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OPINIÓN

Humberto Castro en París y en el mundo: la persistencia, la memoria, el arte de caminar

El artista cubano Humberto Castro expone en París y es retratado en el documental "The Walker", dos eventos que profundizan en su obra marcada por la memoria y la experiencia de vida.

Por ZOÉ VALDÉS

Conservo a artistas cuya obra he admirado siempre. Otros, más raros, forman parte de la biografía sentimental de una generación. Para quienes conocimos el despertar cultural cubano de los años ochenta, Humberto Castro pertenece a esta segunda categoría. Su obra acompañó una época especialmente intensa de la creación artística en Cuba, y contribuyó a darle forma, convirtiéndose en una referencia para muchos jóvenes que buscábamos en el arte belleza y reflexión: una manera de pensar el mundo, de cuestionarlo y de sobrevivirlo, y de hacerlo hermoso.

La reciente exposición “Kochten”, presentada en la Galerie Akié Arichi de París del 6 al 26 de octubre, y la proyección de la película documental The Walker, dirigida por Raúl Francisco Dorticós y exhibida en la Maison de l’Amérique Latine, constituyen dos acontecimientos complementarios que permiten acercarse al artista desde perspectivas diferentes, pero profundamente conectadas. La exposición nos enfrenta a la potencia visual de su pintura actual; el documental nos invita a recorrer las huellas de una vida marcada por el desplazamiento, la memoria y la búsqueda constante de sentido.

“Kochten” es una palabra japonesa que puede traducirse como “el cielo dentro de una vasija”. Procede de una antigua idea oriental según la cual un universo entero puede contenerse en un espacio aparentemente reducido. Esa noción sirve de eje conceptual para la nueva muestra de Humberto Castro en París.

La propuesta gira alrededor de pinturas de pequeño formato que, lejos de limitar las posibilidades expresivas del artista, concentran y amplifican su capacidad narrativa. En estas obras aparecen muchos de los temas que han acompañado a Castro durante décadas: la existencia humana, el amor, la violencia, el poder, la soledad, el deseo, la memoria, la muerte y la experiencia del desplazamiento.

Lo fascinante de esta serie no es únicamente la maestría técnica o la riqueza simbólica que contienen las imágenes, sino la paradoja que las anima. Castro parece preguntarnos cuánto espacio necesita realmente una obra para hablar de lo esencial. Dominados por pantallas inmensas, dispositivos inmersivos y una sobreabundancia de estímulos visuales, el artista opta por el movimiento contrario: reducir, condensar, exigir una mirada más lenta y más próxima; más detallista y minúscula.

De izquierda a derecha: José (Pepe) Franco, Moisés Finalé, Pepe Horta, Humberto Castro, Nelson Domínguez; sentadas en el suelo Zoé Valdés, Lourdes de los Santos. Años ochenta, Galeria Habana, Calle Línea, Vedado.

La decisión tiene algo de gesto ético. El espectador -cual lupa- debe acercarse físicamente a cada pieza. La contemplación deja de ser un acto distante para convertirse en una conversación íntima. Es allí donde ocurre el milagro: cuanto más pequeña parece la imagen, más grande se vuelve el territorio de la imaginación.

Para quienes vivimos aquellos años, resulta imposible contemplar la obra de Humberto Castro sin recordar el extraordinario momento de aparente renovación cultural que atravesó Cuba en los años ochenta. Nacido en La Habana en 1957, formado en San Alejandro y posteriormente en el Instituto Superior de Arte, Castro fue una de las figuras destacadas de aquella generación que transformó radicalmente el lenguaje de las artes visuales cubanas.

Su nombre apareció asociado a experimentaciones que ampliaban las fronteras tradicionales de la pintura, incorporando instalación, performance, dibujo, grabado y participación del público. En 1983 fue uno de los fundadores del grupo Hexágono, un proyecto colectivo que apostó por nuevas formas de interacción entre arte y espectador.

Quienes frecuentábamos exposiciones, talleres y debates culturales durante esa época recordamos la energía intelectual que rodeaba aquellas propuestas. Humberto Castro no era simplemente un artista más dentro de la escena emergente. Su trabajo poseía una singular capacidad para combinar crítica, humor, poesía y reflexión existencial. Había en sus imágenes algo profundamente cubano y, a la vez, universal. Con mi primera novela ‘Sangre azul’ me inspiré en su obra. Años después otra novela ‘El Todo Cotidiano’ -segunda parte de ‘La Nada Cotidiana’, en la edición francesa, llevaría una obra suya en la cubierta. También produje un documental sobre su obra, de la Serie ‘Un pintor, un cuadro’, del cineasta Ricardo Vega.

