En el momento en que ese plano estuvo sobre la mesa, despertó el sueño que lo acompaña desde el primer trazo. Si podemos dibujar un cerebro entero, ¿por qué no copiarlo? Y si lo logramos copiar, ¿por qué no —por fin— escapar de la muerte? Guardar a una persona como hacemos con un archivo y volver a encenderla cuando el cuerpo ya no esté. Seguir existiendo convertidos en información, intactos, para siempre. Suena a ciencia ficción, pero hay laboratorios y empresas que reafirman esa posibilidad.
El sueño es más viejo que la ciencia
Conviene subrayarlo antes de seguir. La tecnología no es pionera de ese sueño. Buenos Aires, 1940. Más de ochenta años antes de que alguien hablara de copiar la mente humana en una computadora, el escritor Adolfo Bioy Casares imaginó, en La invención de Morel, una máquina capaz de registrar a una persona completa —su cuerpo, gestos, y voz— y reproducirla después de modo indefinido. Morel creyó vencer a la muerte porque conservó la imagen. La novela deja abierta una duda que es, también, la de este artículo periodístico: conservar la representación, ¿es conservar a la persona?
El cine representó con crueldad esa duda. En The Prestige o El gran truco (Christopher Nolan, 2006), dos magos rivales se obsesionan con la ilusión perfecta. Uno de ellos, Angier, consigue algo imposible: una máquina construida por el mismísimo Nikola Tesla, capaz de fabricar una copia exacta de quien se para frente a ella —el mismo cuerpo, los recuerdos y la forma de mirar—. Así arma un número que deja al público estupefacto: entra por un lado del teatro y, en un parpadeo, aparece al otro extremo de la sala. Se vuelve el mago más grande de su tiempo.
La conexión con nuestra época es directa. Si una persona no fuera nada más que su conectoma —el plano de sus conexiones, puesto a funcionar—, entonces copiar ese plano sería la máquina de Morel, o la de Tesla: aprietas un botón y del otro lado aparece la misma persona, íntegra, lista para seguir viviendo. Esa es la forma moderna del sueño, y por eso parece razonable: si logramos copiar el cerebro humano hasta el último cable, ¿no derrotaríamos, por fin, a la muerte? Esta es la historia de por qué ese sueño, por más datos que reúna, se estrella contra algo que el mapa nunca tuvo dentro.
Un grano de tejido, un logro descomunal
Antes de cuestionar ese sueño, conviene reconocer qué la ciencia ya logró. En 2024, el consorcio FlyWire publicó el mapa del cerebro de una mosca del vinagre adulta: unas 139.000 neuronas y más de 50 millones de sinapsis, la unión física por donde una célula le habla a otra. Por primera vez, los científicos siguieron algunos circuitos desde las neuronas que reciben información del exterior hasta aquellas que envían las órdenes necesarias para el movimiento. Poco después, en el ratón, los investigadores combinaron la reconstrucción de una pequeña región de la corteza visual —más de 200.000 células y unos 500 millones de sinapsis— con el registro de la actividad de decenas de miles de neuronas mientras el animal observaba distintos estímulos. Del cerebro humano existe una reconstrucción a escala nanométrica de un fragmento de corteza de apenas un milímetro cúbico: unas 57.000 células y 150 millones de sinapsis. La representación digital de ese diminuto volumen requirió 1,4 petabytes de información: alrededor de 1,4 millones de gigabytes.
El alcance futuro de estos trabajos es difícil de exagerar. Si algún día pudiéramos reconstruir el cerebro completo de una persona, quizá sería posible ejecutar ese mapa en una computadora y obtener una entidad que recordara su vida, reconociera a sus hijos y hablara con su voz. En un escenario aún más remoto, alguien podría imaginar que parte de ese patrón se incorpora a un cerebro en desarrollo. Pero ninguna de esas posibilidades demostraría que la persona muerta volvió a vivir. Una copia podría conservar sus recuerdos y despertar convencida de ser ella; quedaría por saber si quien murió despertó también o si nació otro organismo.
Un milímetro cúbico. No un hemisferio o una región: un grano del tamaño de la cabeza de un alfiler. Y aun con esa montaña de datos encima, hay algo que ninguno de esos mapas puede decirnos: ¿qué hará ese organismo mañana cuando alguien lo insulte, lo abrace o lo abandone? Esta es una historia sobre esa distancia. Sobre la diferencia entre un mapa y una vida.
