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OPINIÓN

EL 11J DEL 2021: el día en que el pueblo cubano fue su propio líder

El pueblo cubano se manifestó masivamente el 11 de julio de 2021, impulsado por la intolerancia a la escasez y la represión, descubriéndose como sujeto político sin líderes preestablecidos.

Por ZOÉ VALDÉS

El 11 de julio de 2021 no fue solamente una fecha de protesta en Cuba; fue una revelación de rebeldía nacional. Aquel día, miles de cubanos salieron a las calles de decenas de ciudades y pueblos para exigir lo que durante décadas se les había prohibido expresar en voz alta: Libertad. No salieron obedeciendo a un partido, ni a una organización clandestina, ni a una figura mesiánica enviada desde el exilio. Salieron porque la vida se les había vuelto intolerable, porque el hambre, la falta de medicinas, los apagones, la vigilancia, la mentira oficial, la humillación cotidiana, y sobre todo la falta de libertad, habían llegado a un punto de combustión. El 11J fue, sobre todo, el día en que el pueblo cubano se descubrió a sí mismo como sujeto político.

No hubo entonces un líder único. Y esa fue precisamente su grandeza. En las calles no mandaba nadie porque, por primera vez en mucho tiempo, mandaba la dignidad acumulada de todos. Carteles con la C40 (Constitución de 1940) y la consigna “Patria y Vida” -bueno debió de haber sido ‘Dios, Patria y Libertad, pero, reggaetón oblige- resumían un estado moral antes que una plataforma partidista: el derecho a vivir sin miedo, sin consignas impuestas, sin tener que agradecer al carcelero el pan escaso o la medicina ausente. Las imágenes de aquel día mostraron a un país que ya no aceptaba la condición de súbdito. Eran jóvenes, madres, trabajadores, artistas, vecinos de barrios pobres, ancianos, gente común que, al caminar junta, desmentía la propaganda del régimen según la cual la inconformidad era obra de mercenarios o de minorías manipuladas.

Human Rights Watch documentó que aquellas manifestaciones fueron las mayores protestas nacionales contra el gobierno cubano desde 1959 y que la respuesta oficial incluyó detenciones arbitrarias, malos tratos, procesos judiciales abusivos y censura. Hubo también asesinatos, que no contempló HRW. La represión no fue un exceso accidental, sino un mensaje: el Estado quería castigar a quienes se atrevieron a romper el hechizo del miedo y advertir al resto de la población que la desobediencia tendría un precio. Ese precio lo pagaron cientos de familias, muchos jóvenes condenados a largas penas, madres obligadas a convertirse en abogadas de sus hijos, y un país entero empujado otra vez al silencio administrado.

Pero el 11J también tuvo otra escena, menos heroica y más amarga: la del exterior mirando hacia Cuba con una mezcla de emoción, cálculo, impotencia y oportunismo. En Miami y otras ciudades, muchos cubanos pidieron auxilio, intervención humanitaria, presión internacional, alguna forma concreta de impedir que la dictadura aplastara a los manifestantes. En ese contexto, el senador cubanoamericano demócrata Bob Menéndez declaró con sorna que no habría intervención militar de Estados Unidos en Cuba, afirmando que ninguna administración, ni siquiera las más anticomunistas, había contemplado esa opción. Para algunos, aquella frase fue un golpe de realidad; para otros, fue la demolición de una esperanza desesperada. Para mí una ingratitud y un desprecio. Tal vez Menéndez fue simplemente realista. Tal vez dijo en público lo que Washington ya había decidido hacía décadas. Pero para quienes veían a sus compatriotas perseguidos en tiempo real, sonó como un portazo al coraje de tantos cubanos.

Hoy Bob Menéndez está encarcelado por causas delictivas que pertenecen a su propia historia judicial, no a la causa cubana. Esa caída no libera ni condena por sí sola al pueblo de Cuba, pero sí permite mirar con más crudeza la fragilidad de ciertos intermediarios políticos. Durante años, una parte del exilio depositó esperanzas en figuras, congresistas, voceros, comités, campañas y promesas que rara vez cambiaron la vida concreta de quienes seguían dentro de la isla. Mientras los políticos hablaban de respaldo, los presos seguían presos; mientras se pronunciaban comunicados, las madres seguían haciendo colas, buscando medicinas o esperando una llamada desde la prisión.