Con el paso de los años, muchos artistas de aquella generación siguieron caminos distintos. Algunos permanecieron en la isla; otros emprendieron itinerarios marcados por la emigración. Castro llegó a París en 1989 y permaneció allí durante aproximadamente una década antes de establecerse en Estados Unidos en 1999.

Sin embargo, más que una sucesión de mudanzas geográficas, su trayectoria puede entenderse como un continuo proceso de desplazamiento interior. La memoria de Cuba, la experiencia parisina y la vida estadounidense constituyen capas superpuestas que enriquecen su imaginario artístico.

La exposición en la Galerie Akié Arichi posee además una dimensión biográfica significativa. La relación entre el artista y esta galería se remonta precisamente a sus años parisinos. Castro ya había expuesto allí a comienzos de la década de 1990 y ha mantenido un vínculo duradero con ese espacio a lo largo de los años.

No se trata, por tanto, de una aparición aislada en el circuito artístico francés. Es más bien la continuidad de una conversación iniciada hace décadas. Resulta especialmente emotivo observar cómo un artista que ha atravesado tantos territorios físicos y simbólicos vuelve a un lugar donde parte de su historia creativa quedó inscrita.

Además, “Kochten” prolonga un diálogo que Castro viene desarrollando con la cultura japonesa. En 2025 presentó en la misma galería la exposición “Haïku”, formada por pequeños acrílicos acompañados por poemas inspirados en la tradición del haiku. Esa búsqueda de síntesis y concentración expresiva encuentra ahora una nueva formulación en la idea de un universo contenido dentro de un espacio mínimo.

Si la exposición permite comprender el presente de Humberto Castro, el documental The Walker ofrece una perspectiva más amplia sobre su trayectoria vital. Presentado en la Maison de l’Amérique Latine por iniciativa de la Galerie Akié Arichi, el filme de Raúl Francisco Dorticós constituye un retrato íntimo del artista.

El título resulta particularmente acertado. El caminante es una figura recurrente en la historia de la cultura universal. Es quien avanza observando, quien aprende mientras se desplaza, quien transforma el recorrido en conocimiento. En cierto sentido, la vida de Humberto Castro parece responder a esa imagen.

Según la presentación del documental, la película reconstruye tres grandes etapas de su existencia: La Habana, París y Estados Unidos. A través de imágenes, testimonios y relatos personales, el espectador puede descubrir no solo la evolución de una obra artística, sino también la experiencia humana que la sostiene.

Lo más valioso de propuestas como The Walker es que permiten comprender algo esencial: las obras no nacen en el vacío. Cada pintura, cada dibujo, cada instalación es el resultado de una acumulación de vivencias, lecturas, encuentros, pérdidas y desplazamientos. El documental parece asumir precisamente esa perspectiva, mostrando al artista como alguien que ha construido su identidad a través del movimiento.

Quizá el aspecto más admirable de Humberto Castro sea la coherencia que atraviesa toda su trayectoria. Aunque han cambiado los contextos, los países y los lenguajes, existe una continuidad profunda en sus preocupaciones fundamentales.

La memoria sigue ocupando un lugar central. También lo hacen la fragilidad humana, la ironía frente al poder, la condición del exiliado y la necesidad de encontrar sentido en medio de la incertidumbre. Son temas que ya estaban presentes en sus primeras obras y que continúan reapareciendo, transformados por la experiencia y el tiempo.

Para quienes lo conocemos desde los años ochenta, esta exposición y este documental tienen además una resonancia emocional especial. No constituyen solamente nuevos capítulos en la carrera de un artista reconocido internacionalmente. Son también la confirmación de una fidelidad. Fidelidad a una forma de mirar el mundo, a una ética de la creación y a una búsqueda que nunca se ha detenido.

Al contemplar “Kochten” o después de ver The Walker, se tiene la impresión de que Humberto Castro sigue haciendo exactamente lo que ha hecho siempre: caminar. Caminar entre recuerdos y territorios, entre culturas distintas, entre la pintura y la vida. Caminar, observando. Caminar, interrogando. Caminar, creando.

Y, quizás por eso su obra continúa hablándonos con tanta fuerza. Porque, al final, todos los cubanos somos caminantes que intentan llevar dentro de sí un universo entero. Un universo que, como sugiere el hermoso concepto de Kochten, puede llegar a caber en el espacio aparentemente limitado de una imagen, de una memoria o de una vida.

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