La historia política rara vez se comporta como una ciencia exacta. Tratar de sumergir, empotrar o someter la transición venezolana en un modelo prêt-à-porter [a la medida] de otros eventos, es falaz como también es ilusorio seguir una receta.
La historia no se repite como solía
La caída de las dictaduras latinoamericanas coincidió con cambios en la política exterior norteamericana y europea respecto a los DDHH
Sin duda habrá desenlaces similares a otros procesos. Pero a solas, a lo interno, no podremos. Los Walesa, Mandela, Suárez, Geisel, Neves, Sarney o Sanguinetti, fueron lideres que correspondieron a otros tiempos, otras circunstancias, un orden internacional menos interconectado.
La captura del Estado no son cuentos.
Los grandes procesos de transición entre regímenes autoritarios y democracias no responden a fórmulas lineales. La tentación de muchos historiadores, politólogos o actores políticos ha sido interpretar cada crisis contemporánea a la luz de precedentes históricos conocidos: la transición española después de Franco, la caída del bloque soviético, el plebiscito chileno contra Pinochet, la democratización brasileña, la derrota de las juntas militares argentinas o la salida negociada del apartheid sudafricano.
Uno de los errores más frecuentes del análisis político consiste en asumir que la historia opera por analogías automáticas. Cada transición ocurre bajo condiciones culturales, geopolíticas, económicas y sociales distintas. Los actores cambian, las estructuras internacionales mutan y las sociedades producen respuestas inéditas frente a contextos inéditos.
Autores como Samuel Huntington en The Third Wave, intentaron identificar patrones generales de democratización durante el siglo XX. Huntington observó ciclos históricos donde las democracias emergían en “olas” impulsadas por factores económicos, crisis de legitimidad, presión internacional y fracturas internas dentro de las élites autoritarias.
No obstante [Huntington] advertía que las transiciones no podían entenderse como modelos exportables mecánicamente. Las democracias nacen de contextos específicos. De hecho la insistencia en comparar procesos distintos conduce a diagnósticos equivocados.
A fin de cuentas no es difícil diferenciar el caso Venezolano. Un Estado penetrado no sólo por sables y boinas, sino por grupos criminales que se apoderaron de una gran riqueza y del territorio. Alianzas policiales y corsarias saquearon al país. La represión llegó acompañada de miseria, tortura y hambruna. Y la retórica diplomática—expectante pero inocua a la vez—demostró que el crimen paga mientras no sea castigado con una fuerza superior a las de ellos. Debutó entonces la legítima defensa internacional, extracción incluida.
Nuestra historia aún no termina. La transición está por verse. Y la tendencia a producir paralelismos genera una dificultad interpretativa que nos atrapa en expectativas no cumplidas.
Las dictaduras militares del Cono Sur durante las décadas de 1970 y 1980 respondían a una lógica distinta de los regímenes populistas-autoritarios del siglo XXI. Las juntas militares de Argentina, Chile, Uruguay, Perú o Brasil mantenían estructuras relativamente institucionales, jerarquías verticales y una relación más clásica con las FFAA.
En otra dirección, regímenes contemporáneos como el venezolano mezclan elementos de militarización, redes criminales transnacionales, control social asistencialista, hegemonía comunicacional, inteligencia cubana y captura estructural del Estado por élites híbridas político-económicas. Esto hace que las categorías tradicionales de dictadura militar o autoritarismo clásico resulten insuficientes.
El caso chileno suele citarse como paradigma exitoso de transición democrática negociada. La derrota de Augusto Pinochet en el plebiscito de 1988 permitió una apertura progresiva respaldada por acuerdos institucionales, presión internacional y una oposición cohesionada. Sin embargo, Chile conservaba instituciones relativamente funcionales, una economía estable y FFAA—que aun siendo represivas—mantenían una racionalidad institucional. El propio Pinochet buscaba garantías para preservar ciertos intereses militares y económicos. Existía además una sociedad civil robusta y una élite empresarial interesada en la normalización democrática.
Venezuela: Diferencias radicales y la purga cultural
El aparato estatal no sólo administra poder político, sino también economías ilícitas, minería irregular, narcotráfico, estructuras paraestatales y alianzas geopolíticas con actores extrahemisféricos. El régimen venezolano no se agota en una disputa electoral. Enfrenta un problema existencial. Para el régimen abandonar el control del Estado podría significar cárcel, pérdida patrimonial o incluso riesgos personales. Esta variable altera completamente los incentivos de transición.
Pertinente recordar la teoría de Guillermo O’Donnell sobre los “autoritarismos burocráticos” y las “transiciones pactadas”. O’Donnell sostenía que muchas aperturas democráticas surgen cuando sectores moderados del régimen concluyen que el costo de permanecer en el poder supera el costo de negociar una salida. Pero en casos donde el poder está profundamente asociado a redes de protección criminal o geopolítica, el cálculo racional y diacrónico, cambia drásticamente. La permanencia deja de ser únicamente ideológica: es supervivencia.
