El dominó es un deporte nacional cubano. Los cubanos, a diferencia de los mexicanos, jugamos con fichas que llegan hasta el doble nueve. También les ponemos nombres a muchas de esas fichas y el juego, entre nosotros, es muy dinámico y divertido. Broncas y risas se suceden con naturalidad.
La dictadura cubana trancando el dominó
Desde finales de enero, cuando Trump anunció la orden ejecutiva declarando a Cuba como una “amenaza inusual” para la seguridad nacional de Estados Unidos, la dictadura cubana ha logrado ganar tiempo
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La frase "trancando el dominó" se utiliza cuando llega el momento en el que ningún jugador tiene la ficha adecuada para continuar el juego. Se tranca, se cierra. Es ahí cuando el juego acaba y se cuentan los puntos que cada uno tiene.
Hoy en día todo indica que la cúpula visible de la Junta Militar de Barrigones que desgobierna lo que queda de Cuba tiene trancado el dominó. Me refiero a las cabezas visibles de esa heterogénea mafia: Díaz-Contados, el Marrano, Rodríguez Parrilla, el no sé qué Cossío... esa gente.
Esa gente se la pasa en posturas retadoras: recogiendo firmas un día, haciendo actos de “reafirmación revolucionaria” al otro o pantomimas militares el fin de semana. Incluso Díaz-Contados se mostró altanero y ofensivo ante una periodista de NBC que hizo el papelazo de ir a entrevistar a este pelele en La Habana.
Mientras recogen firmas y hacen pantomimas militares, los cautivos de la isla siguen a oscuras, inundados de basura, con hambre, sin transporte ni salud públicos y, lo que es peor, sin esperanzas. La represión, sin embargo, campea por las sucias y hediondas calles de La Habana y los pueblos. Las citaciones policiales les llegan a sus roídas viviendas a golpe de pedal o de bestia de carga; siempre de mano de un policía flaco, pero igual de represor.
Las cárceles siguen desbordadas de presos, de enfermedades, de lágrimas y de mierda, mientras Díaz-Contados y su claque dan entrevistas y encabezan actos políticos; mientras continúan —como lo han hecho durante sesenta y siete años— reuniéndose para, ahora sí, enfrentar las “dificultades” y “limitaciones”. Y claro, la culpa de la catástrofe humanitaria en la que ellos mismos sumieron a los cubanos de la isla no es de ellos; es del “brutal bloqueo asesino impuesto por el imperialismo”.
Desde finales de enero, cuando Trump anunció la orden ejecutiva declarando a Cuba como una “amenaza inusual” para la seguridad nacional de Estados Unidos, la dictadura cubana ha logrado ganar tiempo. Ha ganado mucho y preciado tiempo. Ha sobrevivido con unas gotas de petróleo que les envió la cómplice Sheinbaum y el jarrito regalado por Putin con un oxidado tanquero.
Esa dictadura ha sobrevivido sobre la miseria, el hambre, la muerte y la represión sobre sus cautivos. Ha podido movilizar a sus partidarios por el mundo: verdaderas huestes sin conciencia, ciegas ante la apestosa realidad que se vive en Cuba. Un capítulo más de la inmoralidad de una parte de la humanidad.
Ahora mismo, a mediados de abril, la administración Trump les ha dado dos semanas de gracia. Incluso confirmaron que conversan con el “cerebro de almeja” conocido como el Cangrejo. Negocian lo innegociable. Todos los cubanos, los libres y los cautivos, tenemos que aguantar la ofensa y el desprecio. Nunca supimos —o pudimos— resolver por nuestra cuenta esta plaga que asaltó nuestra isla hace sesenta y siete años.
Dos semanas más. Cada día que pasa sirve para que la camarada Claudia, el tiranete Sánchez, el corrupto Lula o el marimbero Petro se junten y canten a coro loas de solidaridad con los que tienen a Cuba empobrecida, triste y miserable. Cada día de estas próximas dos semanas servirá para que los dictadores sigan con sus actos, con sus firmas, con sus marchas, alardeando de la mentada soberanía, que solo significa que ellos son soberanos para hacer lo que quieran con sus cautivos.
Dicen que conversan. Uno puede o no confiar en las buenas intenciones de la administración Trump, en especial de su secretario de Estado; pero en los hechos concretos, los visibles, la dictadura sigue ahí trece semanas después de que fue declarada una “amenaza inusual”. Como les dije hace unos días, siempre han sido una amenaza, no es nada inusual.
Inusual es que Trump, después de trece semanas, siga conversando con esa amenaza. Como la otra noche le dije al periodista Juan Manuel Cao en su programa, pienso que —no es miedo— la precaución de esta administración no es desaparecer a esos ineptos dictadores. La verdadera cautela es con quién los reemplazará: quién se va a hacer cargo, no ya de la transición, sino de dirigir la reconstrucción, y quién atenderá a esos millones de personas mientras el país se vuelve a poner de pie.
Cuba puede y será reconstruida, pero tomará tiempo y muchos miles de millones de dólares. Han sido sesenta y siete años de destrucción. Extraer o eliminar a esos dictadores —incluyendo al clan Castro, que conste— es lo más sencillo. Lo que viene después es lo más difícil, pero también lo más necesario y lo más esperanzador.
Cada día que pasa es un día perdido para nosotros, los libres y los cautivos, y un día más de persistencia para la dictadura y sus cómplices.
Trump planea poner su Biblioteca Presidencial aquí en Miami; esperemos que no olvide que casi el ochenta por ciento de esta comunidad quiere que acabe de una vez con el problema cubano. Y acabar con ese problema solo tiene una solución: desaparecer, de la forma que sea, a esa dictadura parasitaria. Cada día que pase es un día más que los cautivos padecen en una supervivencia primitiva.
Sin la dictadura por medio, las fuerzas productivas de esa fértil isla se liberarán al fin. Desatarán toda su iniciativa e ingenio, ya no para recuperar sus vidas —que nunca las han tenido—, sino para, por primera vez, ser dueños de su destino. Por primera vez tener la oportunidad de prosperar gracias a su trabajo honesto, como lo hemos hecho millones aquí, en libertad.
Marco Rubio nació en un hogar cubano; cubano y libre. Espero que sus padres le hayan enseñado a jugar dominó. Nada de trancarse. La única solución es pegarse, aunque sea con el doble nueve.
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