viernes 22  de  mayo 2026
OPINIÓN

La "Constitución invisible" de los venezolanos

Un análisis minucioso y normativo que plantea reflexiones y tiene en cuenta los dictámenes de la historia

Diario las Américas | ASDRÚBAL AGUIAR
Por ASDRÚBAL AGUIAR

A raíz de la metáfora que de nuestra realidad se nos vuelve la muerte de doña Carmen Navas, octogenaria, madre de Víctor Quero, preso político que fallece en las mazmorras de una insensible dictadura que se lo ocultara, cabe nos preguntemos los venezolanos si hacen sentido nuestros debates constitucionales y políticos, atentos a nuestra transición hacia la democracia sin haber resuelto lo esencial.

Me refiero al valor que le otorgamos a lo radicalmente humano. Lo que no se ve en los textos legales, pero es real como las certidumbres que construyen la confianza y cuya pérdida mata la esperanza como el deseo de apostar a los riesgos. Es el tener al lado y no a la cabeza modeladores éticos, cuyos ejemplos valga la pena emular y seguir, en fin, aprendiendo a compartir – sin abandonar lo propio e insustituible – unos proyectos de vida que abonen en favor de todos y nuestra dignidad.

No se trata ya de responder aquello que tanto nos ha carcomido el alma durante las casi tres décadas que dura la satrapía que aún padece nuestra nación hecha hilachas, vuelta diáspora, es decir, ¿cómo fue posible que unas generaciones que nos modernizamos material e intelectualmente a partir de 1959 – miles de estas, casi 65.000, beneficiarias del Plan de Becas Mariscal de Ayacucho, formadas en los mejores centros académicos del mundo (1974-1999) – hicimos espacio en nuestro hogar común a la maldad, al mal absoluto?

Y sépase que este traspié, que es colectivo y sólo la irresponsabilidad o el escapismo de algunas élites los lleva a insistir sólo en la búsqueda de culpables y sus nombres para no mirarse en sus espejos, mal encuentra paralelo justo en las experiencias de nuestra república.

Esta, disuelta, vuelta girones, mediando traiciones y delirios de poder entre las huestes y cada uno de los caudillos que parían nuestras decenas de revoluciones, cuando menos la marcó el empeño de darnos estabilidad institucional. Privaba un genuino amor a lo venezolano, así fuese el que sólo se cocinaba o en las sociedades económicas de amigos del país o en los cenáculos de las espadas que sobrevivieron a las guerras por la independencia. Pienso en José Antonio Páez y Carlos Soublette como en el rector José María Vargas, tras el final de esa guerra fratricida por una emancipación de España que nos dejase sin libertad, que cesa en 1830. También reparo en los autores de los Estados Unidos de Venezuela, pasada la guerra federal, como Juan Crisóstomo Falcón y “los compadres”, Antonio Guzmán Blanco y Joaquín Crespo.

Si de darnos una nueva constitución es de lo que se trata y lo que preocupa a los oficiantes de la política y a sus tinterillos, está bien. Pero he decirles que cabrá dejen atrás el complejo que algún diletante político nos montó sobre las espaldas acaso a propósito o para denostarnos; como ese de que tras cada revuelta nos hemos dado durante 200 años – ausente la nación – más de 26 constituciones, si se incluye a la gran colombiana de 1821. Es una mentira monumental.

Si de modelos con identidad y especificidad se trata, sólo cabe contar a las constituciones de 1811, 1830, 1864, 1947, 1961 y 1999. Marcan y determinan, sucesivamente, a nuestro Estado federal descentralizado, nuestro nacimiento como república una vez separados de Colombia, la que fue consecuencia de la guerra federal, la que nos da el voto universal y directo, la partera de nuestra república civil de partidos, y la última, el pecado original, la de la degeneración bolivariana. Estados Unidos, que ahora guía nuestros pasos, se dice que ha tenido una sola constitución, pero lo veraz es que ha sido modificada 27 veces, como en Venezuela.

