El 5 de septiembre de 2025 el presidente Donald Trump rebautizó mediante una orden ejecutiva al Departamento de Defensa como Departamento de Guerra, y, desde entonces, el Pentágono parece estar buscando el rumbo.
El departamento de Guerra y la paz a través de la fuerza
Las recientes destituciones de altos oficiales en el Pentágono, lideradas por Pete Hegseth, secretario de Guerra, generan un ambiente de inestabilidad y cuestionan la efectividad de la estrategia de Donald Trump.
¿Por qué cambió Trump el nombre?
En principio, la premisa de “listos para la guerra" está más a tono con la nueva filosofía de transmitir fortaleza, disuasión y disposición para combatir al enemigo cuando se trata de defender los intereses estadounidenses, según la propia Casa Blanca.
No hay duda de que es un cambio significativo del mensaje político que busca transformar la identidad estratégica de la institución.
Entonces, ¿Paz a través de la fuerza como ha insistido el mandatario?
Tomemos como ejemplo el nuevo marco de seguridad denominado “Escudo de las Américas”, un enfoque más militarizado que la cooperación tradicional estadounidense en la región. El Comando Sur ya está llevando a cabo operaciones junto a socios regionales cuya coalición reúne a 19 países. El último en adherirse fue Colombia.
Y es que la administración Trump considera al hemisferio occidental, como una esfera estratégica de influencia, por lo que el combate no solo se sitúa en contra de los cárteles de la droga, el crimen organizado, la migración ilegal y la seguridad fronteriza, sino también contra la injerencia extranjera y, en particular, la china.
El secretario de Guerra Pete Hegseth describió la influencia y el dominio militar de Estados Unidos en la región como una continuación renovada de la política del siglo XIX, y la calificó de “Corolario Trump de la Doctrina Monroe”.
¿Será por la búsqueda de un nuevo orden en el Pentágono que Hegseth ha destituido a tantos altos oficiales que resulta difícil llevar la cuenta?
El último funcionario en marcharse fue Dan Driscoll, secretario del Ejército de Tierra y el funcionario civil de mayor rango de dicha rama que gozaba de gran estima e incluso se consideraba un potencial sucesor de Hegseth.
Driscoll había chocado con Hegseth en su intento de reformar el Ejército y convertirlo en una organización más ágil, equipada con sistemas de armamento de última generación, como drones de todo tipo.
En Washington se comenta que Hegseth, en su afán por crear una fuerza de combate, dedicó demasiado tiempo a revertir políticas respaldadas por sus predecesores que enfatizaban la diversidad, la igualdad y la inclusión.
Una de las primeras decisiones que tomó Hegseth fue destituir a la jefa de la Armada, que era mujer, pero a pesar de las críticas, el presidente se ha mantenido leal a su secretario de Guerra, permitiéndole tomar sus propias decisiones.
Hasta ahora, la administración Trump se había cuidado de que los cambios en el Pentágono no se interpretaran como un anuncio de que Estados Unidos buscaba más guerras, pero la acción militar contra Irán, que ya lleva más de seis meses, ha dejado este argumento sin sustento, particularmente cuando el poder militar se cuela como un instrumento de influencia económica y geopolítica.
Si la guerra con Irán hubiera salido bien, conduciendo al colapso del régimen de Teherán y a la reapertura del estrecho de Ormuz para el paso libre y seguro de los petroleros de todo el mundo, la historia para Hegseth habría sido otra.
Pero hasta ahora, aparte de causar graves daños a la infraestructura militar de Irán, el régimen sigue manteniendo un férreo control, aunque con líderes diferentes, y los únicos barcos que atraviesan el estrecho lo hacen con la aprobación iraní o escoltados por buques de guerra estadounidenses.
El haber destituido a tantos oficiales militares experimentados parece no haber ayudado mucho y, por el contrario, ha generado un ambiente difícil en el Pentágono.
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