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RELATO

La agonía de un chicle

Vivencias que toman forma de relatos y conllevan a la reflexión

La madre de Pepón lo arrastraba desesperada rumbo a la quinta avenida, buscando parar un carro que los llevara al hospital militar.

Detrás corríamos todos los muchachos del barrio, los mismos que acompañamos a Pepón hasta su casa para informarle a la madre de la desgracia sucedida.

Pepón lloraba con cara de moribundo, no quedaba claro si era por los sacudones que le daba la madre o por el ahogo que debía sufrir aquella mañana de 1972 en la que un ruso, (en realidad un extranjero que por costumbre asumimos ruso), se detuvo a vernos jugar pelota en la esquina del barrio y obsequió un chicle a Pepón, impresionado por su destreza en la segunda base y en sus turnos al bate.

En nuestra infancia de consignas y “rompequijas” por caramelos, un chicle era una ambrosía que solo conocíamos por referencias, razón por la que formamos en semicírculo frente a Pepón, quien dejó claro que no pensaba compartir su trofeo y mucho menos regalar la envoltura de colores que aparentaba conservar irradiaciones de menta.

Pepón se tragó el chicle después de masticarlo y asegurar que era lo más rico del mundo.

Entonces Gustavo disparó las alarmas, ¡Pepón podría morirse en cualquier momento!, tragarse un chicle era como beber cicuta o pincharse con curare, la goma le obstruiría las tripas y provocaría una apoplejía.

Gustavo lo había escuchado de los hijos de un embajador que estudiaban con él: esos muchachos, con experiencia mundana, habían sido testigos de más de una muerte por el accidente de tragarse un chicle.

Pepón, aunque desmentía a Gustavo corría hacia su casa y el supuesto ruso, que primero trataba de calmarnos con gestos de no pasa nada, terminó por escapar del lugar en lo que interpretamos como una actitud sospechosa.

Se lo llevaron en un Moskovhich que a duras penas se detuvo. Pepón se despidió de la novena de descamisados como si fuera la última vez.

“Nos quedamos sin segunda base”, sentenció José Antonio con cara de tragedia viendo alejarse la comitiva de tres: el chofer solidario, Pepón con cara de moribundo y la madre peleando por lo que calificaba como el vicio de su hijo de comerse todo lo que le pasaba cerca.

Volvieron esa misma tarde, como tres horas después, solo los dos, a pie, sudados y con cara de pocos amigos. La madre seguía tironeando a Pepón, culpándolo de algún ridículo que la pandilla no entendía.

Habíamos permanecido en vela frente a la casa del muchacho esperando noticias y de repente llegaban sanos y salvos, diciendo que el médico le había dicho hasta loca a la madre por hacerle caso a las teorías de Gustavo.

“Que lo voy a cagar”, respondió Pepón a nuestra ansiedad, “dice el médico que es como tragarse una bolita de papel, que no pasa nada, pero yo me lo siento por aquí”, insistía el muchacho apretando su índice contra el abdomen.

Nos turnábamos para palpar por unos segundos la barriga de Pepón que no paraba de quejarse por la venganza de su madre, “me botó el papelito”.

Hoy recuperé a José Antonio, llamó desde Irlanda del Norte, a donde fue a parar gracias a los efluvios amorosos de su hija, nos reímos rememorando la agonía de Pepón y la historia de su madre hurgando en el tibor con un palito, buscando la bolita de goma que se negó a reaparecer por dos días.

“Hay terrores que arrastramos desde la infancia”, me cuenta el amigo, “por culpa de Pepón me preocupo cada vez que me llevo un chicle a la boca, te puedo jurar que nunca en la vida me he tragado uno, aunque sepa que son inofensivos”.

Yo igual me reviso y descubro que arrastro el susto de Pepón de tragar en seco, o las amenazas de mi abuela de una embolia si nos tirábamos al mar después de almorzar.

También empujo los recuerdos de mis amigos del servicio militar que no combinaban naranjas con leche, o que no se cortaban el cabello después de almorzar y eran capaces de exprimirse limones en los ojos para evitar la conjuntivitis, a riesgo de quedarse ciegos con el remedio.

José Antonio me revela otros miedos, “sigo bajando la voz cuando hablo mal del régimen, como si la seguridad cubana tuviera micrófonos en mi apartamento de Belfast”. Le cuento de cubanos en Miami que apagan sus teléfonos celulares antes de hablar de temas candentes y de otros aquí en el exilio que no han renunciado al lenguaje de las señas.

José Antonio me narra su más reciente viaje a Cuba, “cuando protestaba por lo mala que estaba la cosa, mi familia me ponía la cara de Pepón y me mandaban a callar, como si estuviera revelando un secreto”

Así es la vida de los que quedan en la Isla: condenados a un viaje permanente a bordo del Moskovich que supuestamente los lleva al hospital, millones de “Pepones”, con los ojos abiertos de par en par, seguros de no poder sobrevivir a algo tan sencillo como tragarse un chicle o hablar mal de los que les reprimen.

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