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El charlatán y sus fieles

Yo no me niego, soy un profesional: ofrezco una palabra de aliento, una mirada curandera, prometo un milagro, una sanación, un golpe de fortuna

Llevo años haciendo un programa de televisión en esta ciudad. Es un programa renuente al éxito, con escaso público, en franca decadencia. Lo emite un canal pequeño que me rescató del olvido, dándome el horario pundonoroso de las diez de la noche, en vivo. En aquellos tiempos el canal no tenía estudios propios, los alquilaba en un barrio patibulario al norte de la ciudad, hasta esos arrabales manejaba para encontrarme con el público.
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El público en televisión suele ser una quimera, una ficción (te dicen que el canal se ve en todo el país y ciertos países vecinos que descuelgan sin permiso la señal, pero nunca sabes cuántas personas podrían estar viéndote, lo más probable es que sean muy pocas, gente triste, solitaria, enferma, sin remedio, que elige mi compañía para olvidar sus desgracias), pero cuando cometes la imprudencia de recibir al público en el estudio (para lo cual hay que invitarlo desde el programa, decirles vengan, los esperamos, tomen nota de nuestra dirección, salimos todas las noches en vivo a las diez, no se corten, por favor vengan, sean parte de la conspiración) entonces puedes contar cada noche a las personas que asisten: generalmente un número magro entre seis y catorce, pero a veces son tres, dos o ninguna, y a veces, si el invitado es un artista popular, vienen cuarenta o cincuenta y nadie quiere hacerse la foto conmigo.
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En apariencia es una buena idea recibir público en el estudio: aplauden, se ríen, se ríen incluso cuando las bromas son malas, acompañan con entusiasmo la cháchara política que expulso o expectoro al comienzo, le dan al programa un cierto aire de espectáculo pueblerino, como la prédica inflamada de esos religiosos caribeños que se dicen hijos de Dios y congregan a su alrededor, en la iglesia que han fundado, a un número de acólitos y afiebrados, chiflados y posesos, viudas y tullidos a la espera de un milagro, coludidos en esa superchería con fines de lucro.
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No soy entonces muy distinto de esos predicadores boricuas, dominicanos, hondureños, nicaragüenses, que, escapando de la pobreza, montan una iglesia familiar, suben a la tarima, encienden un micrófono impregnado de salivazos y lanzan al aire un discurso tremebundo, apocalíptico, que los pone a convulsionar en trance catatónico y con suerte estremece de modo parejo a los creyentes renacidos que asisten a esa caudalosa, torrencial lluvia de palabras.
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Soy un charlatán. Me gano la vida hablando en mi pequeña iglesia errante que es el programa de televisión. Con los años he reunido fieles, acólitos, donantes, discípulos, una feligresía, una grey, un rebaño de ovejas descarriadas, personas generalmente solitarias, sin futuro, desdichadas, que vienen al estudio, mi pequeño templo, mi redil, buscando ser confortadas por el látigo cizañero de mi palabra, esperando que yo diga las invectivas y diatribas que ellas quisieran decir, pero como nadie les alcanza un micrófono, soy yo el arlequín empolvado que hablará por ellas. n

