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OPINION

El trabajo ha muerto: bienvenidos a la economía sin humanos

Un análisis preciso para contar las cosas como son

Por Mookie Tenembaum

Algo muy grande está pasando. No cuando tus hijos sean grandes, sucede ahora, y nadie —o casi nadie— está prestando atención. Es un cambio de era, no es un fenómeno más, tampoco es una moda tecnológica. Y lo más desconcertante es que, aunque las señales están por todas partes, seguimos viviendo como si nada. Como si el trabajo siguiera existiendo para siempre. Como si estudiar una carrera hoy tuviera sentido. Como si el futuro fuera una versión un poco mejor del presente.

Pero no lo es. Lo que se viene es un vuelco absoluto.

Vamos por partes. Imagínate que toda la economía —lo que cuesta hacer cosas, lo que tardan en fabricarse, lo que ganas por hacerlas— empieza a cambiar a pasos agigantados. Sistemas inteligentes realizan cada vez más actividades, desde escribir un texto hasta diseñar un edificio. Lo que antes llevaba semanas de trabajo humano ahora puede resolverse en minutos. Y lo que antes costaba una fortuna, pronto va a costar casi nada.

En los próximos años, la mayoría de los bienes que hoy compramos se volverán increíblemente baratos. Productos fabricados, servicios digitales, entretenimiento, diagnósticos médicos, software, ropa, herramientas; todo eso entrará en una curva de reducción de precios como nunca se vio. ¿Por qué? Porque cuando lo que produce ya no es una persona que cobra un sueldo, sino un sistema automatizado que trabaja 24/7 sin cansarse, el costo de producir se derrumba.

Tu computadora, tu teléfono, tus anteojos, tus muebles, tu comida, todo eso valdrá una fracción ridícula de lo que cuesta hoy. En menos de una década, hablamos de precios tan bajos que ni vale la pena ponerlos en números porque parecerían irreales. ¿Qué pasa entonces con el trabajo? Pasa que no hará falta.

Y esto no es una tragedia, es una liberación. Por primera vez en la historia, entramos en un mundo donde la producción no depende del esfuerzo humano. Lo que significa que el trabajo, tal como lo conocemos —levantarse temprano, cumplir horarios, competir por un sueldo, estudiar una carrera para conseguir empleo— pierde sentido. Lo que ocurrirá es que no habrá trabajos para la mayoría.

Y eso, aunque suene brutal, es una excelente noticia si sabemos prepararnos. Porque una economía que produce muchísimo con muy poco esfuerzo puede, perfectamente, sostener a las personas sin necesidad de que trabajen. No con planes sociales ni subsidios marginales. Con recursos abundantes, bien distribuidos, que permitirán vivir sin dependencia del empleo. La tecnología lo permite. La economía lo permite. Lo único que no lo permite —por ahora— es nuestra cabeza.

El problema es que no lo queremos ver. Hay una especie de ceguera generalizada, una negación colectiva. Como cuando veíamos noticias de un virus en China y pensábamos: “eso allá, no acá”. Ahora hacemos lo mismo. Nos muestran lo que ya pasa con la inteligencia artificial y seguimos como si no fuera con nosotros. Estudiamos derecho, medicina, arquitectura, como si esas profesiones fueran a durar intactas veinte años más. Los jóvenes eligen carreras sin saber si esas tareas existirán dentro de cinco años. Es como si camináramos de espaldas hacia un precipicio: no por maldad, sino por costumbre.

Y el sistema acompaña esta negación. Los gobiernos no planifican nada a la escala que se necesita. La educación sigue igual. La política sigue discutiendo temas menores. Nadie prepara a la sociedad para una transformación inevitable. Una transformación que, además, será brutalmente rápida. Las estimaciones no hablan de un crecimiento lento: hablan de multiplicar el tamaño de la economía global cada pocos años. Lo que normalmente tardaba un siglo en duplicarse, ahora se duplicará en dos, tres años. Resta imaginar cómo será esto aplicado al nivel de vida, a la abundancia, a la velocidad con la que todo cambia.

Y, aun así, actuamos como si hubiera tiempo. Como si uno pudiera decir: “yo prefiero que no cambie tanto”. Pero la historia no pregunta y la tecnología no espera. Y cuando el cambio se vuelve evidente para todos, es porque ya pasó. Es como un terremoto: cuando lo sentís, ya es tarde para agarrar las cosas.

Entonces, ¿qué deberíamos hacer? En primer lugar, dejar de prepararnos para un mundo que ya no existe. No tiene sentido seguir apostando todo a la carrera, al currículum, al trabajo como estructura vital. No tiene sentido pensar el éxito en términos de empleo. Porque incluso quienes tengan trabajo, probablemente trabajen muy poco. La mayoría del valor se generará por otras vías: por poseer capital, por crear sistemas, por entender el nuevo entorno. O simplemente, por saber vivir en una sociedad donde el tiempo libre es la norma y no la excepción.

En segundo lugar, tenemos que empezar a hablar de esto. En las escuelas, en las familias, en los medios, en los congresos. El silencio que hay en torno al tema es un síntoma gravísimo. La gente necesita saber lo que se viene, entenderlo, digerirlo, prepararse emocional y mentalmente. Porque incluso si las consecuencias son positivas —y muchas lo serán— el desconcierto puede ser paralizante. El golpe más fuerte no es perder el trabajo. Es no entender por qué ya no se necesita.

Y en tercer lugar, hay que empezar a exigir que los sistemas se adapten. Que las leyes, los impuestos, la educación, el sistema financiero, todo se empiece a rediseñar en función de esta nueva realidad. Porque si no, cuando llegue el momento, vamos a tener una sociedad que vive como en el siglo XX intentando sobrevivir en el siglo XXI. Y eso no solo es ineficiente. Es cruel.

Lo que viene no es inimaginable. Lo que pasa es que no queremos pensarlo. Porque proyectarlo nos obliga a actuar, a cambiar cosas, a abandonar certezas. Pero si no lo hacemos ahora, después será tarde. Y quienes no estén preparados, no van a sufrir porque falte trabajo. Van a sufrir porque no van a saber qué hacer con sus vidas.

Este texto no es un pronóstico ni una advertencia, es un llamado. A dejar de mirar para otro lado. A entender que el futuro no es una posibilidad: es un hecho. Y que, aunque el cambio será enorme, el error más grande sería llegar a él sin haberlo pensado. Como si no fuera con nosotros. Como si todo fuera a seguir igual. Como si el mundo no estuviera a punto de explotar en abundancia.

Las cosas como son

Mookie Tenembaum aborda temas de tecnología como este todas las semanas junto a Claudio Zuchovicki en su podcast La Inteligencia Artificial, Perspectivas Financieras, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.

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