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OPINIÓN

El juego de las sillas financieras: cuando los dueños del dinero se venden cosas a sí mismos

Un análisis preciso para contar las cosas como son

Por Mookie Tenembaum

Imagine que usted intenta vender su coche usado por $20.000 dólares. El mercado, sin embargo, es cruel y ningún comprador le ofrece más de $10.000. Ante esta realidad, usted tiene dos opciones: aceptar la pérdida o idear una fantasía contable. En el mundo de las altas finanzas, esa fantasía tiene nombre y apellido, y este año se ha convertido en la norma.

Los grandes fondos de capital privado, esos gigantes que compran y reestructuran empresas lejos de la bolsa de valores, recurren a una maniobra que roza el absurdo para evitar admitir que sus activos valen menos de lo que prometieron. En lugar de vender las empresas a terceros, se las venden a sí mismos. Esta práctica, conocida técnicamente como "vehículos de continuación", alcanzará cifras récord en 2025, representando una quinta parte de todas las ventas del sector.

La mecánica es sencilla pero perversa. Consiste en una firma de inversión que toma una empresa de su "Fondo A" y la vende a su "Fondo B", ambos gestionados por las mismas personas. En teoría, esto mantiene activos que funcionan bien pero que el mercado aún no valora correctamente. En la práctica, es un mecanismo para esquivar la realidad de un mercado estresado donde los compradores externos brillan por su ausencia. Al pasarse el activo de un bolsillo a otro, los gestores no cristalizan pérdidas y, lo que es más importante para ellos, reinician el reloj para cobrar jugosas comisiones de gestión sobre el mismo dinero.

Pero en esta nueva era tecnológica, el viejo truco contable encontró un aliado sofisticado y peligroso en la Inteligencia Artificial (IA). La IA se convierte en la "hoja de parra" moderna, utilizada para cubrir las vergüenzas de valoraciones que no se sostienen por sí solas.

El peligro radica en cómo se utiliza esta tecnología para justificar lo injustificable. Cuando un fondo necesita ponerle precio a esa auto venta, ya no depende solo de la opinión subjetiva de un analista humano, sino que puede escudarse en "modelos predictivos de IA". Estas cajas negras algorítmicas, alimentadas con datos de un mercado de capitales inflado tras años de dinero barato, devuelven las valoraciones astronómicas que los gestores desean ver. Se crea así un círculo vicioso de validación tecnológica y el precio es correcto porque la máquina lo dice, y la computadora lo dice porque fue programada para validar el precio.

Además, la IA sirve como herramienta de marketing para inflar el producto. Empresas tradicionales y aburridas son sometidas a un lavado de cara tecnológico, un "AI-washing", antes de transferirse al nuevo fondo. Al integrar superficialmente herramientas de IA, los gestores reetiquetan compañías de logística o servicios como "plataformas tecnológicas", justificando así múltiplos de valoración que el sentido común rechazaría.

El resultado de esta dinámica es la formación de una burbuja silenciosa de "dinero fantasma". Mientras los libros de contabilidad registran ganancias y movimientos por valor de más de $100.000 millones de dólares, gran parte de ese volumen es ficticio; es dinero reciclándose dentro del mismo ecosistema sin pasar la prueba de fuego del mercado real. Los inversores originales, a menudo fondos de pensiones, corren el riesgo de quedar atrapados en valoraciones artificiales, creyendo que poseen activos de oro cuando, en realidad, solo tienen papel mojado respaldado por algoritmos complacientes.

Sin embargo, no todo está perdido en este paisaje de espejos deformantes. La misma tecnología que facilita el engaño puede ser la llave para desmontarlo, siempre que esté en las manos adecuadas. Para los reguladores financieros, la policía del mercado, la IA representa la oportunidad de nivelar el campo de juego.

Una IA en manos de la supervisión financiera puede actuar como un detector de mentiras a escala industrial. A diferencia de los auditores humanos, limitados por el tiempo y la capacidad de procesamiento, un sistema de este tipo supervisa millones de transacciones en tiempo real, comparando los precios de estas "auto ventas" con el mercado real para detectar discrepancias al instante. Puede leer y "parsear" miles de páginas de documentación legal en segundos, iluminando las cláusulas ocultas donde se esconden comisiones abusivas y conflictos de interés que hoy pasan desapercibidos.

Estamos, por tanto, ante una carrera armamentística financiera. Por un lado, los gestores de capital privado utilizan la sofisticación tecnológica y la opacidad de los vehículos de continuación para mantener la música sonando en una fiesta que ya debería haber terminado. Por el otro, la necesidad de que los reguladores adopten estas mismas capacidades para pinchar la burbuja antes de que explote. Hasta que eso ocurra, el juego de las sillas continúa, y los inversores bailan sin saber que, cuando la música pare, es posible que no queden asientos para nadie.

Las cosas como son

Mookie Tenembaum aborda temas de tecnología como este todas las semanas junto a Claudio Zuchovicki en su podcast La Inteligencia Artificial, Perspectivas Financieras, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.

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