Esto lo comprende Washington por lo que acertadamente prioriza estabilización vs. democratización. Invertir esta ecuación es una fantasía. El costo del Delcy et all a no obedecer sería salir de inmediato del poder. Por eso acepta su autodepuración. Sin control sobre las redes criminales, de las estructuras básicas del Estado [FFAA-policiales, justicia, forasteros] no existe transición sostenible. La propia María Corina sabe que un evento electoral supone tanto actos preparatorios y orgánicos, como un proceso depurado y vigilado, que permita cobrar.
Otro error común de historiadores y analistas consiste en creer que los pueblos reaccionan siempre igual ante la opresión. La experiencia latinoamericana demuestra exactamente lo contrario. La Revolución Cubana produjo una narrativa continental donde la lucha armada se convirtió en símbolo romántico de emancipación. Décadas después, las dictaduras militares del Cono Sur generaron sociedades exhaustas que privilegiaron pactos civiles y reconstrucción institucional. Más tarde, el ascenso del chavismo en Venezuela ocurrió no mediante un golpe clásico sino a través de elecciones democráticas y una narrativa populista basada en exclusión social, resentimiento histórico y redistribución petrolera.
Esto demuestra que las transiciones dependen profundamente de marcos culturales específicos. Antonio Gramsci entendía el poder no sólo como coerción, sino como hegemonía cultural. Los regímenes sobreviven mientras logren construir narrativas legitimadoras capaces de penetrar emocionalmente a sectores sociales. En Venezuela, el chavismo no se sostuvo únicamente por represión; también desarrolló una identidad política simbólica vinculada al antiimperialismo, al militarismo bolivariano y a la idea de redención popular. Aunque esa hegemonía tuvo su parteaguas en el 3E-26, su secuela impide un salto inmediato a un proceso electoral. La depuración también es cultural, ideológica y pragmática.
Disrupción ‘a la venezolana’. La diplomacia de la fuerza
La misma historia demuestra que muchas transformaciones políticas consideradas “imposibles” terminaron ocurriendo mediante eventos disruptivos no previstos por los modelos académicos tradicionales.
La caída del Muro de Berlín tomó por sorpresa a numerosos especialistas soviéticos y occidentales. Pocos anticiparon la velocidad del colapso de la Unión Soviética. Del mismo modo las revoluciones árabes [primaveras de twitter] mostraron cómo nuevas tecnologías de comunicación alteran repentinamente el equilibrio político regional. Sin embargo, también revelaron que la caída de un dictador no garantiza automáticamente una democracia funcional.
El caso venezolano representa una transición atípica e inédita dentro de América Latina. No existe un precedente exacto de un Estado petrolero profundamente militarizado, con colapso económico masivo, migración superior a ocho millones de personas, injerencia de actores extranjeros y coexistencia simultánea de mecanismos electorales con autoritarismo estructural.
Aquí emerge otro elemento central: el papel de los actores externos. Numerosas teorías clásicas de democratización subestimaron la influencia decisiva de factores internacionales en tiempos de mayor integración internacional. La historia demuestra que pocas transiciones relevantes ocurrieron completamente aisladas del contexto geopolítico.
La democratización europea posterior a la II Guerra Mundial fue inseparable de la influencia estadounidense y del Plan Marshall. La caída de las dictaduras latinoamericanas coincidió con cambios en la política exterior norteamericana y europea respecto a los DDHH. Incluso el fin del apartheid sudafricano estuvo condicionado por sanciones internacionales, aislamiento diplomático y presión económica global. En cada caso precedió una guerra [externa o interna]. Nada en Venezuela-incluso la confrontación civil-ha sido convencional.
El concepto de “diplomacia de la fuerza” resulta particularmente relevante para comprender ciertos procesos contemporáneos. Henry Kissinger sostenía que el orden internacional se fundamenta tanto en legitimidad como en equilibrio de poder. Cuando un régimen autoritario logra neutralizar costos internacionales las posibilidades de transición disminuyen considerablemente.
La experiencia venezolana parece confirmar esta premisa. Durante años, amplios sectores opositores apostaron casi exclusivamente por salidas electorales o negociaciones internas mientras el régimen fortalecía alianzas con Rusia, China, Irán y Cuba. Estas alianzas no fueron meramente diplomáticas. Constituyeron redes de soporte financiero, militar, tecnológico e inteligencia estratégica. En consecuencia, el conflicto venezolano dejó de ser exclusivamente doméstico para convertirse en un asunto geopolítico regional. Y llegó el 3 de Enero 2026.
