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OPINIÓN

La generación de los guapos de Aliexpress

Moraleja para incautos: no te enamores a golpe de vista en el 2019
Por ITXU DÍAZ

Estaba en equilibrio inestable, subida en el pico de una gran roca que emergía cerca de la orilla. El viento gélido del Cantábrico, la playa repleta de bañistas vestidos de invierno. Un acantilado de varias decenas de metros a sus espaldas y la danza de la espuma del mar, batiendo con furia. Aquel era el lugar ideal para enfundarse un traje de neopreno o un jersey marinero bien mullido. En cambio la chica lucía un diminuto bikini caribeño, de esos que te hacen pensar que tal vez se haya olvidado el resto en casa, o quizá haya perdido la mayor parte del traje de baño tras engancharse con la puerta del ascensor. Con gesto a medio camino entre Catherine Zeta Jones en una tormenta de arena y una millennial descubriendo la congestión nasal, la moza trataba de contorsionarse y posar frente al objetivo con pretendida espontaneidad. Los observadores la veíamos con la misma naturalidad que una tortuga en la cola de un lavado automático de coches.

Frente a ella, una amiga, vestida como si viniera de deshollinar por tejados de los bajos fondos de la zona, maldecía su suerte, tendida boca abajo por el acantilado, los pies anudados a un saliente, en busca de satisfacer el ansia del millón de likes de su proyecto de influencer. Buscaba el ángulo perfecto, entre la insinuación y la explosión de los capullos en flor, y pensaba al tiempo con qué filtro podrían borrar la negras nubes del Cantábrico y la piel de gallina de su amiga, que cuando más caribeña ponía la mirada más se aproximaba a grandes zancadas hacia la madre de todas las pulmonías.

Seguí mi camino por la playa, confuso y un tanto ruborizado, pensando lo difícil que se ha puesto el asunto de ligar para las nuevas generaciones. En la era de los filtros x-pro supongo que ya no es de recibo tener defectos visibles en las redes sociales. Y en cuanto a los encuentros cara a cara a plena luz del día, los jóvenes confían en que pueda más el recuerdo de la excelencia digital que la crudísima realidad. No es un plan descabellado. A los publicistas de los productos que desayunamos les funciona desde hace varias generaciones de animalitos simpáticos para cornflakes.

Lo que ningún filtro ha podido solucionar por el momento es la cara de membrillo que se te queda cuando coges a tu Pamela Anderson o a tu donjuán de Instagram en una noche cualquiera de verano y le diriges la palabra, con el horizonte ya ubicado en una inmensa boda y cientos de hijos y nietos, y -ay, cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte tan callando- cuando se pone a hablar descubres que hasta el maldito noray más oxidado del puerto muestra más sensibilidad y vida inteligente en su oratoria, que es de esa clase de personas que si intentan hilvanar sujeto y predicado y caminar al mismo tiempo, tropiezan y se parten la crisma o bien en lugar de una oración les sale una raíz cuadrada.

Moraleja para incautos: no te enamores a golpe de vista en el 2019. Una advertencia de uso para modelos en ciernes: un like no equivale exactamente a una pedida de mano. Y una postrera aclaración: mis lectores son, por lo general, gente de bien, de modo que me veo obligado a explicar qué es un like, ya que el único like que conocen es el Like a Rolling Stone, cuyo recuerdo aún provoca el espasmo hepático de las viejas noches de gloria. Pues bien, like: dícese de cuando voluntaria o involuntariamente depositas un corazón –en sentido figurado- a los pies de una determinada fotografía en las redes sociales, mostrando tu hipotética aprobación, tu torpeza en el manejo de los deditos y las pantallas táctiles, o tus indiscutibles ganas de cenar esta noche con una señorita que, si supiera que va a despertar en alguien como tú esa lunática y tórrida primavera, abandonaría Instagram y tomaría los hábitos, no refiriéndome a las costumbres sino al ingreso en el convento de clausura más cercano, para no volver jamás a este mundo de pasiones desordenadas, en el que destacan especialmente por su desorden las tuyas, a diferencia de las del influencer del tercero derecha, que tiene la cintura como una avispa asiática en ayunas, los músculos como un cruasán de feria al que han olvidado sacar del horno a su hora, el cerebro como un pantallazo azul de Windows.

Con todo esto en la sesera, me he vuelto a cruzar en la arena con la aprendiz de modelo y la presunta fotógrafa, y al borde me he quedado del infarto, siendo necesaria la intervención de un socorrista novato para poder estabilizar mi decadente respiración, aplicando su protocolo de expulsión de agua para recién ahogados a mi patatús cardiovascular, y provocando mi recuperación mediante el mejor electroshock del mundo, que es el pánico a la improvisación médica.

El colapso, tan justificado, me sobrevino al ver que modelo y fotógrafa estaban ahora intercambiándose los papeles, posando en una pequeña charca, siendo la segunda, antes anodina y vulgar, una mezcla de Lady Di y una sirena de ensueño, y la top model, hace un instante tan bella y delicada -ahora atrapada en una mallas fosforitas-, lo más choni y desarrapado que pudo transitar este arenal; tanto, que a última hora del día, cuando ya no quedaban bañistas en la playa, pude ver a una pareja de biólogos estudiar con entusiasmo sus huellas en la arena, debatiendo si se trataría de anfibio o tal vez de mamífero, aunque en todo caso muy lejos aún del peligro de extinción, para decepción de los que observábamos el veredicto de la madre naturaleza, incluidos los articulistas vanidosos, adictos al selfie seductor de crepúsculo agosteño, panza bien metida, ademán de avestruz con indigestión en la cara, y filtro de piel tostadito vuelta y vuelta.

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