Cada época se define, en cierto sentido, por cómo entiende lo humano. Hoy asistimos a un tiempo y a un fenómeno inquietante: una cultura que, en nombre del progreso —llamado avance civilizatorio—, ha llegado a un eclipse de lo humano.
El progresismo y el eclipse humano
La familia, fundamento de toda sociedad y cultura, es reducida a contrato revocable o a laboratorio de afectos efímeros
No se trata de un cambio accidental, sino de una mutación profunda del sentido común. Allí donde antes había certezas enraizadas —la diferencia sexual, el valor de la vida, el cuidado de la salud, la familia, la ciudad, la naturaleza, la economía, el trabajo, la educación, la cultura, la política y la religión—, hoy encontramos redefiniciones ideológicas que desfiguran la realidad.
El eclipse de lo humano ha consistido en un itinerario amenazador respecto de los bienes humanos fundamentales.
Así, por ejemplo:
La vida, siempre considerada sagrada, se convierte en objeto de cálculo: se decide quién merece nacer y quién debe morir según criterios de autonomía o de utilidad.
La salud, entendida como el silencio de los órganos, en lugar de custodiar la integridad del cuerpo, se redefine como un derecho absoluto a modificarlo, incluso contra su naturaleza, bajo una noción de bienestar que se infiltra en todos los ámbitos de la existencia. Curar, aliviar y acompañar ya no son los criterios de la acción médica.
Varón y mujer, que fueron principio de complementariedad y fecundidad, se presentan como construcciones intercambiables, sometidas a la lógica del género.
La familia, fundamento de toda sociedad y cultura, es reducida a contrato revocable o a laboratorio de afectos efímeros.
La naturaleza, antes considerada como casa común, es ahora absolutizada hasta convertirse en un dios o hasta transformar al hombre en su enemigo.
La ciudad, antaño lugar de perfección, encuentro y amistad cívica, se disuelve en redes de intereses fragmentados o en un escenario de lucha de clases y opresión, donde importan más los territorios que las personas.
El trabajo y la economía también han sufrido esta mutación: lo que fue perfección humana, vocación y servicio a la sociedad, se convirtió en esclavitud y explotación. Aquello en que consistía el intercambio natural de bienes y servicios, se reduce a decrecimiento.
La educación, que debía consistir en acompañar a la persona para que saliera de sí misma, conociera y estableciera una relación amorosa con las diversas dimensiones de la realidad —la naturaleza y los artefactos técnicos, los demás seres humanos y Dios, para quienes creen—, se transforma en ingeniería social, construyendo la realidad desde el llamado homo faber, centrado en el desarrollo de habilidades o competencias técnicas y no en la adquisición de virtudes.
La cultura, llamada a nutrir de belleza y sentido lo que contemplamos, lo que hacemos y lo que fabricamos, se degrada en propaganda, relativismo y cancelación.
La política, que nació para el bien común, se degrada en teatro de facciones, corrupción y manipulación del poder.
Y la religión, raíz de toda civilización, es arrinconada al ámbito privado, impidiendo que tenga reconocimiento en la vida pública, tal como de hecho nació el cristianismo, o bien es convertida en una espiritualidad ligera, e incluso en la negación y perversión del sentido religioso del hombre mediante el laicismo del Estado, el neopaganismo o el ateísmo práctico.
Este recorrido del eclipse de lo humano no es fruto del azar. Responde a una antropología deletérea y destructora que atraviesa la modernidad y que, en distintas etapas —ilustrada, marxista, liberal o posmoderna—, ha ido sustituyendo lo real por lo ideológico. Bajo la promesa de emancipación, el hombre ha terminado prisionero de sus propias construcciones, padeciendo abandono y soledad.
Sin embargo, el eclipse no es el fin, sino la oportunidad de redescubrir la grandeza de lo humano, precisamente porque lo vemos amenazado. Porque allí donde todo parece oscurecerse, la fidelidad a la verdad, al bien y a la belleza —del varón y la mujer, de la vida, de la salud, de la familia, de la ciudad, de la naturaleza, del trabajo, de la economía, de la educación, de la cultura, de la política y de la religión— sigue brillando como una lámpara que orienta en la noche, para vivir y cultivar esos bienes humanos fundamentales sobre la base de la libertad, la seguridad, la justicia y la paz.
NULL
