“Y habrá un tañer de campanas por todas las serranías”- Manuel Artime
Epitafio para una revolución fracasada
El más reciente artículo sobre el tema, de la publicación USA Today, basado en fuentes anónimas, habla que una de las condiciones del acuerdo sería la captura de Miguel Díaz-Canel
¿Qué quedará de la fracasada revolución cubana? Creo haber encontrado la respuesta en una frase de Fernando Ortiz que aparece en uno de los ensayos de la antología, La Isla Infinita, que recoge lo mejor de su magistral obra: “Infernales recuerdos”. ¿De qué otra forma se pueden resumir 67 años de barbarie?
Los ejes de la desinformación están girando a máxima capacidad. Todos los días aparece un nuevo artículo que tiene que ver con el plan del presidente Donald Trump y Marco Rubio para solucionar la crisis cubana. Lo interesante es que las fuentes son anónimas y por ende carecen de seriedad, pero detallan planes y conversaciones como si se les hubiesen adelantado los detalles por entrega especial.
La administración del presidente Trump ha dicho que están hablando con figuras del régimen y que el secretario de Estado, Marco Rubio, está a cargo de las conversaciones. Hasta ahí todo bien. Con Venezuela pasó lo mismo: todos los seudexpertos daban sus versiones y, al final, se supo, no por fuentes anónimas ni especulaciones, pero cuando vimos a Maduro capturado y esposado por la fuerza, élite que fue a buscarlo.
El más reciente artículo sobre el tema, de la publicación USA Today, basado en fuentes anónimas, habla que una de las condiciones del acuerdo sería la captura de Miguel Díaz-Canel. No mencionan si con la primera compañera Lis Cuesta o no; a su vez, aseguran la permanencia de la familia Castro en Cuba con los puertos, las minas y el turismo, abrir las puertas a los viajes de ciudadanos americanos a la isla y el relajamiento de sanciones. Habría que preguntarse qué resolvería eso, más allá de darle oxígeno a una dictadura que la única opción que tiene es desaparecer para que ese pueblo pueda salir hacia adelante. Algo así como una mala versión de la reanudación de las relaciones de Obama.
Más allá de un suicidio político para la administración de Trump, esta absurda propuesta no sería una solución, sería continuidad e implicaría la pérdida del voto cubano americano y tanto Trump como Marco Rubio lo saben. Eso es precisamente lo que buscan quienes están promoviendo esta narrativa. Ganar tiempo y que Trump pierda la mayoría que disfruta en la Cámara y el Senado.
Durante su reciente visita a Miami en la cumbre Escudo de las Américas, el presidente habló de una solución para el caso de Cuba y dijo que puede ser amistosa o no. La pelota está, como dicen, del otro lado de la cancha. Pero harían bien los comunistas cubanos en repensar su futuro. A Maduro y a la primera combatiente, Cilia Flores, no les va muy bien en sus nuevas instalaciones en Brooklyn.
Más allá de su beneficio personal, la cúpula de poder en Cuba no ha hecho nada absolutamente por mejorar la situación del pueblo. 67 años después del triunfo de la revolución, no hay luz, ni agua ni transporte, ni medicamentos ni alimentos y tampoco fe que la dirigencia actual pueda producir soluciones que no sean recibir ayuda o donaciones.
Hay un pueblo cansado que dejó de creer en consignas huecas, el discurso de un Fidel Castro dejó de motivarlos porque lo desprecian y saben que fue la principal causa de sus problemas. Ya nadie les cree que el embargo es el culpable de sus males. Los cubanos saben que Cuba puede hacer negocios con quien quiera. A diario, los que caminan por las calles inundadas de basura bajo el sol o la lluvia sin la más mínima esperanza de transporte público ven rodar automóviles de lujo con aire acondicionado. La nueva clase que maneja dólares importa motos acuáticas, jacuzzis y otros lujos. Los cubanos, ciudadanos de quinta categoría en su propia tierra, saben que la culpa no es del embargo porque, ¿cómo se justifican nuevos restaurantes y tiendas abarrotadas de productos que la mayoría de los cubanos jamás han visto?
Cuba es un estado fallido, debido a la incompetencia de sus dirigentes, a la corrupción y la desmedida ambición de unos cuantos por permanecer en el poder. En un país donde se supone que prevalezca la igualdad, es difícil hacer creer que no hay diferencias abismales entre los que tienen dólares y los que no.
Harían bien los que están en posición de contribuir a un cambio, de pensar en sus opciones porque el cambio, quieran ellos o no, viene. Cuba ha perdido aliados, ha perdido la fe de los que le han dado millones que se han robado o despilfarrado en todo menos en las necesidades del pueblo.
¿Qué posibilidades tienen los dirigentes cubanos de resolver la crisis actual? Ya ni los viejos amigos tienen fe en su capacidad. Tiene que venir un cambio para que ese país no se hunda entre las montañas de basura y las tinieblas.
Y tiene que venir porque todavía los integrantes del comité central del fracasado partido comunista hablan de reordenamiento que nunca rinde fruto en medio de un caos insostenible producto de su propia ineficacia.
El asesor de esbirros y pésimo propagandista, Abel Prieto, escribió en la plataforma X su profecía sobre la solución a los problemas que los acechan: “Los títeres de Trump serán barridos más temprano que tarde y Trump expulsado de la Casa Blanca”. ¿Se lo habrán dicho fuentes anónimas? Dijo más, concluyó su predicción asegurando que “Cuba seguirá venciendo contra viento y marea todas las dificultades y amenazas”.
Supongo que su fértil imaginación le hará ver que Cuba se iluminará con las luces de la aurora boreal y por arte de magia se acabarán los apagones. El agua se desbordará por los grifos, la basura se irá volando sola hacia un basurero espacial y las ratas abandonarán el país al son de la música del flautista de Hamelín. La dirigencia dejará de ser inepta, se acabará la represión y él seguirá soñando que está viviendo en el Macondo de su amado García Márquez.
Llegó el fin de la película y la hora de escribir el epitafio de la revolución:
Su muerte fue lenta y dolorosa. No murió sola, arrastró en su agonía a millones de cubanos que la padecieron. Destruyó un país otrora próspero y dejó una secuela de muerte y terror durante sus largos años de existencia. Dividió a la familia, dejó la tierra árida, el mar ensangrentado y el aire con la fetidez de la destrucción y la traición.
La enterraron para siempre y, una vez que la vieron bajo tierra, los habitantes de la isla salieron a celebrar sobre las ruinas que serían reconstruidas y, por primera vez, los isleños conocieron la paz y la prosperidad y, por siglos, dejaron de mencionar las palabras patria o muerte, porque el final fue feliz y fueron ellos los que vencieron.
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