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El rey debe morir rey

La monarquía no tiene que caer bien. Para eso ya está el Gobierno. Modernizar la monarquía es como modernizar el telégrafo

Me molestan los cambios. Me gusta que las cosas estén como han estado toda la vida. u00bfConservador? Tal vez. Aunque también me molestan las etiquetas. En realidad, creo que me molesta todo, aunque esto es otro asunto. Me exaspera que las cosas no estén en su lugar. Me desconcierta que la pizza no esté donde acostumbra en el supermercado, me irrita que a mi champú de siempre le endosen una u201cnueva fórmula u201d y, por supuesto, me disgusta que el rey de España no esté en su lugar natural, que es el trono. El único sitio donde me da igual que las cosas estén fuera de su lugar es en mi habitación. Además, podríamos discutir largo y tendido sobre cuál es el verdadero espacio donde debe ubicarse una camisa usada. n

En un siglo en el que todo se mueve demasiado rápido, aumento mi tendencia a apreciar que las cosas permanezcan. Algún desquiciado propagó esa idea de que el progreso es la única forma de mover el mundo, y hemos acabado metiéndonos en la laguna del mar digital, sin privacidad, sin tiempo, con los niveles de ansiedad en rojo, y hablando constantemente con aparatos electrónicos. Mi desconfianza hacia el progreso sólo se ve superada por mi desconfianza hacia los progresistas, todavía más peligrosos que una lavadora inteligente. n

Es posible que ser monárquico y español estos días sea una temeridad o un acto tan revolucionario como leer un libro de papel o enviar un telegrama. Pero no hace tanto las cosas eran diferentes. Muchos españoles aprecian aún a la monarquía por oposición, es decir, por temor al recuerdo de la II República. No es casualidad que en una de las primeras concentraciones por la III República en España los manifestantes hayan sacado a pasear una inmensa guillotina. No lo es. Que a España, al final, siempre le obligan a elegir entre un rey en La Zarzuela o una guillotina en la calle. n

Hasta hace poco tiempo veíamos también en la corona un elemento cohesionador. Algo que se ha debilitado en estos años. Y no por los escándalos reales, como se presupone, sino por los errores de la institución. No. No fue inteligente tratar de convencer a los españoles de que Don Juan Carlos era el primer rey republicano de la historia. Porque se lo creyeron, generando un erro de fondo. n

Veamos. Yo al rey le pido que reine y contribuya a la paz, a la unidad, y a la libertad del país. Y que ponga esa maravillosa cara de cartón, tan de los Borbones, cada vez que sea necesario. No le pido que sea como todos. La monarquía es una institución que parte de la presunción de que sus miembros poseen sangre azul. Sangre azul. No se me ocurre mayor elemento distintivo. A un tipo que dice ser de sangre azul puedes exiliarlo, aislarlo, o incluso lanzarle un zapato a la corona. Pero no le puedes pedir que sea igual a los demás. La monarquía consiste precisamente en que hay uno, el rey, que es diferente a los demás. Viene en los cuentos hadas.

nUn rey debe asumir las consecuencias de sus actos. Para bien y para mal. Y sufrir tal vez el escarnio público por corrupción, por imprudencia, o por cazar elefantes a destiempo. Eso y que muera con la corona puesta son las dos únicas cosas que pueden esperarse de un rey, salvando muy contadas excepciones entre las que no acabo de ubicar el caso que nos ocupa.

nLa monarquía española, como los zapatos de los años 50, el aire sin contaminar, las pirámides de Egipto, el ron venezolano, y el cine de John Ford, está bien. Quizá porque todo lo antiguo está razonablemente bien. Por eso me inquieta oír hablar al rey de un paso necesario hacia una generación más joven, hacia una renovación. n

El rey y su heredero no deberían olvidar que no hay nada peor que un octogenario vestido de adolescente, intentando que los jóvenes le acepten en la pandilla. La monarquía no tiene que caer bien. Para eso ya está el Gobierno. Modernizar la monarquía es como modernizar el telégrafo. n

Dicho esto, soy inevitablemente español. Así que ya era hora, majestad.
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