Seamos justos: no es solo una bella anatomía
Durante décadas, la pregunta fue si podríamos siquiera cartografiar todas las conexiones de un cerebro. FlyWire respondió que sí, al menos para uno pequeño. Y quienes trabajan en conectómica fueron enseguida más lejos: mostraron que la forma en que las neuronas están conectadas demostraron qué funciones son posibles en un circuito y cuáles no. A partir del cableado real de la mosca se llegó a predecir la actividad de su sistema visual; en el ratón pudo verse que neuronas con funciones parecidas tienden a conectarse entre sí, incluso a través de capas y áreas distintas.
La conclusión honesta incomoda a cierto antirreduccionismo perezoso: las conexiones sí explican mucho. Quien quiera defender que el mapa basta tiene por primera vez argumentos de verdad. Ignorarlo sería absurdo. Así que concedámosle todo el terreno posible y veamos si, aun así, queda algo que el mapa no atrapa.
La tentación tiene nombre: uploading
El mind uploading —o cargar la mente— es la idea hipotética de recrear el funcionamiento de un cerebro dentro de una computadora. Esa promesa, en su versión más seductora, asegura: un cerebro es su conectoma en funcionamiento. Si algún día tuviéramos la resolución necesaria para registrar cada neurona y las sinapsis, y la capacidad de cómputo para reproducir su actividad, tendríamos —según esta idea— a la persona. La mente sería el programa; el conectoma, el código. Copiar el código equivaldría a hacerlo con la mente.
En marzo de 2026, la empresa Eon Systems presentó una “mosca virtual” basada en el conectoma de FlyWire y llegó a describirla como un animal subido a una computadora. El logro es real, y conviene decir en qué consiste, porque la letra pequeña dice casi lo contrario del titular: el conectoma, por sí solo, no caminaba.
Hubo que prestarle un cuerpo —un modelo articulado de mosca, con ochenta y siete articulaciones, moviéndose dentro de un motor físico— y unos controladores de marcha entrenados aparte para imitar el andar de una mosca real. El modelo tampoco incorpora plasticidad ni aprendizaje; por tanto, no forma recuerdos nuevos.
Y no hace falta acudir a los críticos: la propia empresa explicó después que buena parte de los comportamientos descansaba en controladores corporales ya existentes, que varias correspondencias entre cerebro y cuerpo se eligieron a mano y que al modelo le faltan plasticidad, aprendizaje y buena parte de los estados internos de una mosca. Retén el detalle, porque es el hilo de todo lo que sigue: para que el mapa se moviera, hubo que devolverle un cuerpo y un mundo.
Dicho de otro modo: si los defensores de este principio tienen razón, Angier encontró hace un siglo lo que Silicon Valley todavía busca. Y aquí conviene ser honesto y no pelear contra una caricatura, porque si el mapa contuviera de verdad a la persona, todo lo demás sobra. Para saber si la contiene debemos hacer una pregunta más simple de lo que parece: ¿qué tendría que copiar la máquina para hacerlo con un humano? Probemos tres respuestas, cada una más ambiciosa que la anterior. Y veamos cómo, en vez de cerrar el problema, destapa uno mayor.
¿Basta con las conexiones?
La primera respuesta, la más natural, es: copia sus neuronas y todas las conexiones. Pero un diagrama de cableado dice qué neurona toca a cuál, no lo que ocurre en esa conexión: cuánta fuerza tiene, qué sustancia la modula, enciende o apaga en cada instante. Un cableado no se resume como lo que circula por el cable. El cerebro que mapeas hoy se mantiene, en su función, idéntico mañana: cambia con el sueño, la experiencia y la química del cuerpo.
Existe además un detalle que la metáfora del plano esconde. Todo conectoma sináptico que existe en este momento proviene de tejido fijado; es decir, muerto. Para ver una sinapsis con un microscopio electrónico debemos detener el cerebro, endurecerlo, cortarlo en láminas más de mil veces más delgadas que un cabello y fotografiarlas una por una, en decenas de miles de imágenes. Y las sinapsis no esperan: nacen, se refuerzan, debilitan y desaparecen mientras vivimos, también mientras dormimos. Incluso un mapa sin un solo error sería la fotografía de un instante que pasó antes de que terminara de revelarse. Morel otra vez: fiel, minucioso, inmóvil.