En nuestro caso, la diferencia es que cada gendarme de turno, que reforma la constitución para alargar o acortar su poder o para aumentar o disminuir el número de los Estados, intenta pasar a la gloria firmando la suya como un acto que borra la memoria, creyendo que la historia puede reiniciarse desde cero. Era lo propio de nuestro complejo adánico, resumido en frases célebres: “Revolución integradora” (1831), “Dios y federación” (1863), “la patria es lo primero” (1867), “regeneración” (1875), “nuevos hombres, nuevos ideales, nuevos procedimientos” o “rehabilitación y restauración” (1899), “pacificador” (1908), “nuevo ideal nacional” (1949).

Que la constitución de 1999 es, al cabo, nuestro pecado original y la base de lo corriente y ominoso, ni qué dudarlo. Ella favorece al gobernante-legislador con vocación de perpetuidad, que distribuye derechos humanos a su arbitrio; acaba con la autonomía histórica de los municipios; le confiere a las instituciones que son partes ante la justicia – el llamado Poder Moral – la potestad de remover a los jueces que deben controlarlas; en fin, que transforma en objeto de la seguridad nacional, léase, que somete a cuidado del mundo militar a todos y al todo de nuestra cotidianidad personal y ciudadana. Es la misma, en suma, la visión hiperbólica de la pretensión bolivariana de 1819 – la de la deuda eterna e insoluble del pueblo con sus hombres de espada – y la del proyecto boliviano de 1826, forjador del gobierno vitalicio y hereditario.

Que tengamos que repensarnos e ir en búsqueda de las huellas extraviadas desde nuestra génesis – tributarias de la experiencia foral hispana, maceradas en pueblos de doctrina, decantadas en la vida municipal como primera experiencia de libertad: tanto que fue la municipalidad de Caracas la que decide nuestra separación de Colombia y la emergencia de nuestra república primeriza, es también algo loable y más que válido.

Los parteros nuestros, los mancillados doctores de 1811, civiles auténticamente liberales y ajenos tanto a la corrección política – no leían a Nicolo Montesquieu y su obra El Príncipe – como a los autócratas que beben de las fuentes del Derecho divino de los reyes, buscaban preservar, sí, nuestra realidad de ciudades más próximas al fogón de lo familiar. Era la fuente modeladora de nuestra confianza social, la raíz que haría posible el dibujo de una nación de hombres libres.

Mas redescubrirnos en el ser que somos los venezolanos, como seres de presente y en reelaboración constante, acaso inacabados, diferentes en nuestras tonalidades dentro de lo nacional (andinos, llaneros, caracteres bañados por el Orinoco, amasados por el sol marabino y coriano, hijos del centro del país o caribeños de ambos extremos), e imaginativos, resilientes, transformadores de nuestros problemas en circunstancias desternillantes, habrá de ser, sin embargo, lo primero.

Se trata, pues, de imaginarnos en el traje común que mejor nos engalane y del que también hemos de desnudarnos para mostrarnos, no solo ante quienes nos observan desde la distancia y con quienes convivimos todos, nuestra diáspora y los de adentro, sino ante nosotros mismos. Se trata, justamente, de considerar si esa maldad absoluta que incubase en el alma de un número significativo de nuestros compatriotas fue la obra de una degeneración propia y en casa o acaso un vicio importado. Ambas requerirían de reeducación social y cultural.

En ese paso crítico, el de nuestro reencuentro, la tarea será volver a redescubrir lo que nos da especificidad más allá de las diferencias o separaciones que se nos impusieran durante las tres décadas que vamos a cumplir como nación dispersa, de disgregación entre las familias. Se trata de que el 30% de la población que migró, una parte significativa regresará con otro talante a cuestas; probablemente similar al de las corrientes migratorias – canarias, europeas, andinas – que nos diesen lo mejor de lo suyo y nos hicieron crecer cuantitativa y cualitativamente como población. Estamos a las puertas de un nuevo mestizaje cósmico, dentro de un gran colisionador como el que recreó la partícula de Dios.

