Alternaba su cojera según convenían las desgracias y guardaba al fondo de su armario un montón de bastones ahogados por flecos y cueros. Un hombre viudo, de cana agónica y gestos agrietados que hacía de la ceniza trastos, máquinas, pájaros. Curtía sus pies por las cuestas, lijando las uñas contra sus guijarros.
A pesar de las cataratas jamás perdió la vista, aquel viejo astroso conjuraba formas tras los lamparones y el tacto definía su inventario. Obseso con los cabellos fabricó tijeras, cuchillas y peines. Se abrió camino por el mundo de las cabezas con sus chatarras del corte y abrió su chamarilería en una calleja aledaña a la plaza de Cascorro. En la madrugada última del séptimo día, encajó como siempre las varillas metálicas e incrustó contra las piedras los troncos de hierro, que aupaban aquel toldo deshilachado, vivac de los anticuarios y la venta ambulante.
¡Quinientas pesetas! —pregonaba alzando un reloj roto— ¡Oro a quinientas pesetas!—y los busnés clavaban sus ojos en los espejos, las manivelas y los cuadros. Ribera de Los Curtidores desembocaba en la sombra de Eloy Gonzalo, una escultura de bronce revestido de rastro.
Al mediodía, allá cuando hierven las berzas y las gaviotas migran a los vertederos, se detuvieron de golpe algarabías y trueques, y el viudo de cana agónica y gestos agrietados cojeó hasta la calle de la Cabeza, nombrada tras la decapitación de un sacerdote y núcleo de su chamarilería.
Entreabrió la persiana, arrodillándose recaló en su hogar de cacharros, televisores y radios. Aquella tienda parecía iluminada por antorchas, repleta de objetos y pasado, de ropas viejas y muebles rotos, épocas y hojalatas. Una botella, un mazo y un martillo manchados de sangre.
El 5 de marzo de 1986, Félix de Los Santos González fue asesinado brutalmente. Al igual que una vajilla descabalada, las pruebas quedaron sueltas y nadie encontró al culpable.