Seamos escrupulosos: este límite podría estrecharse con más datos. Es concebible que en el futuro añadamos al mapa las capas que le faltan —tipos de célula, propiedades eléctricas, estados químicos— y nos acerquemos mucho a reconstruir la dinámica. Sería una crítica de resolución insuficiente, y el optimista podría responder con razón: dame tiempo. Así que demos el problema por resuelto y subamos la apuesta, porque hasta aquí todavía puede ganar.
Aunque la copia fuera perfecta, ¿seguirías siendo tú?
Debajo del escenario de Angier había un tanque. Este es el secreto que te pedí guardar. La máquina de Tesla no transportaba a nadie. Cada noche, al accionarla, fabricaba una copia perfecta a varios metros de distancia mientras el original caía por una trampa a un tanque de agua sellado, bajo el escenario, y se ahogaba. Solo. Y consciente. El Angier que salía a recibir el aplauso era siempre el recién fabricado; el de un momento antes moría bajo las tablas, función tras función.
La muerte no deviene horror en este caso: es que nadie se transporta. La máquina no mueve a Angier de un lado del teatro al otro; fabrica a una persona nueva que recibe el aplauso, mientras otra —tan Angier como la primera— se hunde en el tanque. Y el propio mago jamás sabe, al accionar la palanca, si esa noche le tocará ser el que reaparece o el que se ahoga. Esa es la respuesta al segundo problema, y es escalofriante: copiar el cerebro hasta el último cable no te salva de la muerte. Fabrica a alguien idéntico que seguirá adelante convencido de ser tú, y deja a alguien —quizás tú— en el tanque. La copia no te preserva; funda a un gemelo que enseguida se vuelve un extraño.
Aun así, el optimista podría escurrirse: dirá que todo esto es un problema de definiciones —¿qué significa, al fin y al cabo, “el mismo”?—. En parte tiene razón, y esa discusión seguirá abierta mucho después de este artículo. Pero hay un hecho que ninguna definición borra: después de la copia existen dos trayectorias físicas, y no la misma dos veces. La pregunta deja de ser cuánto se parecen y pasa a ser cuántas hay; los filósofos lo llaman identidad numérica. Dos gotas de agua idénticas siguen siendo dos gotas. Y en el tanque, bajo el escenario, hay alguien. Vayamos entonces a un problema que ya no se resuelve afinando definiciones.
¿Cuánto de lo que harás cabe en la estructura?
Concede todo lo anterior: mapa perfecto, dinámica completa, cada canal y molécula en su sitio; y llamemos “tú” a la copia, sin discutir. ¿Podríamos entonces predecir lo que hará? Sí, con una condición que lo cambia todo: hay que decirle antes qué mundo va a encontrar. Qué verá, qué se le pedirá, qué consecuencias tendrán sus actos. Especificado eso, un modelo bastante fiel quizá acierte, y no habría en ello nada milagroso. Pero fíjate en lo que acaba de pasar: la mitad de la respuesta no estaba en el mapa, y debimos traerla de fuera. Conviene entonces separar bien dos cosas, porque de aquí en adelante todo depende de no confundirlas: emular un cerebro es un problema de ingeniería, monumental pero legítimo, y algún día podría resolverse. Leer una vida en un plano es otra cosa.
El mapa es un sustantivo; la conducta un verbo. La conducta de un ser vivo no constituye algo guardado dentro de su cabeza. Es una relación entre ese organismo y su ambiente, tejida a lo largo de una historia. Lo que hace depende de lo que aprendió, de qué su conducta produjo antes en el mundo y de las circunstancias presentes que la ocasionan. El aprendizaje deja huellas en el tejido, y muy reales: cambia la fuerza con que una sinapsis transmite, remodela la arquitectura de los circuitos, enciende y apaga genes dentro de la célula. Pero la huella no podemos definirla como la relación. Lo que puedes señalar en el microscopio es el residuo de un trato con el mundo, no el trato mismo, igual que un sendero pisado en la hierba no es la caminata. Y hay algo más, que no podemos definir como filosofía sino aritmética: la operación no se puede invertir. No por falta de resolución —esto no lo arregla un escáner mejor—, sino porque muchos pasados distintos desembocan en el mismo presente, igual que dos ciudades de idéntico plano nacen a veces de razones opuestas. La huella conserva los efectos de una historia; no conserva la historia. Del estado final no se deduce cuál de todos los caminos posibles llevó hasta él. El plano sería el mismo; la vida, no.