La retórica paga. Soberanía y propaganda vs. modernidad
En Panamá, la caída de Manuel Noriega no ocurrió únicamente por protestas domésticas, sino por la causa justa estadounidense. En República Dominicana la crisis [1965] desembocó en intervención internacional. En Haití distintos procesos políticos estuvieron condicionados por presencia extranjera. Experiencias controvertidas que evidencian una realidad histórica incómoda: ciertos regímenes no abandonan el poder por persuasión moral o competencia electoral, sino por la fuerza.
Esto no implica justificar intervenciones indiscriminadas ni desconocer el principio de soberanía. Significa reconocer que algunos sistemas autoritarios contemporáneos se estructuran para impedir cualquier transición democrática autónoma. La diplomacia clásica pierde eficacia cuando el régimen considera que la retórica paga.
El politólogo Juan Linz diferenciaba entre regímenes autoritarios y totalitarios. Los totalitarismos buscan controlar no sólo las instituciones políticas, sino también la vida cultural, simbólica y psicológica de la sociedad. Venezuela probablemente no constituye un totalitarismo clásico como Corea del Norte, pero sí desarrolla elementos híbridos de control social integral: dependencia económica, propaganda ideológica, persecución selectiva, fragmentación opositora y colonización institucional. Estas características producen una resistencia distinta—idealista e insuficiente—en comparación a las transiciones tradicionales.
Otro aspecto fundamental es el fenómeno migratorio. La diáspora venezolana constituye uno de los desplazamientos humanos más grandes de la historia contemporánea latinoamericana. Este hecho altera profundamente las dinámicas políticas internas. En otros procesos históricos, las clases medias opositoras permanecían dentro del país presionando por cambios institucionales. En Venezuela millones de ciudadanos emigraron, reduciendo capacidad organizativa interna. La diáspora se convierte así en actor político transnacional.
La historia latinoamericana no es suficiente para anticipar como será la ruptura definitiva de la coalición dominante en Venezuela. El PRI mexicano cayó por erosión progresiva de consensos internos. En Brasil la apertura militar ocurrió por sectores empresariales y tecnocráticos. En Argentina, la derrota en la Guerra de las Malvinas destruyó legitimidad militar. ¿Y Venezuela? Decantación estratégica por un agente externo, tutela, obediencia, estabilización (…) elecciones vigiladas, justicia transicional y salida del hegemón de fachada revolucionaria.
¿Cuál podría ser entonces el detonante venezolano?
Precisamente allí radica la dificultad de los historiadores para interpretar procesos inéditos. La transición no ocurrirá mediante elecciones convencionales inmediatas ni levantamientos populares clásicos. De hecho, ya se intentó y no pasó.
El filósofo Hannah Arendt sostenía que los regímenes excesivamente dependientes de coerción terminan revelando su fragilidad estructural. Fragilidad que no garantiza colapso inmediato. Algunos sistemas sobreviven gracias al control de aparatos represivos y apoyo externo, hasta que un agente interno o externo, les voltea la tortilla. Y llegó Trump a barrer la casa.
En este contexto, la diplomacia de la fuerza adquiere relevancia estratégica: miedo creíble a otras olas de extracción y captura; el costo de resistir vs. el costo de desobedecer al estado tutor; la fragmentación forzada, el quiebre y la purga inevitable de la coalición dominante y el ‘sálvese quien pueda’.
La lección central es que la historia no ofrece moldes exactos. Cada transición redefine las categorías con las cuales intentamos comprenderla. Los actores políticos que insisten en repetir recetas históricas sin entender singularidades culturales y geopolíticas terminan atrapados en diagnósticos obsoletos e inaplicables.
Comprender Venezuela exige abandonar analogías fáciles y aceptar que nuestra transición a la democracia, requiere de un fuerte patrocinio internacional [hoy lo es EE.UU] para hacer sostenible un proceso real de reconstrucción institucional y cultural profunda. No seremos el estado 51. El reto es otro: es volver a ser un estado libre y soberano. Así de simple y complejo a la vez. Y EEUU sabe que él representa ‘el otro espanto’ a quien el leviatán le teme, por lo que deberá irse como no solía.
La historia tampoco será escrita por un actor, por un mesías. El salto a la democratización viene unido a un nuevo concepto de ciudadanía donde se funden gremios, ONGs, sindicatos, vecinos, artistas y universidades. Esos serán los nuevos Mandelas, Walesas o Václav Havel. La historia dejó de ser de Quijotes, Super Héroes o de Cid campeadores. La historia ya no es de nombres y apellidos. Es de prosa libre y colectiva. Cambia el tiempo y cambian las voluntades, y cambia el ser y cambia la confianza decía el poeta.
La historia no se reedita. Es genuina, es auténtica y verdadera por legítima y honesta. Actores, pueblos y circunstancias cuyas historias no se repiten, se hacen, y a más de cambiarse cada día—sentenció Luis de Camões en sus sonetos—otro cambio hace de mayor espanto, que no cambia ya como solía…
@ovierablanco
vierablanco@gmail.com
Ex Embajador de Venezuela en Canadá
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