Nos corresponderá repetir entre nosotros lo vivido por los alemanes – los de la zona oriental y los de la zona occidental – tras la apertura de la Puerta de Brandemburgo y el final del comunismo. Este dejó tras de sí males y maldades inenarrables como las que llevaran hasta la muerte a doña Carmen. Dejará enseñanzas que, salvo que se busque desplazarlas por escapismo o cómoda indolencia en quienes sólo se preocupan y les ocupa trillar sobre una república imaginaria, serán fundamentales para la inédita tarea pendiente de volver a describir con normas constitucionales auténticas a la vez que efectivas a esa nación aspiracional, históricamente preterida, repito, desde hace dos centurias y pronta a reparar sus heridas.

Téngase presente que de dignidad humana y de su valor eminente saben más y sin enconos quienes la han visto hollada en sus carnes y espíritus, y los que hoy, regresando de los infiernos, como los policías Metropolitanos, traspasan las rejas y recobran la esperanza – doña Carmen hablaba de la Caja de Pandora, que al vaciarse deja al final eso, esperanza.

Lo invisible de lo venezolano

¿Tendremos un parlamento bicameral o un presidente que no podrá reelegirse o será electo en doble vuelta, y unos jueces cuya probidad demostrada e independencia, no simulada, administren justicia oportuna? Posiblemente, pero todo eso, necesario, es lo instrumental.

En toda constitución real, la verdadera metáfora – vuelvo a usar la palabra –de su nación, su esencia, es invisible y tan real como el aire que nos oxigena. Es la que construimos y deconstruimos durante nuestras cotidianidades y sin la cual, la otra, la sacramental, se vuelve remedo o caricatura. Es la que se forma reconstruyendo, primero que todo, la confianza perdida. “Si no tiene confianza corriente, el hombre no se levantaría de su cama”, dice Pierre Rosanvallon. Sólo se construye ésta a partir de espacios sociales que no sean complejos; que aprenden del pasado – predominante en el mundo familiar o en la comunidad – para organizar el presente más allá de este y anticipar confiados el porvenir. El predicado constitucional, por lo visto, se capta al instante.

La confianza se pierde, a la par, por falta de transparencia, cuando la gente carece de elementos de información y de juicio que le permitan manifestar su confianza, antes de que la domine la desconfianza, como ha sido la regla en Venezuela a partir de 1999.

Se trata, pues, de un proceso complejo y en marcha que requiere de acompañamiento leal – lo han hecho, sin ambages, María Corina Machado y Edmundo González Urrutia. Pide la presencia modeladora que incide en lo psicológico y lo sociológico, de una autoridad moral que no es la legal o la del poder, siempre refractaria. La auctoritas, propia de los verdaderos líderes – distinta de los candidatos de oficio – es la única que cataliza durante deliberación democrática, sin pretensiones de secuestrar o dirigir a la voluntad general. Acompaña, modela, es eminente y a la vez próxima, cercana a la misma gente.

En esa constitución invisible de la venezolanidad presta a rehacerse, habrá de contar como resorte crítico y moral la legitimidad. Es el elemento constituyente de la vida social y política. Se refiere a aquello que se reconoce por todos en su calidad moral y, de suyo, ciudadana. Es subjetiva e imperativa. Pero no se trata de la autoridad ni de la legalidad, repito, fácilmente asibles. Es algo inasible. No se impone, sino que se reconoce. Es el ideal perfectible que amalgama, distinto del dogma que busca dominar. Es el principio vital de una democracia que se mira en la gente y realiza sus aspiraciones compartidas.

Lo electoral, cabe advertirlo, es medio o accidente. Dicho en términos constituyentes, la legitimidad es el rostro y la enseñanza que nos lega Carmen Navas. Es la síntesis genuina de los sueños de quienes, sintiendo en sus ojos entrecerrados los rayos de la libertad y el cese del oscurantismo, están abandonando nuestras cárceles y el exilio.

Darnos una transición democrática auténtica, en síntesis, pide que resolvamos sobre lo que es el enigma y el espíritu de la democracia. Que cambien o no las constituciones y sus formas de tanto en tanto, es irrelevante, mientras sean congruentes con lo que sólo da la voluntad de nación, la confianza y la legitimidad. El poder constituido no es intrínsecamente legítimo. Así de simple.

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