Y aquí Bioy Casares vuelve, y da en el clavo mejor que nadie. Las imágenes de Morel pueden repetirse por toda la eternidad, pero no pueden adquirir una historia nueva: hacen siempre lo mismo, atrapadas en la semana que la máquina grabó. Esa es la trampa exacta del uploading. Confunde el residuo con el proceso: cree que guardando la fotografía guarda la película. Una copia perfecta, apenas empiece a interactuar con un mundo, se pondrá a acumular su propia historia y a divergir; y si no la dejas interactuar, tienes una foto de Morel: fiel, inmóvil, incapaz de vivir nada nuevo. En los dos casos, lo que llamabas “la persona” se te escurrió entre los dedos.
La propia neurociencia tuvo que salir a buscar el mundo
Lo más elegante es que la ciencia misma lo concede. Para saber qué hacía el cerebro del ratón de MICrONS no bastó con mirarlo: debió registrarse al animal despierto mientras miraba el mundo y corregistrar esa actividad con el tejido reconstruido. La función no vivía solo en la estructura; debía devolverse al organismo a su ambiente, comportándose. No es la objeción de un filósofo incómodo ni de un analista de conducta con una agenda: es una necesidad de método, escrita en el diseño mismo del experimento publicado en Nature. Para saber qué hace un circuito no basta con tenerlo dibujado. Hay que ver al animal usándolo.
Una última pregunta: ¿quién mira desde esos ojos?
Supongamos que copiamos todo y la copia abre los ojos. Recuerda ser tú, dice ser tú, ama a las mismas personas, teme a la muerte. Queda entonces la pregunta más difícil de todas: ¿quién está mirando desde esos ojos? Aquí ronda la palabra que suele hundir estos debates: la conciencia. Conviene entrar con cuidado, porque bajo ese único nombre se esconden dos cosas muy distintas.
La primera es la parte práctica: notar los propios estados, distinguirlos, poder contarlos; en una palabra, “darte cuenta”. Y esa parte no escapa a la tesis de este artículo: la refuerza. Que ocurra algo dentro no hay que aprenderlo; distinguirlo, nombrarlo y contarlo, sí. Eso te lo enseñó una comunidad que te preguntó “¿qué sientes?”, “¿qué ves?”, y fue moldeando tus respuestas. Mirarte por dentro es, en buena medida, un repertorio aprendido con otros, no un teatro que traes de fábrica. Y por eso el conectoma tampoco lo contiene entero: podrá mostrar las disposiciones biológicas que sostienen ese repertorio, pero no las conversaciones que se lo enseñaron.
Y queda la conciencia fenoménica, el puro “qué se siente” al ver el color rojo o al sentir dolor. Aquí conviene nombrar el problema sin fingir que lo resolvemos. Si algo se resiste de verdad, tendrá que ser también algo material —una historia, un ambiente, un cuerpo—, y no un alma que se escapa del escáner. Ni siquiera está claro si ese “problema difícil” es real o solo un enredo del lenguaje. Dejarlo abierto es más honesto que inventar una respuesta. Pero para lo que aquí importa basta con una cosa: el mapa no te da el punto de vista. Puedes reconstruir cada neurona del que mira y el mapa seguirá sin decir una palabra sobre el mirar.
Lo que llegará, y lo que no
Lo que llegará será espectacular, y el optimista tendrá razón. Desarrollaremos conectomas cada vez mayores, del milímetro cúbico a volúmenes mucho más grandes de corteza humana. La conectómica funcional —estructura y actividad en el mismo tejido— se volverá rutina en animales pequeños. Los modelos guiados por el cableado predecirán la actividad neuronal con una precisión que parecería magia. Y en animales sencillos no sería raro que la estructura anticipara parte de lo que el animal hace. Habrá cerebros pequeños simulados enteros, corriendo incluso en chips diseñados para imitar neuronas.
