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OPINIÓN

Globalización del despropósito

Lo virtual sustituye progresivamente lo presencial, y en este contexto, la palabra hablada, encarnada, pierde su fuerza. La comunicación actual se rige por la velocidad, la brevedad y el control

Por Edgar Cherubini Lecuna

Peter Sloterdijk afirma que la palabra “globalización” se ha convertido en una de las expresiones de mayor éxito en el diccionario del mundo moderno. Se trata, además, de una expresión de carácter casi mágico. Tiene el poder de producir en su propio interés lo que significa: se globalizó a sí misma al crear un nombre para el acontecimiento más importante de nuestro tiempo —la transformación del mundo en un contexto dinámico en el que casi todo entra en interacción con casi todo en casi todas partes— (Peter Sloterdijk, ¿Qué sucedió en el siglo XX?, Siruela, 2018).

En efecto, no es una sino muchas las globalizaciones que ocurren a la vez, una de ellas es la del despropósito. Veamos. El término doxa suele emplearse como sinónimo de “opinión”. En su acepción filosófica, se refiere a las opiniones —apariencias, ilusiones, engaños—, en contraposición con el conocimiento que se encauza en la búsqueda de la verdad. Las redes sociales globales se han transformado en un gaslighting de una doxa inducida, en el sentido que hace referencia a la manipulación de personas para que estas duden de sus percepciones y por tanto cuestionen su propia realidad, sus valores y su cultura. Este gaslighting ha conducido a la globalización del despropósito y de la incertidumbre como zona crepuscular, en la que serpentean los enemigos de occidente que utilizan al desinformado como arma de desestabilización y despropósito.

Por otra parte, David Le Breton, sociólogo y antropólogo francés, afirma que estamos asistiendo a un debilitamiento —incluso una desaparición progresiva— de la conversación como espacio de vínculo humano auténtico: “La sociedad contemporánea está marcada por una desmaterialización del vínculo humano, una "espectralización" del mundo” (David Le Breton, La fin de la conversation. La parole dans une société spectrale, Metailié, 2021). Los usos sociales de las técnicas de comunicación han cambiado radicalmente la vida cotidiana y las formas de relacionarnos con los demás. Han afectado profundamente a la intimidad y han sacudido especialmente la conversación, que era la matriz primaria de la sociabilidad. La comunicación es la interposición de la pantalla en la relación con los demás, la distancia, la ausencia física. Utilitaria, eficaz, exige una respuesta inmediata y una disponibilidad absoluta.

Lo virtual sustituye progresivamente lo presencial, y en este contexto, la palabra hablada, encarnada, pierde su fuerza. La comunicación actual (mensajes de texto, correos electrónicos o redes sociales) se rige por la velocidad, la brevedad y el control. Aunque las tecnologías pretenden conectar, en muchos casos amplifican el aislamiento y sustituyen los vínculos reales por "simulacros de presencia", una comunicación sin cuerpo, sin emoción profunda, generando una ilusión de relación, sin compromiso ni resonancia afectiva. Pero lo más grave es que la palabra está en crisis, el lenguaje se ha deshumanizado, la tecnificación produce un lenguaje normativo, funcional, despojado de matices, en contraste con la riqueza de la palabra encarnada, que implica encuentro, silencios, reflexiones y la capacidad de construir sentido. Sin conversación ni discurso político coherente en el ágora, la democracia se debilita.

Occidente enfrenta una crisis de valores no solo por enemigos externos, sino por transformaciones internas profundas en la cultura, la identidad y la percepción de la realidad. Jean-François Lyotard diagnosticó la "incredulidad frente al meta relato", ya que, en el presente, se desconfía de los grandes discursos categóricos de los paradigmas morales o de la razón ilustrada occidental. Esto ha debilitado el papel normativo de los valores tradicionales, reemplazados por un individualismo radical y superficial. El abandono del estudio de los clásicos (Homero, Platón, Kant, San Agustín, Tomás de Aquino, por mencionar algunos) ha provocado generaciones desconectadas de sus raíces culturales y espirituales. El sistema educativo actual privilegia competencias técnicas sobre la formación humanista. Esto ha traído como consecuencias, la pérdida de cohesión cultural: sin un horizonte compartido, las sociedades se fragmentan en identidades particulares (étnicas, sexuales, ideológicas) que a menudo entran en conflicto. Lo más grave es la crisis de sentido: ante la pérdida de relatos trascendentes, al desaparecer asideros o certezas se cae en el nihilismo, la incertidumbre y el despropósito. En el campo político y social, aumenta la vulnerabilidad ante ideologías totalitarias: al perder el anclaje ético-filosófico, aumentan los riesgos de populismos, tecnocracias deshumanizadas y fanatismos. Joseph Ratzinger o Benedicto XVI había alertado sobre la "dictadura del relativismo". Para recuperar el sentido, no se trata de restaurar un pasado idealizado, sino de actualizar creativamente los valores fundacionales: la dignidad humana, el sentido del bien común, la búsqueda de verdad y nuevas formas de trascendencia que integren razón, ciencia y sentido. Como decía T. S. Eliot, “no podemos reconstruir una civilización sin recordar quiénes fuimos”. En un mundo saturado de mensajes onomatopéyicos, signos y emoticones, reaprender el arte de la conversación se convierte en un gesto para recuperar el sentido. No se trata de restaurar un pasado idealizado, sino de reactualizar creativamente sus valores fundacionales.

