En un mundo que se reconfigura aceleradamente bajo tensiones geopolíticas, guerras comerciales y disputas por cadenas de suministro, el hemisferio occidental enfrenta una disyuntiva histórica: o se articula como bloque económico estratégico o seguirá siendo un mosaico fragmentado, vulnerable a la influencia de potencias extrahemisféricas.
Escudo de las Américas, una oportunidad estratégica que EEUU no puede dejar pasar otra vez
La propuesta legislativa conocida como “Ley de las Américas”, impulsada por María Elvira Salazar, Adriano Espaillat, Bill Cassidy y Michael Bennet representa mucho más que un proyecto económico
En ese contexto, la propuesta legislativa conocida como “Ley de las Américas”, impulsada por María Elvira Salazar (R-R), Adriano Espaillat (R-D), Bill Cassidy (S-R) y Michael Bennet (S-D) representa mucho más que un proyecto económico; es el embrión de un verdadero Escudo de las Américas.
No haberla aprobado fue, en términos estratégicos, una oportunidad perdida. Retomarla hoy no es opcional; es una necesidad.
EEUU debe pasar de la globalización ingenua al realismo hemisférico. Durante décadas, Estados Unidos promovió una globalización que, bajo la promesa de eficiencia, terminó fortaleciendo a competidores estratégicos dentro y fuera del hemisferio. La dependencia crítica de Asia (particularmente de China) en sectores como semiconductores, productos farmacéuticos y minerales raros dejó al descubierto una vulnerabilidad estructural.
La respuesta no puede ser el aislacionismo. Debe ser la relocalización inteligente, traer de vuelta (o acercar) las cadenas de suministro hacia países aliados. Ahí es donde la Ley de las Américas cobra sentido.
La región debe optar por una arquitectura económica hemisférica, esto es, más mercado, no más Estado.
El diseño del proyecto es particularmente relevante desde una perspectiva ordoliberal, no propone transferencias masivas a gobiernos (frecuentemente capturados por clientelismo o ineficiencia), sino incentivos y financiamiento para el sector productivo.
$60,000 millones en préstamos para empresas que reubiquen su producción.
$10,000 millones en incentivos fiscales para facilitar el reshoring y nearshoring.
Esto no es asistencialismo. Es capitalización estratégica del sector privado, bajo reglas claras y objetivos definidos. En otras palabras, el Estado organiza (crea el orden oportuno) y el mercado ejecuta (se moviliza con eficiencia).
El Escudo de las Américas es más que comercio, seguridad estratégica.
Hablar de comercio en este contexto es quedarse corto. Lo que está en juego es la seguridad hemisférica en su dimensión más amplia:
- Seguridad económica: reducir dependencia de cadenas con países antidemocráticos y hostiles.
- Seguridad industrial: recuperar capacidades productivas críticas.
- Seguridad política: fortalecer democracias mediante prosperidad.
- Seguridad geopolítica: contener la influencia de potencias extrahemisféricas.
El Escudo de las Américas no es un concepto militar, sino una red de interdependencia económica entre democracias que hace más costosa cualquier desestabilización.
América Latina y el Caribe han de pasar de periferia a plataforma estratégica.
Para nuestros países, esta iniciativa representa una oportunidad histórica; convertirse en hubs manufactureros regionales; integrarse a cadenas de valor de alto nivel tecnológico; generar empleos formales y transferencia de conocimiento; reducir la migración impulsada por falta de oportunidades.
Claro está, esto no ocurrirá automáticamente. Requiere reformas internas en la seguridad jurídica, estabilidad regulatoria, infraestructura competitiva y combate frontal a la corrupción. Sin eso, el capital simplemente no llegará.
La disyuntiva frente a potencias extrahemisféricas es competir o ceder, mientras Occidente debate, otras potencias avanzan con claridad estratégica en lo siguiente: inversiones en infraestructura crítica; control de minerales estratégicos; expansión en telecomunicaciones y tecnología.
El planteamiento no es si América Latina será influenciada, sino por quién y bajo qué reglas.
De ahí que la Ley de las Américas ofrece una alternativa basada en Libertad Económica; Estado de Derecho e Integración entre Democracias. No es perfecta, pero es infinitamente superior a la dependencia autoritaria.
El Congreso de EEUU no debe debatirse entre la visión y la inercia. Más bien, debe retomar esta legislación como una decisión estratégica de largo plazo.
El liderazgo bipartidista original (el proyecto fue propuesto por dos representantes: una republicana y un demócrata y por dos senadores, uno republicano y un demócrata) demuestra que existe conciencia del problema. Lo que falta es voluntad para actuar con urgencia. Cada año de retraso es terreno que otros ocupan.
Por tanto, el momento es ahora. El hemisferio occidental tiene algo que ninguna otra región posee en conjunto: recursos naturales abundantes, capacidad agrícola autosuficiente, proximidad geográfica estratégica y afinidad institucional en amplias zonas.
Lo que falta es articulación estratégica. La “Ley de las Américas” es el vehículo y el “Escudo de las Américas” es el objetivo.
Estados Unidos debe decidir si quiere liderar esa construcción o resignarse a reaccionar ante hechos consumados. Y América Latina debe decidir si quiere ser socio estratégico, o espectador de su propio destino.
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