Y conviene decirlo sin rodeos, porque de lo contrario este artículo parecería una enmienda a la totalidad: negarle al conectoma la capacidad de contener a una persona no lo vuelve inútil. Lo pone en su sitio, que es enorme. Un mapa así permite clasificar tipos de neurona por su forma y sus contactos, seguir un circuito desde la entrada sensorial hasta la orden motora, decidir qué conexión conviene manipular para averiguar qué hace y descartar de golpe miles de arquitecturas posibles cuando se modela un cerebro real. Sirve para investigar qué cambia en el tejido durante el aprendizaje, el desarrollo, el envejecimiento y la enfermedad. En humanos, a una escala mucho más gruesa —redes de regiones y haces de fibras, no sinapsis una a una—, los mapas de conectividad ya ayudan a localizar los circuitos implicados en ciertos síntomas y a decidir dónde estimular en enfermedades como el párkinson o la depresión resistente.
El conectoma no será una biografía ni un destino. Será un catálogo de caminos: dirá qué rutas existen en un cerebro, cuáles son probables y cuáles imposibles. Combinado con la actividad de las neuronas, el estado químico del cuerpo y la conducta del animal, permitirá explicaciones mucho más completas que cualquiera de esas piezas por separado. Su mayor triunfo quizá no consista en demostrar que la persona cabe en el mapa, sino en medir con precisión qué parte de su historia quedó escrita ahí y qué parte solo aparece cuando el organismo vuelve a encontrarse con el mundo.
Pero un mapa fijo, por completo que sea, no podrá predecir por sí solo lo que un organismo hará en un ambiente nuevo. Eso depende del aprendizaje anterior y de lo que está pasando a su alrededor ahora mismo, y nada de eso queda guardado en el tejido como un registro que baste con leer. “Subir” a una persona y creer que la revives seguirá siendo un error de categoría, no un problema de ingeniería pendiente. Y aunque lográramos una emulación perfecta y la reinsertáramos en un mundo, no recuperaríamos al original: obtendríamos un organismo nuevo que, a partir de ese instante, viviría su propia vida y se alejaría. La copia nunca fue el original; en cuanto actúa, empieza además a vivir una historia propia.
Ahora el matiz honesto: la frontera se moverá. La estructura de un cerebro es, en parte, el residuo congelado de una historia —la evolución y el aprendizaje dejan huellas físicas en el cableado—, así que quizá se lea en el mapa más de nuestro pasado del que hoy suponemos. La pregunta de verdad no deviene en “¿mapa o historia?”, como si fueran enemigos, sino cuánta de esa historia queda legible en la estructura congelada y cuánta exige la interacción con el mundo. Ahí es donde la conectómica y el análisis de conducta deberían encontrarse.
La vida nunca estuvo solo dentro
La máquina podría funcionar. Algún día, quizá, una copia abra los ojos, reconozca la habitación, diga tu nombre y siga la conversación justo donde la dejaste. Pero para entonces tendremos una pregunta distinta de la que creíamos. Aprenderemos a copiar un cerebro. Copiarlo, sin embargo, no representa continuar una vida.
El cableado de un cerebro, por fin, empieza a caber en su mapa. El organismo, no. No por un resto de misterio ni de magia, sino por una razón material: un organismo es, en parte, su historia con un mundo, y esa relación no se deja congelar en una imagen. Podremos copiar el plano. La vida que lo recorría quedará, como siempre, del lado de afuera —igual que Morel entre sus imágenes perfectas o el mago mientras otro idéntico saluda al público con su propia cara—. Ese es el organismo que resiste: no el que esconde un alma, sino el que no se deja reducir a su mapa porque está hecho, también, de experiencias.
Eduardo Mora Basart es ingeniero y analista de conducta certificado (BCBA), con un máster en Prevención e Intervención Psicológica en Problemas de Conducta por la Universidad Internacional de Valencia. Enseñó matemáticas en Miami Dade College y Tamiami School Center. Escribe sobre conducta, neurociencia y educación, y aborda los dilemas humanos de la medicina contemporánea.