Vienen a mi iglesia gentes de todas partes: de las islas del Caribe, las provincias colombianas o venezolanas, las haciendas centroamericanas, las ciudades más improbables de este vasto país que ha sido lentamente invadido por nosotros, los bárbaros que hablamos español. Vienen a conocerme, hacerse la foto, dejarme regalos y no piden nada a cambio, salvo un intercambio de afectos genuinos y una sonrisa y otra más para la foto.
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Ya nadie en estos tiempos pide autógrafos: cuando comencé mi carrera como predicador y charlatán de iglesias itinerantes en las islas del Caribe, lo usual era que los fieles me pidieran un papelito firmado que yo les alcanzaba, desbordando confianza y simpatía y haciendo mohines coquetos como un monito al que le arrojaban maní (cómo me gustaba firmar autógrafos, qué importante me sentía), pero ahora que mi trayectoria de hablantín prosigue en lento pero seguro declive y los fieles se ven diezmados y a veces hago el programa con cero personas de público en vivo y tres camarógrafos bostezando y mirando pornografía en sus teléfonos móviles, ya nadie me pide un autógrafo, lo que me piden, si acaso, es una foto, y otra más, y otra más.
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Los fieles de mi iglesia no son jóvenes, qué va: son cuarentonas, cincuentonas, sesentonas, principalmente setentonas y octogenarias, muchas de las cuales acuden a verme en andador, con bastón, casi a ciegas, apoyándose en un nieto, un sobrino o un entenado. Esas mujeres llevan años viéndome en televisión, hemos envejecido juntos, hemos combatido con saña inútil a las tiranías que siguen en pie, hemos celebrado la muerte de algún dictador cantinflesco: me aman y yo las amo aunque a duras penas podemos caminar cuando vamos saliendo del estudio porque estamos todos un poco mayores y ya no tenemos la agilidad de antes y a veces nos abrazamos, nos decimos cosas lindas, me elogian el pelo chúcaro, me ofrecen bendiciones, me inclino reverente ante ellas, dejo que me impartan bendiciones en la frente y el pecho y luego digo bueno, la foto, vamos a hacernos la foto, pero son tan mayores que ninguna lleva celular ni cámara de fotos y posamos todos mirando a la nada misma, buscando a alguien que tome la foto pero nadie toma la foto y da igual, lo que importa es el momento de afecto compartido entre mis fieles y yo.
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A veces vienen hombres también, pero son minoría, clara minoría, por lo general los esposos o novios de las ancianas que militan en mi iglesia y se redimen con mi verbo virulento, estrepitoso. Los hombres usualmente son más comedidos, menos afectuosos, se agazapan detrás de sus mujeres, se cortan, se inhiben, pero de a pocos se van soltando y cuando los toco, los palmoteo, les digo sus nombres, los miro a los ojos con mi mirada curandera, se van entregando y terminan metidos en la foto, abrazándome, algunos (los más osados) sobándome la espalda o pellizcándola como si quisieran dejarme un mensaje en clave.
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Con suerte luego se van y yo me quedo recogiendo mis utensilios para oficiar la misa laica en esa pequeña iglesia que es mi programa: las copas de agua, el cuaderno de apuntes, el cronómetro, los lapiceros azules, la alfombra morada que me costó lo que valía un carro nuevo. Con suerte los fieles se van y me quedo solo y espero a que apaguen las luces para retirarme sin prisa y esconderme en el baño y sacarme el maquillaje. Pero algunos se quedan, se resisten a irse, quieren un momento a solas conmigo, el sumo sacerdote, el pontífice de esa iglesia peripatética. Son, a no dudarlo, los más locos, los más peligrosos, y uno, que se debe a su público, se debe también a ellos.
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Se queda el pintor que quiere venderme un cuadro, el artista que quiere venderme una silla de madera, el viejito que ha escrito la historia de su vida y quiere que yo se la publique y le escriba el prólogo, el enano libidinoso que quiere sodomizarme, la beata que me dice que perdió a un hijo de sida y yo soy su hijo reencarnado y me quiere llevar a mi casa y le digo gracias pero yo sé llegar solo y ella sin embargo me persigue, va por la autopista siguiéndome, me sigue hasta mi casa y cuando llegamos me pregunta si puede darse una ducha conmigo, el ex preso político cubano que está enamorado de mi madre y quiere ir a visitarla a Lima y me pide que le arregle una cita con ella, la colombiana que me regala ungüentos conseguidos en una clínica militar (porque su hijo es veterano de guerra) para que me los aplique en la baja espalda cuando sean inenarrables los ardores, el dominicano que me presenta a su hija quinceañera y me pide una donación para la fiesta que ella merece y tal vez reclama, la balsera cubana que de pronto se echa a cantar coplas andaluzas, zapateando en el estudio y lanzando unos alaridos dementes que ahuyentan a los gatos del parqueo: locas y locos que, sumados, son parte no desdeñable de mi feligresía y vienen a mi iglesia errante todas las noches a la espera de que yo, veterano charlatán, predicador itinerante, hablantín acalorado, chamán y curandero autodidacta, los cure de sus males y obre en ellos un discreto milagro y los salve de los accesos de locura espumosa que les han venido repentinamente y los instale, alabado seas, en una zona de cordura o confort que ellos, tan cándidos, creen que es posible recuperar.
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Yo no me niego, soy un profesional: ofrezco una palabra de aliento, una mirada curandera, prometo un milagro, una sanación, un golpe de fortuna, me confundo en un abrazo sentido y les transmito ramalazos de energía y los revivo con mis dotes de antiguo chamán. Y cuando veo que quieren desmayar y se quieren morir allí, en mis brazos, les digo, la mirada hipnótica, la palabra que me va dictando un ser superior, en estado de trance, casi levitando: todo va a estar bien, resiste, ten fe, la felicidad es una elección que depende de ti, te espero mañana, no me falles. /p>"],".
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