Tras todo el debate doctrinal y jurisprudencial como de la confusión de conceptos que no cesan al hablarse de libertad de conciencia y religión y libertad de expresión y de prensa: derechos tutelados por tratados internacionales pero separados por estos en el curso de la historia moderna de Occidente, resta el dilema que no ha sido resuelto.
Identidad cultural y religiosa
Es el que opusieran las perspectivas o visuales francesa y americana sobre los derechos o libertades in comento: la cuestión de la razón y la de la fe, a la que sucede ahora la oposición entre el relativismo, como dogma emergente – la pérdida citada de los referentes morales y al darse a Dios por muerto – y la idea de la identidad y la trascendencia inherentes a lo humano. En otras palabras, se trataría del sobrevenido antagonismo, una vez más, del hombre como objeto-producto de la certeza técnica vs. el derecho humano al error y, a partir de este, a su corrección perfectible hasta que el mismo hombre – varón o mujer – alcance a configurar libremente su juicio sobre la verdad y su existencia.
Este último postulado, que desafía a la deconstrucción de las raíces culturales judeocristianas en avance dentro de Occidente, como síntesis podría reducirse a lo siguiente: La prensa y su actividad implican la búsqueda de la verdad a través del conocimiento y la contrastación objetivas; más – como lo recuerda José Luis Villacañas, en exégesis que hace de Agustín de Hipona y en lo relativo a la conciencia y la religión – “en todo conocer de Dios hay un no conocer, [pues] todas nuestras ideas sobre Él «conservan su misterio» ... No el conocimiento, sino el amor nos deifica; pues el amor cree todas las cosas como se dice en Corintios”.
Jürgen Habermas, de la Escuela de Frankfurt, partiendo de la sostenida autosuficiencia del Estado liberal, a saber, de que bastan los recursos cognitivos – como ocurre en el periodismo – para justificarse y resolver sobre sus propósitos constitucionales y acerca de los conflictos sobre derechos, considerando a aquellos recursos independientes de las tradiciones religiosas y metafísicas, acepta luego, en el ahora, que las sociedades civiles se están nutriendo de fuentes espontáneas y hasta pre políticas, como las religiosas, que no deben ser vistas “como un mero fenómeno social”.
El Cardenal Joseph Ratzinger, a su vez, admite que “en la religión existen patologías sumamente peligrosas, que hacen necesario contar con la luz divina de la razón como una especie de órgano de control encargado de depurar y ordenar una y otra vez la religión”. “Yo hablaría de la necesidad de una relación correlativa entre razón y fe, entre razón y religión, que están llamadas a depurarse y redimirse recíprocamente”, afirma. Pero le hace una prevención a Occidente, a saber, que, si bien la relación entre fe cristiana y la racionalidad secular occidental contribuyen a resolver en el plano de lo intercultural, la arrogancia de creernos superiores “ya estamos pagándola en parte”.
¿Cómo alcanzar, entonces, un justo discernimiento entre la religión como libertad y el derecho a la libre expresión del pensamiento?, sean cuales fueren sus vehículos, la prensa o el dominante “periodismo subterráneo” o de redes, que cosifica y crea imaginarios atados a los sentidos.
La Comisión Teológica Internacional (“La libertad religiosa para el bien de todos: Aproximación teológica a los desafíos contemporáneos”, 2019) nos ofrece una pista, en estos términos que, in extensu, rezan así: “No se puede otorgar el mismo valor a todas las formas posibles de experiencia religiosa. Por lo tanto, es necesario examinar las diferentes formas de religiosidad y compararlas respecto a su capacidad para preservar el significado universal y el bien común de estar juntos. En este sentido, cada una de las religiones activas en una sociedad debe aceptar «presentarse» ante las justas demandas de la razón «digna» del hombre”.
Agrega que, “corresponde a la autoridad política, como custodio del orden público, defender a los ciudadanos, especialmente a los más débiles, contra las tendencias sectarias de ciertas afirmaciones religiosas (manipulación psicológica y emocional, explotación económica y política, aislacionismo...). Entre las justas demandas de la razón, en sus implicaciones jurídico-políticas podemos incluir, en los últimos años, la reciprocidad pacífica de los derechos religiosos, incluido el de la libertad de conversión. La reciprocidad pacífica de los derechos significa que la libertad de expresión y práctica que se otorga a la identidad religiosa de una minoría en un país corresponde a un reconocimiento simétrico de la libertad de las minorías religiosas en los países donde esa identidad es la mayoría.”
Vale, sin embargo y aquí concluyo, la advertencia que en todo caso le hiciese Milan Kundera a Europa occidental en 1983, mirando a Rusia y afirmando que, así como el comunismo fue la negación de su historia y religiosidad, los países centroeuropeos – culturalmente occidentales y políticamente orientales – reaccionaron contra la URSS corajudamente, como los húngaros, checos, polacos, justamente, en defensa de sus identidades. “La identidad de un pueblo o de una civilización se refleja y se resume en el conjunto de sus creaciones espirituales, que llamamos de ordinario cultura”. Y si esa identidad se ve mortalmente amenazada, la vida cultural se intensifica e inevitablemente se exacerba, y la cultura vuelve a ser el valor vivo alrededor del cual un pueblo se reagrupa”, observa el ensayista y es la enseñanza que cabe tener presente, en esta hora de incertezas morales.
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