El drama posterior al 11J no fue solamente la represión del régimen. Fue también el intento, desde ciertos sectores del exilio y del activismo internacional, de apropiarse simbólicamente de aquel estallido. Al pueblo que salió sin jefes se le intentó fabricar una jefatura. A una protesta espontánea, plural, nacida del hambre y del hartazgo, se le quisieron poner caras oficiales, nombres autorizados, portavoces convenientes. De pronto, quienes no habían estado en la calle, quienes no habían recibido golpes ni respirado el miedo de una patrulla doblando la esquina, pretendían hablar en nombre de todos. El liderazgo popular fue escamoteado por una industria de representación que a veces confunde la causa de Cuba con su propia visibilidad.

Ese es uno de los grandes males de la política cubana contemporánea: la sustitución de la realidad por el espectáculo. El régimen inventa enemigos para justificar la represión; algunos en el exilio inventan liderazgos para justificar su protagonismo. Entre ambos extremos queda el cubano de a pie, el que protestó, el que fue preso, el que perdió el trabajo, el que no puede dormir porque sabe que cualquier madrugada pueden tocarle la puerta. En ocasiones, nadie ha ayudado más a la tiranía que ese exilio en tinieblas, perdido como el bolerista ciego Tejedor en la noche, “en tinieblas y sin ninguna orientación”, sin orientación moral ni sentido de proporción, más preocupado por administrar símbolos que por escuchar a quienes padecen la dictadura de cuerpo entero.

El caso de Miguel Díaz Bauzá debería bastar para avergonzar a muchos. Preso político cubano de edad avanzada, 80 años, con décadas de cárcel a cuestas (44 años) y padecimientos de salud, Bauzá representa una resistencia que no cabe fácilmente en los moldes de la propaganda cómoda. No es una creación de una campaña electoral norteamericana, ni de una moda universitaria, ni de una consigna importada. Es un hombre concreto, con nombre, enfermedad, familia, años perdidos y una vida consumida en el castigo político. Sin embargo, su caso rara vez ocupa el centro de las grandes conversaciones. No produce el brillo mediático que algunos buscan. No sirve para la foto conveniente, no lo crearon Kamala Harris ni Black Lives Matters. Y por eso, precisamente, debería importarnos más.

La memoria del 11J exige una ética distinta. No basta con conmemorar la fecha, subir imágenes, repetir consignas o convertir a los presos en estampas de aniversario. Hay que devolverle al pueblo cubano lo que aquel día demostró poseer: agencia, valor, liderazgo propio. El 11J no necesita que lo domestiquen ni que lo traduzcan al lenguaje de los burócratas. Necesita ser recordado como lo que fue: una rebelión civil de un pueblo que, por unas horas, rompió el cerco del miedo y se vio caminando hacia una posibilidad de libertad.

Ese pueblo glorioso sigue ahí. Sigue protestando cuando puede, aunque sea en la oscuridad de un apagón, en una cola, en una frase dicha en voz baja, en una madre que denuncia, en un preso que resiste, en un joven que se niega a repetir la mentira. Sigue enfrentándose a los tiranuelos de dentro, que gobiernan con policías, tribunales y hambre, y también a los tiranuelos de fuera, que pretenden convertir la tragedia cubana en plataforma personal. La libertad de Cuba no llegará de quienes usan al pueblo como decorado, sino de quienes comprendan que aquel 11 de julio la nación habló por sí misma.

Por eso el 11J sigue siendo una herida abierta y una brújula. Herida, porque la represión posterior dejó cárceles, exilios, familias quebradas y una sensación amarga de abandono. Brújula, porque señaló el camino más difícil y más verdadero: no esperar salvadores, no delegar la dignidad, no permitir que nadie confisque la voz de quienes se juegan la vida dentro de Cuba. Aquel día, el pueblo cubano fue su propio líder. Y mientras esa verdad permanezca viva, ninguna tiranía, ni la de uniforme militar ni la de micrófono vacuo, podrá escribir el final definitivo de esa historia.

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