“Todos los hombres cometen errores, pero solo los sabios aprenden de ellos.” -Winston Churchill
El embullo, un mal nacional
La euforia inicial de la revolución cubana, impulsada por el "embullo", derivó en represión, confiscaciones y la instauración de un régimen marxista-leninista.
El embullo, con la dosis razonable de entusiasmo que conlleva no es del todo dañino, excepto en Cuba donde 67 años no han bastado para aprender la lección.
Para nosotros los cubanos, la palabra resume, con una precisión casi cruel, una virtud y también una desgracia.
A el embullo que me refiero no es solo jarana o entusiasmo desmedido.
Es el frenesí que empuja a hacer algo sin detenerse a pensar en el costo. Es la emoción que se antepone al juicio.
En 1959 ese embullo se volvió política. El pueblo se lanzó detrás de unos hombres armados que prometían justicia, dignidad y una Cuba con igualdad. El resultado no fue lo prometido. Fue un poder que se instaló con el ruido del fusil, la violencia desmedida, la persecución con tribunales de minutos y con la ambición de no soltar el poder que habían usurpado.
Se trata de entender que los problemas tienen otras soluciones y de admitir algo más difícil: que el rechazo a un mal no autoriza a entregar el país a otro mal.
El embullo de aquellos meses convirtió a parte de la población en un coro de millones de voces. Gritaban: “¡Paredón!” al unísono, como si la venganza colectiva fuera higiene moral. En La Cabaña, el Che Guevara presidió un aparato de crimen que llamaron depuración donde los procesos carecían de las garantías mínimas de un Estado de derecho; no todos los ejecutados eran culpables ni merecían ese castigo que exigía sacrificar una vida, tampoco había manera de saberlo con juicios sumarios donde la condena la gritaban las turbas como consignas.
Bastaba la sospecha, el uniforme anterior y así prevalecieron el odio, la envidia, desapareció el sentido común y algo más importante, desapareció el concepto de humanidad. Se aceptó la crueldad sin pensar en las consecuencias.
Fue un embullo nefasto donde corría la sangre y se desbordaba el odio.
Ese mismo embullo legitimó el saqueo vestido de justicia revolucionaria. Casas, fincas, negocios y ahorros de “enemigos del pueblo” pasaron al Estado o a manos próximas al nuevo poder. No fue un ajuste técnico de la economía. Fue el mensaje de que la propiedad ajena le pertenecía, no a quien la había obtenido con el sudor de su frente, sino a quien estuviera dispuesto a robarla bajo el manto y la protección de la revolución.
Quien denunciaba al vecino no era un delator: lo convertían en héroe. Los Comités de Defensa de la Revolución convirtieron la vigilancia en virtud cívica. La desconfianza dejó de ser un defecto privado y se volvió deber revolucionario. Un pueblo que pide paredón, que celebra la confiscación y que aprende a vigilar al vecino, no está construyendo libertad. Está ensayando el totalitarismo con embullo y justificándolo con consignas.
El paso siguiente fue ideológico. Fidel Castro no llegó a La Habana proclamando el marxismo-leninismo como programa de gobierno. Llegó con el aura del libertador. En diciembre de 1961, ya dueño del aparato se declaró marxista-leninista “hasta el último día” de su vida.
El 16 de abril de ese año ya había proclamado el carácter socialista de la Revolución. La filosofía que impuso al cubano no fue un hallazgo intelectual tardío: fue el andamiaje que justificaba el partido único, la censura, la economía controlada por el Estado y la idea de que disentir era traición. Se instauró el presidio político que condenó tanto a hombres como a mujeres a infames condiciones y a perder largas etapas de sus vidas en un encierro cruel y despiadado. Primero lo aceptaron con embullo, después aprendieron a vivir diciendo que no lo sabían. El embullo inicial, el de los revolucionarios, el de la Sierra Maestra, el performance de “la historia me absolverá”, sirvió de puente hacia una doctrina que considera al individuo un material moldeable y al Estado su único dueño.
Tras 67 años, el balance no admite romanticismo. Cuba no es una potencia moral ofendida por el mundo. Es un estado fallido y la revolución, la gran estafa.
Cuba es un país que ha desatado un éxodo que se cuenta por millones. Estimaciones demográficas serias hablan de una pérdida de población comparable, en proporción, a la de sociedades rotas por la guerra, aunque en este caso no hay frente de batalla. El turismo se desplomó. La situación eléctrica no sostiene la vida cotidiana. Hay más de mil presos políticos. La desigualdad que el discurso oficial atribuye al “bloqueo” convive con una élite que no apaga el generador ni padece la escasez.
El fracaso no es un accidente del calendario. Es el resultado de la ineptitud de los dirigentes. Es el producto de un sistema que sustituyó el cálculo por la consigna y la responsabilidad por la fe en una filosofía tan abyecta como la del “¡comandante en jefe ordene!” y un buen día se dieron cuenta que el comandante les habían vendido la soberanía a una potencia extranjera por un jugoso subsidio que nunca vieron.
Todavía hoy, la tentación sigue siendo la misma: buscar un hombre, una frase, un hecho, una acción o alguien, quien sea, que resuelva de un golpe lo que exige oficio institucional. El peligro del embullo es su comodidad, porque ahorra el tener que detenerse a pensar.
Permite sentirse parte de algo grande sin examinar quién manda, con qué métodos y el alto costo que hay que eventualmente pagar.
Por eso el embullo resulta tan peligroso. Un pueblo puede odiar con razón a un tirano y con el mismo embullo, coronar a otro. Puede confundir el alivio del cambio con la calidad del destino. Dejar el embullo no significa volverse frío ni renunciar a la esperanza y el entusiasmo del cambio. Significa exigir pruebas antes de entregar lealtad. Significa preguntar qué se hará con los que piensan distinto, quién garantizará la propiedad, quién limitará el poder, cómo se mide el resultado y qué precio se está dispuesto a pagar. Las decisiones de peso, quién gobernará, qué modelo económico se aceptará, qué se perdonará, no se deciden en la euforia de una plaza, se deciden en las urnas. Con memoria, con detenimiento y con la humildad de saber que Cuba ya pagó una vez, una cuota muy alta por el lujo de no pensar.
El paredón, el chivatazo y la confiscación no fueron excesos aislados de unos cuantos exaltados. Fueron la lógica temprana de un poder que entendió que el miedo y el embullo son aliados macabros. Más de 6 décadas de evidencia deberían de ser una advertencia. Si todavía no bastan, el problema es más serio y peligroso aún. El problema es la costumbre de embullarse primero y razonar después cuando ya resulta muy tarde, porque el daño está hecho.
A ese embullo hay que reconocerlo y desecharlo. Es un sentimiento que sobra en la Cuba futura. Haríamos bien en despojarnos del como el animal que cambia la piel cuando ya presiente, intuye, que se avecina la primavera.
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