Si algo me consta es que Mayda Limia tiene un teléfono celular y la energía de una jovencita.
La abuela reportando
Vivencias que toman forma de relatos y conllevan a la reflexión
Le encantan las redes sociales, aunque su sueño es cantar, pero lo que se le da bien es hacer videos por las calles de La Habana.
No puedo presumir de haberla encontrado. Indirectamente, ella me encontró a mí: Llegó con recomendaciones de cuanto vecino, amigo, conocido o habanero tuvo acceso a sus videos.
Y me atrapó con su magia.
Si tuviéramos que calificarla diríamos que es la mínima expresión de una influencer. Pero no se equivoquen, con lo limitado de sus recursos “la abuela”, (como ella misma se define), consigue un impacto que muchos envidiarían en esta eterna competencia del internet.
“La abuela reportando” con ese slogan comienzan todos sus videos y luego agrega la dirección específica por donde pasea el lente de su cámara, que no es otra cosa que su teléfono celular. Siempre deambulando por rincones olvidados, pero no desconocidos, de la capital cubana.
Mayda Limia me sacudió literalmente, consiguió despertar un enorme toro de añoranzas que, sin sospecharlo, cargaba en mi pecho de exiliado.
Comenzó a acercar sus videos a la zona donde nací y de a poquito fue llegando, como si leyera mis pensamientos, como si supiera la ansiedad que tenia porque finalmente desfilara de arriba abajo por la calle 38 de Miramar.
Pero en la previa fui redescubriendo mi barrio, mi ciudad, las casas de mis amigos, mis escuelas, mi costa, las paradas de guaguas. Todo lo que alguna vez fue un trozo cotidiano de mi existencia y hoy se transforma en monumentos extraordinarios de una infancia perdida, de una vida borrada por el destierro.
Con ella llegas a sentir la seguridad de haber recuperado algo que vale la pena. Ante la imposibilidad de tocarlo, al menos verlo, contemplado con el lente de mis canas y todo gracias a la abuela.
Me enredo en monólogos frente a la pantalla de mi computadora: allí vivía Aidita, allá Ailyn, aquí los Tamayo, esa es la biblioteca del Marcelo, mira la rampa de La Copa.
Por suerte el reencuentro con la casa de los abuelos no fue el final de nuestra historia.
Me había jurado no crear dependencias y que la llegada a mi lugar sería el colofón de todos los días persiguiendo lo que la señora subía a las redes.
Pero después de la alegría de volver a mirar mi puerta desde la quinta avenida, no pude desprenderme y seguí pendiente de todo lo que nos regala con tremenda puntualidad.
Hay otro disfrute garantizado: leer los comentarios.
Entre quienes escriben descubres amigos, vecinos. Incluso consigo aclarar algunas dudas o lagunas que me acosan.
También sorprende a cuantas personas pudo pertenecer una casa o el elevado número de quienes defienden como territorio propio una esquina despintada.
Llegamos a ser un grupo, un club de fanáticos que comentamos los detalles de cada video, descubriendo lo que a otros se les pudo escapar, repasando la genealogía de los edificios y los frondosos árboles que sobreviven.
Ayer nos preocupamos: la abuela se reconoció agotada, a duras penas llegó a recorrer la avenida tercera hasta mi escuela primaria, en la esquina de la calle 20, pidiendo disculpas porque no podía más, cancelando la trasmisión de forma abrupta.
Se nos olvida que la abuela es real, una persona mortal con los achaques de todos. Igual nos asusta su cansancio y el temor de que desista de su misión de “Andarín Carvajal”.
Registramos su Facebook y para nuestra tranquilidad se ve fuerte, aunque sigue con lo de ser cantante, como si sus videos no fueran música, como si las imágenes de su celular no fueran los acordes perfectos de una orquesta.
“¡Ojalá que no se nos raje la abuela!”, me dice en buen cubano mi esposa, quien por separado la encontró, justo con el video del parque de su infancia, con los bancos y jagueyes de la calle séptima que la vieron crecer.
Le digo que puede repetir los viejos videos, siempre quedan disponibles en las redes, “no es lo mismo”, asegura, “ella y yo tenemos la misión de desandar la ciudad infinita, nos queda mucho por conquistar, más allá de Miramar”, y entonces me muestra el video de la abuela fuera de nuestros predios: bajando por la alameda de la calle Paseo, en el Vedado, entre basureros y hermosos caserones. Entre aceras rotas y personas con rostros agotados. Noto el piso mojado, quizás acabó de llover, se me antoja que es el mismo suelo enfangado que tantas veces caminamos. “no es fango, son los boliches aplastados, las fruticas que caen de los gajos”, me rectifica mi esposa.
“¡Que destruido está todo!”, me dice Alberto contrariado con mi cara de embelesamiento ante el video que me muestra en la pantalla de su celular. No entiende cómo puedo estar feliz contemplando los muros destruidos de las canchas del club Ferretero, o los hierros oxidados de lo que alguna vez fueron los botecitos de mecerse en el parque infantil.
Me recrimina mientras yo recuerdo el día que, en una pirueta absurda, Ernesto Javier salió volando de uno de esos botes. Para terror de todos los muchachos, para reprimenda de su madre que nos vio llegar a la casa, unas cuadras más allá, con Ernesto completamente magullado y con un golpe fuerte en la espalda.
Me estoy justificando en voz alta, pero no es con Alberto, que sigue mirándome con cara de asombro, mis argumentos son con Sonia Zalacain, la madre de Ernesto. Reproduzco la misma verborrea de hace cincuenta y tantos años, tratando de convencerla de que todo fue culpa de él, de su temeridad.
“Pero si él dijo que lo había practicado antes”, decíamos a coro a la madre de Ernesto que ahora se empeña en lucir la cara de Alberto.
¡Lo que consigue Mayda Limia señores!: Me deja como un comemierda hablando incongruencias a los ojos de Alberto, mientras sonrío feliz como ditirambo de circo, lanzando alabanzas a una deidad que no conozco, pero que me alegra los días haciendo corpóreos los vestigios de mi pasado.
Alberto se pone necio y arrebata su celular de mis manos temeroso de lo que yo pueda hacer después de todas las incongruencias que, según “él, acabo de soltarle.
“Ernesto todavía carga la cicatriz en su espalda” le digo en un intento de darle lógica a mi conducta. Pero no lo convenzo. No importa, tampoco convencí a la madre de Ernesto y aun así sigo sonriendo.
Hoy llegan buenas noticias:
“La Abuela reportando”, dice Mayda Limia en el video nuevo de esta mañana y yo, eufórico, le grito a mi mujer, “¡no se rajó!’
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