La maravilla de las redes sociales me ha permitido reencontrarme con Juan Carlos, un amigo que hiciera en 1981 cuando nos tocó entrar juntos al servicio militar obligatorio. Nos conocimos en el regimiento estudio en Gelpi, Matanzas, donde nos las arreglamos para divertirnos y sobrevivir en medio de las movilizaciones constantes, el fango y la precariedad de la convivencia en el monte.
El sueño del Moro Pasteles
El testimonio de Juan Carlos, 'El Moro Pasteles', revela la desesperanza de los cubanos y la esperanza depositada en Donald Trump ante la crisis del país.
“El Moro Pasteles” era su ridículo nombre de guerra que le inventamos en medio de aquellas jornadas esperando a Reagan en inútiles trincheras a la orilla de la bahía de Matanzas. Hoy me cuenta que trabaja de albañil y que a pesar de su reconocida e histórica “gusanería” nunca consiguió largarse del país, por una u otra razón no termino de montarse en la balsa.
Nos reímos recordando como ensayaba su nombre en inglés para cuando llegaran los americanos, que no vinieron en definitivas, “John Charles of the Croix” repetía una y otra vez tratando de perfeccionar la pronunciación. Hoy con 63 años y desde el lugar del que siempre quiso escapar el Moro me pide que le trasmita su mensaje al presidente Trump, “que acabe de venir, que no nos queda nada ni en el refrigerador ni en la billetera”.
Es el recurrente mensaje que nos llega por todas partes. Los cubanos de a pie no tienen otra esperanza que ver llegar los dólares de la supuesta invasión americana. “A ver si por fin reparo la casa y le puedo comprar algo a los nietos”.
Prefiero no darle mi opinión del día después para no arruinar la alegría del reencuentro con el Moro, prefiero seguir recordando nuestra juventud y prometerle que enviaré su mensaje, como si llegar a la oficina oval fuera como tocarle la puerta al vecino. Me imagino acercándome al presidente y diciéndole, “que dice el Moro Pasteles que acabe de ir que no lo embarque”.
Con Lídice la cosa es distinta, ella entiende cuando le comparo el Berlín de postguerra con la situación de Cuba. Desde la Habana, mi antigua compañera de estudios universitarios dice que sí, que recuerda los documentales de la capital alemana en ruinas después de la victoria aliada, o las filas de berlineses para recibir unas cuantas papas y una lata de sardinas. Pero a pesar de ello Lídice no pierde la esperanza de que la cosa mejore una vez que los americanos lleguen, “no jodas, la ciudad bombardeada es ahora, pero sin papas ni latas de sardinas, aquí hacemos la cola para lo que pueda aparecer”. Está segura de que nada puede ser peor que los mosquitos que llegan en los apagones, del hambre con que dice acostarse tres veces por semana.
Vuelvo con Juan Carlos, el Moro, quien tiene la solución inmediata para el problema del día después, “lo que necesitamos es que Trump acerque más el portaaviones ese que prometió, que se pegue a la costa y nos tire una extensión para conectarlo a la red eléctrica y se acabaron los problemas”; el Moro también quiere el agua potable que pueda bajarse del portaaviones, hasta se imagina la fila de los cubanos con cubos y tanques. “sería como la patana turca, imagínate que en vez de uno fueran dos portaaviones, uno en La Habana, el otro en Santiago de Cuba y ya... colorín colorado, se acabó la desgracia”.
“¿Entonces sí?, ¿con agua y luz te quedarías en la isla?” me atrevo a preguntarle, “naaahhh”, estira su respuesta el Moro, “déjame darme un brinquito que llevo toda mi vida en esta cueva”, se pone categórico.
“¿Y si sales, volverías?”, el Moro se sonríe, “eso siempre se responde con una mentira, pa’ que te den la visa, compadre”.
Lídice no disimula cuando le pregunto sus planes para el día después, “lo mío es huir, hasta el infinito y más allá, estoy dispuesta a pasar el resto de mi vida en una eterna carrera, alejándome de este infierno, mientras a más distancia, mejor”.
Cuando le cuento a Lídice la supuesta solución del Moro para el problema eléctrico ella entre risas me asegura que ni así se queda, que me regala el portaaviones la extensión eléctrica y hasta la manguera de agua, “ni, aunque fuera agua efervescente, lo mío es huir, como escapaste tú en su momento, ahora no quieran que yo me quede en la reconstrucción”.
Para el Moro la cosa es más sencilla, el día después y con el portaaviones enchufado, “dormiría toda la noche, con el ventilador puesto, sin tener que abanicar a los nietos, ¿te imaginas?, como sentencia de su simplismo remata, “Toda una noche sin tener que levantarme, eso sería como un sueño hecho realidad”.
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