lo que no entiende, copiando lo que no puede replicar con la fidelidad necesaria y compitiendo en un juego cuyas reglas no escribió y cuyas herramientas no posee.

Un destino escrito

Desde una perspectiva racional, la estrategia óptima para China sería reconocer esta realidad, detener su expansión agresiva y buscar un acuerdo diplomático con Estados Unidos que garantice su estabilidad económica y comercial. Pero eso no va a ocurrir, porque la rigidez del sistema político chino y su narrativa nacionalista hacen imposible una retirada táctica. Admitir la inferioridad tecnológica sería aceptar el fracaso del modelo, y el Partido no puede sobrevivir a esa admisión.

En su lugar, China continuará por el camino de la obstinación, por lo tanto, gastará su capital político y económico en una carrera que no puede ganar. No porque le falte voluntad, sino porque le faltan las herramientas, el conocimiento, el sistema científico y, fundamentalmente, la libertad intelectual que hace posible la innovación de frontera.

La declaración del mando militar estadounidense no es una bravuconada. Es el primer aviso público de una realidad que se hará evidente para todos en los próximos años. China se fundirá en el intento de alcanzar una sombra tecnológica que, controlada desde Estados Unidos, se aleja cada vez más rápido. Estados Unidos mantendrá su hegemonía porque definió las reglas del juego tecnológico del siglo XXI, en un juego que China, estructuralmente, no puede ganar.

Las cosas como son

Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.

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