Globalización de la dignidad humana

Joseph Ratzinger (Papa Benedicto XVI), quien es una referencia del pensamiento occidental, no rechaza la globalización, “La globalización es un fenómeno humano, fruto de la iniciativa humana, y, por tanto, debe ser orientada según criterios éticos, con respeto a la dignidad de cada persona y de cada pueblo”, pero advierte que necesita ser promovida desde la ética, la dignidad humana, la justicia social y el amor solidario, para que no degenere en una nueva forma de opresión o desigualdad. En su encíclica Caritas in Veritate (2009), propone que “el desarrollo económico debe ir acompañado del desarrollo integral del ser humano: material, cultural, espiritual. Un desarrollo integral, no basta el crecimiento económico, se necesita el desarrollo de cada persona y todos los pueblos. La globalización debe respetar la libertad religiosa, la diversidad cultural y los derechos humanos auténticos”.

Cualquiera que sea el credo o la espiritualidad de cada uno, debemos idear una política de globalización donde se apueste al triunfo de la democracia y a la creación de riquezas materiales y espirituales, que a través de la educación y el conocimiento hagan avanzar las sociedades para hacerlas, al decir de Daniel Bell, menos susceptibles de embaucamientos ideológicos. Pero para eso hay que trabajar intelectualmente, hay que promover el debate en las universidades y liceos, incentivar centros de pensamiento, pero esto, sólo se puede hacer en democracia, no se puede dialogar con fanáticos encapuchados armados con Kalashnikovs. Debemos, entonces, ir a una batalla de ideas y esta comienza con un diálogo sincero, de corazón a corazón. “Tenemos que ser tan lúcidos como sea posible, porque cada uno de nosotros continúa siendo la única esperanza del otro”, expresa James Baldwin (Nothing Personal, C. J. Bucher, Lucerna, Suiza, 1964), para eso debemos revalorizar la palabra. Hablar y escuchar son actos humanos fundamentales, cargados de afecto, silencio, pausa y atención. Le Breton, antes citado, expresa que “debemos reaprender a hablar, a estar presentes y a escuchar, como formas esenciales de resistencia a la deshumanización”.

La respuesta es la de ver en los procesos de globalización un nuevo reto, una circunstancia donde innovar utilizando las herramientas que la tecnología, la información y el conocimiento nos ofrecen, promover la revolución espiritual y mental de cada individuo, suministrándole las herramientas para su empoderamiento y convertirlo en responsable de su propio destino. Darle prioridad a la política como instrumento de decisión racional, a través del consenso y la negociación. Lo que hace falta para avanzar hacia el futuro es menos ideología y más ideas para exigir más y mejor democracia.

La globalización de las comunicaciones es una herramienta útil para fomentar el nivel de confianza entre los integrantes de la sociedad, la capacidad de sinergia de la sociedad, la conciencia cívica y los valores éticos, la libertad y la justicia social, en un momento en que la fábrica moral y ética de la sociedad la están demoliendo con discursos de odio y desarraigo sociocultural. El futuro depende de que superemos las frases fabricadas, las creencias aprendidas, los dogmas anacrónicos y las conjeturas confusas sin esperanza de realización. Depende de que adoptemos una perspectiva coherente, sin ambigüedades y una fuerte determinación para diseñar en forma creativa planes y proyectos racionales que encajen en este mundo real, globalizado y competitivo y a la vez frágil y expoliado donde estamos insertos.

En estos tiempos de oscuridad e intolerancia debemos alzar nuestra voz en defensa de nuestros valores, debemos utilizar la globalización de las comunicaciones como una herramienta para contrarrestar a esta izquierda anacrónica y desquiciada que ahora se ha travestido en “izquierda islámica”, “progresismo”, “cancel culture”, “Verdes”, “antifas”, “wokismo” “Grupo de Puebla” “Agenda 2030” (esta última propone arrasar los centenarios olivos de Jaén para implantar placas fotovoltaicas), son ideas impuestas para desorientar y llevar a la juventud a perder piso y saltar al vacío. En su lugar, debemos promover que los jóvenes se conviertan en “influencers” en defensa de nuestros valores. Como bien lo expresó George Orwell, “En una época de engaño universal decir la verdad es un acto revolucionario”. En un mundo saturado de mensajes onomatopéyicos, signos y emoticones, hay que recuperar el sentido. No se trata de restaurar un pasado idealizado, sino de reactualizar creativamente sus valores fundacionales. Una clave fundamental para salir de la incertidumbre que nos agobia es promover la globalización de la ética, de subordinar la política a la ética, esto fomentará la capacidad de sinergia para trazar un rumbo hacia nuevos paradigmas. Debemos dar respuestas en el plano espiritual y cultural que reafirme nuestra visión del mundo basada en los conceptos y valores judeocristianos y grecorromanos que han moldeado por siglos nuestra identidad y conducta, para así crear la globalización de la esperanza, en el sentido que Vaclav Havel, héroe de la resistencia checa contra la URSS, otorgó al término: “La esperanza no es la convicción de que las cosas saldrán bien, sino la certidumbre de que algo tiene sentido”.

edgar.cherubini@gmail.com

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