Mucho antes de que la democracia moderna lo proclamara equívocamente soberano o de que las revoluciones hablaran en su nombre, griegos y romanos utilizaron diversas palabras para designar aquello que hoy llamamos pueblo. Y esas palabras no eran sinónimos. Cada una encerraba una comprensión distinta de la comunidad política.
El nacimiento del pueblo
Las lenguas clásicas poseían una riqueza conceptual que el vocabulario político contemporáneo ha ido perdiendo
Las lenguas clásicas poseían una riqueza conceptual que el vocabulario político contemporáneo ha ido perdiendo. Allí donde hoy utilizamos indistintamente pueblo, población, gente o ciudadanía, el griego y el latín distinguían cuidadosamente realidades diversas. Comprender esas diferencias es indispensable para entender por qué la democracia nació ligada a una determinada idea de pueblo y no a cualquier reunión de individuos.
El término griego más conocido es dêmos (δμος). Es la palabra que dio origen a la democracia. Sin embargo, su significado es mucho más preciso de lo que suele suponerse. En los poemas homéricos designaba inicialmente un distrito o territorio habitado. Poco a poco comenzó a referirse a quienes vivían en ese territorio y, finalmente, a la comunidad de ciudadanos que participaban en la vida política de la polis. El dêmos nunca fue simplemente una multitud. Era una realidad política.
Esta precisión resulta relevante. Cuando Aristóteles estudia las formas de gobierno, la democracia no consiste en que gobierne una masa cualquiera. Gobierna el dêmos, es decir, quienes pertenecen legítimamente a la comunidad política. La palabra supone pertenencia, reconocimiento mutuo y participación en un orden común.
Junto al dêmos aparece otro término igualmente importante: laós (λας). A diferencia del anterior, no designa principalmente al cuerpo político de ciudadanos, sino a un pueblo entendido como comunidad humana. Es la palabra que utilizará posteriormente la traducción griega del Antiguo Testamento para hablar del Pueblo de Dios. Mientras dêmos posee un marcado carácter político, laós conserva una dimensión histórica, cultural y espiritual mucho más amplia.
Existe además éthnos (θνος), término que hace referencia a un grupo humano unido por costumbres, origen o modo de vida. En el mundo clásico podía designar tanto a un pueblo extranjero como a una nación en sentido amplio. No expresa todavía ciudadanía política, sino identidad cultural.
Muy distinta es la palabra óchlos (χλος). Aquí desaparece prácticamente toda referencia a una comunidad organizada. El óchlos es la multitud, la muchedumbre, el gentío. Puede reunirse en una plaza, seguir a un caudillo o dejarse arrastrar por las emociones del momento. No posee necesariamente continuidad, instituciones ni deliberación. Es una concentración de personas unidas por la pasión o emoción del momento, no una comunidad política.
La diferencia entre dêmos y óchlos merece una reflexión. La democracia nunca fue concebida por los griegos como el gobierno de la muchedumbre. Esa fue precisamente una de las críticas dirigidas contra las democracias degeneradas. Cuando el dêmos dejaba de actuar como comunidad política y comenzaba a comportarse como una multitud movida por las pasiones, la violencia, es decir, como óchlos, la democracia se transformaba en demagogia.
Esta distinción, aparentemente filológica, sigue siendo extraordinariamente actual. No toda manifestación multitudinaria constituye al pueblo. No toda concentración de personas expresa una voluntad política estable. Tampoco las tendencias efímeras de las redes sociales equivalen al juicio de una comunidad. Los griegos comprendieron muy pronto que una multitud puede ser inmensa sin llegar jamás a convertirse en un pueblo.
El latín desarrolló una riqueza semejante
La palabra fundamental es populus. De ella derivan directamente pueblo, peuple, popolo, povo o people. Sin embargo, el populus romano no equivale simplemente al conjunto de habitantes de Roma. Se trata del cuerpo político organizado por el derecho y orientado hacia un destino común.
