La muchacha era una belleza, una mulata recién salida de la pubertad que derrochaba progesterona y colágeno con solo pararse frente a uno. Completaba sus encantos con el atuendo de tenista que, con raqueta en mano, presumía por las pistas de los diferentes hoteles de Varadero, el único lugar de la isla donde había más extranjeros que cubanos por metro cuadrado en aquellos inicios de los años 90.
Fuera de juego
Vivencias que toman forma de relatos y conducen a la reflexión
Nadie la vio jamás golpear una pelota, ni siquiera agarraba debidamente el mango de la raqueta, era más un accesorio, como el sustituto de una sombrilla o un abanico de los que usaban las jóvenes de principios del siglo XX.
Pero ya le habían salido posibles patrocinadores, un batallón de turistas que supuestamente habían quedado maravillados con sus aptitudes deportivas. Uno en especial llegó a ofrecerle a la familia servir de mediador para que la joven disfrutara de una beca de tenis en la lejana universidad católica de Lovaina.
El supuesto benefactor belga, que hacía mucho tiempo bailaba entre los clasificados de la tercera edad, hasta lloraba cuando encarecidamente le pedía a la familia que no desperdiciaran ese talento, que ellos no se imaginaban lo que una beca profesional podría garantizar para el futuro como atleta de alto rendimiento de la ninfa en minifalda que, oportunamente flexionada, intentaba emparejar sus medias para que sobresalieran a la misma altura desde sus zapatos deportivos: calzado demasiado blanco, demasiado nuevo, como para haber corrido alguna vez detrás de un saque o un remate.
La madre y las tías de la supuesta deportista corrieron en tropel a mi oficina, yo ya había sido el abogado de la familia en más de un proceso y por eso necesitaban de mi presencia, de mi evaluación profesional sobre las intenciones “del viejo belga” que esa misma tarde llegaría a la humilde casa de la calle treinta y seis, justo frente a la policía de Varadero para explicarle a todas sus buenas intenciones y la necesidad de un contrato de representación o tutoría.
Desde una esquina del comedor fui testigo de la puesta en escena: con mi mejor cara de póker tuve que contemplar a la muchachita haciendo swing con la raqueta, como si cazara moscas, aunque el belga insistía que era el mejor movimiento que había visto en su larga trayectoria como entrenador. “¡Cuanto antes, mejor!”, insistía con el peculiar sonido de las erres de su irregular español afrancesado, “a esos músculos hay que darles forma para que sea la primera cubana en el circuito internacional”. Millones de dólares al doblar la esquina, vida de lujo, título universitario… Había de todo en el paquete de promesas.
“Abogado, quédese un rato” interrumpieron mi fuga luego de la salida del belga, al que no despidieron en la puerta por el miedo a Dionisio; un policía que cazaba jineteras desde la acera de enfrente.
Mientras escondían a buen recaudo los regalos y golosinas traídos por el visitante, todas me preguntaron a la vez.
Yo preferí ser lo más sincero posible y bruscamente les espeté: “¡esto es puramente sexual, aquí no hay un carajo de interés deportivo!”.
“Ay, abogado”, me respondió la madre con ojos de sarcasmo, “para algo tan claro no te necesitábamos, lo que importa aquí es si se la lleva o no, ¿que usted cree?”.
Me agarraron fuera de lugar, yo venía a revisar contratos, a sopesar acápites, a discutir condiciones, hasta había releído alguna que otra proforma jurídica deportiva, pero al final lo que necesitaban era una especie de “doctor amor”, me sentí como un dentista consultado para un problema cardiaco.
La tía mal interpretó mi turbación, mi silencio y decidió hablarme claro: la mujer haló una silla frente a mí y le ordenó a la madre que me sirva un trago, “de la botella que trajo el viejo, anda”.
Nos quedamos solos por unos instantes y aprovechó para asegurarme que la niña todavía no le había dado nada al belga y ellos querían estar seguros de cuando correspondía la entrega oportuna, “para garantizar la pira, ¿entiendes?”.
Abro los brazos en gesto de incapacidad, me abstengo, ella cree que no ha sido suficientemente directa y contraataca, “compadre que tenemos miedo de que se suba la saya y luego el yuma se desaparezca… o que el yuma se pire desencantado porque nunca se subió la saya”, no sé qué decir, ella insiste, “porque de madre jamarse al viejo y quedarse quemada aquí, sin universidad, ni viaje, ni nada”.
La madre me extiende el vaso a medio llenar y me asegura que esta puede ser la oportunidad de la jovencita, pero hay que hilar fino, “todos estos turistas son unos hijos de puta y a la niña le falta calle”.
Años después me encontré con la tía, dice que la muchachita terminó “pirándose”, no sé si con el belga porque no me atreví a preguntar, además, tampoco hubo alguna cubana compitiendo a nivel internacional en tenis. “Pasa por la casa”, me pide la tía, “así te regalo la raqueta que a la pobre niña no le cupo en la maleta”.
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