Hubo un tiempo en que el espionaje tenía rostro, un pasaporte falso, el acento estudiado y la paciencia de quien sabe esperar años antes de actuar. Sin embargo, ese tiempo terminó por desgaste, como terminan casi todas las eras, cuando una herramienta nueva hace obsoleta a la anterior antes de que nadie se dé cuenta.
El agente que nunca duerme
Lo que antes requería una red de agentes humanos cultivados durante años ahora demanda un servidor, un modelo bien entrenado y tiempo de cómputo
El agente de inteligencia artificial (IA) no necesita visado. Tampoco siente miedo ni remordimiento. Trabaja sin descanso, no se distrae y tampoco negocia su lealtad. En septiembre de 2025, Anthropic detectó una campaña de espionaje en la que un sistema de agentes autónomos realizó entre el 80 y el 90% de las operaciones sin intervención humana. El agente identificó vulnerabilidades, escribió su propio código de ataque, extrajo credenciales de acceso, clasificó los datos robados según su valor estratégico y documentó todo el proceso para facilitar la siguiente operación. Los humanos detrás de la campaña solo intervinieron en cuatro o seis momentos de decisión crítica. El resto lo ejecutó la máquina sola.
El ataque se atribuyó a un grupo patrocinado por el Estado chino, y los objetivos incluyeron empresas tecnológicas, instituciones financieras, fabricantes de productos químicos y agencias gubernamentales. Fue el primer caso documentado de un ataque de espionaje a gran escala ejecutado con autonomía artificial real. Pero es ingenuo pensar que fue el primero en la historia, es sólo el primero documentado.
El mundo de la inteligencia estatal lleva años en esta transición. China procesa imágenes satelitales de instalaciones militares taiwanesas con visión artificial. Rusia rastrea el desarrollo de drones ucranianos mediante el análisis automatizado de comunicaciones abiertas. Corea del Norte infiltra empresas tecnológicas con operativos que aplican por vacantes reales, asistidos por modelos de lenguaje que perfeccionan sus currículos, simulan entrevistas y generan código suficientemente bueno para pasar los filtros técnicos de contratación. Amazon bloqueó 1.800 solicitudes de empleo de presuntos agentes norcoreanos en un solo ejercicio de detección.
Lo que antes requería una red de agentes humanos cultivados durante años ahora demanda un servidor, un modelo bien entrenado y tiempo de cómputo. Así, la escala cambió de modo irreversible.
Pero reducir este fenómeno al espionaje entre grandes potencias es quedarse con la parte más pequeña del problema. La verdadera dimensión del asunto es otra. Los agentes de IA ya están al alcance de actores que hace diez años no tenían ninguna capacidad de inteligencia sofisticada. Por caso, un país mediano con presupuesto limitado puede hoy desplegar sistemas que hace una década solo estaban al alcance de la NSA o del GRU. Un gobierno municipal con ambiciones políticas puede monitorear conversaciones en redes sociales, detectar patrones de disidencia organizada e identificar a sus líderes antes de que alcancen masa crítica. Una empresa privada puede espiar a sus competidores con una sistematicidad que ningún equipo humano sostendría.
La empresa japonesa Sakana AI demostró algo revelador cuando analizó más de un millón de publicaciones en redes sociales para el periódico Yomiuri Shimbun, esta identificó patrones consistentes con operaciones de influencia coordinada de origen chino. El resultado fue una nota periodística, pero el mismo sistema, aplicado con otra intención, puede ser la herramienta con la que un Estado manufactura esa misma coordinación. La diferencia entre detectar una operación de influencia y ejecutarla es solo una cuestión de instrucción.
Aquí está el núcleo del problema que se viene. El mercado de estas capacidades no tardará en democratizarse por completo. Si bien hoy existe una brecha entre quienes tienen los mejores modelos y quienes tienen acceso a modelos mediocres, esa distancia se acorta a una velocidad que los organismos de inteligencia tradicionales no anticiparon. Dentro de muy poco, la pregunta no será si un actor tiene acceso a agentes de IA, sino qué tan buenos son sus datos de entrenamiento y qué tan bien definidos están sus objetivos.
Los Estados que comprendan esto primero no son necesariamente los más grandes, sino los más ágiles. Israel lleva años invirtiendo en inteligencia de comunicaciones con componentes de IA. Taiwán construye capacidades de detección de desinformación por necesidad existencial. Los países del Golfo, con recursos ilimitados y sin restricciones regulatorias significativas, son compradores naturales de estas tecnologías y probablemente ya las despliegan. La pregunta de quién tiene el mejor sistema en este momento no tiene respuesta pública. Pero la pregunta de quién lo tendrá en tres años es más fácil de responder, porque quien invierta más en datos propios, en modelos especializados y en integración con infraestructura de inteligencia existente.
Lo que se especula en los círculos de seguridad y que aún no tiene forma de artículo de primera plana es que los agentes autónomos de inteligencia no solo realizan tareas, sino que aprenden de cada operación. Un agente que espía una institución financiera en una campaña aprende estructuras organizacionales, patrones de comunicación y vulnerabilidades que alimentan la siguiente campaña. El conocimiento acumulado no se pierde entre operaciones. Eso es cualitativamente distinto de cualquier red de espionaje humano anterior.
La especulación más inquietante es la que nadie quiere hacer en público, ¿qué ocurre cuando dos sistemas de agentes autónomos de potencias rivales interactúan sin que ningún humano esté mirando? La velocidad de operación de estos sistemas supera con creces la capacidad humana de supervisión en tiempo real. Una escaramuza entre agentes de IA escalaría, desescalaría y produciría consecuencias en el espacio de minutos, antes de que ningún analista humano pueda interpretar lo que ocurre.
El espionaje del siglo XX tenía una lógica reconocible. Había actores, motivaciones, errores humanos que a veces lo detenían y a veces lo exponían. El espionaje que se consolida ahora tiene una lógica distinta porque es sistémico, continuo, acumulativo y opera por debajo del umbral de detección de la mayoría de sus víctimas.
El personaje de Ian Fleming tenía licencia para matar. El agente de IA tiene algo más peligroso, licencia para operar indefinidamente, sin fatiga, sin conciencia y sin el tipo de errores que antes permitían detenerlo.
Esto recién empieza.
Las cosas como son
Mookie Tenembaum aborda temas de tecnología como este todas las semanas junto a Claudio Zuchovicki en su podcast La Inteligencia Artificial, Perspectivas Financieras, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.
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