Los romanos poseían una conciencia extraordinariamente precisa de esta diferencia. El populus Romanus no estaba formado únicamente por quienes residían dentro de las murallas de la ciudad. Constituía una comunidad jurídica, histórica y política. Pertenecer al populus significaba participar de una tradición, someterse a unas leyes y compartir la fortuna de la República.
Junto al populus aparece la plebs. Hoy solemos utilizar plebe como sinónimo de pueblo. Para los romanos no era así. La plebe designaba originalmente uno de los órdenes sociales de Roma, distinto del patriciado. La plebe formaba parte del pueblo, pero no agotaba su significado. El pueblo incluía tanto a patricios como a plebeyos. Reducir el populus a la plebs habría significado destruir la unidad de la República.
La distinción resulta particularmente sugerente para nuestro tiempo. Muchas ideologías modernas han identificado al pueblo exclusivamente con un determinado grupo social: los pobres, los trabajadores, los excluidos o las víctimas. Sin advertirlo, han sustituido el viejo concepto de populus por una versión parcial semejante a la antigua plebs. El pueblo deja entonces de ser la totalidad de la comunidad política para convertirse en una parte que pretende representar al todo.
Otra palabra latina es multitudo. Su significado recuerda al óchlos griego. Se trata simplemente de una multitud, una gran cantidad de personas. Puede convertirse en pueblo, pero todavía no lo es. Carece de la organización, de la continuidad y de la unidad necesarias para constituir un sujeto político.
Finalmente encontramos vulgus, término que designa a la gente común considerada desde una perspectiva más social o cultural que política. En muchos autores adquiere incluso un matiz peyorativo, equivalente al vulgo o al gentío.
Esta riqueza terminológica revela una idea muy profunda. Los antiguos sabían que las comunidades humanas presentan distintos niveles de cohesión, de unidad. Hay agregaciones ocasionales. Hay grupos sociales. Hay comunidades culturales. Hay poblaciones. Hay multitudes. Solo algunas alcanzan la condición de pueblo.
No se trata de una diferencia cuantitativa, sino cualitativa. El pueblo no aparece cuando aumenta el número de individuos, sino cuando existe una forma de vida compartida capaz de convertir una pluralidad de personas en una comunidad política.
Por ello, ni los griegos ni los romanos definieron nunca al pueblo mediante criterios exclusivamente demográficos. La población pertenece al ámbito de la geografía. El pueblo pertenece al ámbito de la política. Una población puede ser inmensa y permanecer profundamente desunida. Un pueblo puede ser pequeño y poseer una fortísima conciencia de sí mismo.
La diferencia también explica por qué la democracia no nació como una simple técnica electoral. Antes de existir elecciones periódicas, partidos políticos o sufragio universal, ya existía la convicción de que una comunidad podía gobernarse a sí misma porque compartía leyes, costumbres, instituciones y una historia común. La democracia suponía previamente la existencia del pueblo; no era el procedimiento destinado a fabricarlo.
Este punto merece ser subrayado porque constituye una de las grandes inversiones intelectuales de la política contemporánea. Hoy solemos pensar que las elecciones producen al pueblo. Los antiguos habrían sostenido exactamente lo contrario. Solo donde previamente existe un pueblo resulta posible una auténtica deliberación democrática.
La cuestión, por tanto, comienza a adquirir una nueva profundidad. Si el pueblo no equivale a la población, ni al electorado, ni a la ciudadanía considerada únicamente desde el derecho, ¿qué es exactamente aquello que convierte a una comunidad humana en un verdadero pueblo?
Esa pregunta encontró su primera respuesta sistemática en la experiencia de la polis griega. Allí, entre las pequeñas ciudades del mundo helénico, surgió por primera vez la convicción de que una comunidad política no se sostenía únicamente sobre la fuerza, sino sobre la participación en un bien común compartido. Fue allí donde el dêmos adquirió su significado propiamente político y donde comenzó una de las reflexiones más fecundas de toda la filosofía política occidental.
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