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RELATO

La manía

Narraciones que combinan vivencias y ficción con un claro propósito reflexivo

Por Claudio Reina

Cecilio era, ante todo, maniático. Su nombre fue la primera de sus rarezas.

Llamarse Cecilio en este siglo es equivalente a llamarse Camilo o Celio, incluso Claudio. Las maestras apilaban un puñado de nombres empezados por C (Clemente, Carlos, Carmelo) que apedreaban a Custodio con golpes de indiferencia y marginalidad. El pobre Cándido siquiera tuvo apodo y todos confundían su nombre (Cecilio, por clarificar).

A Cecilio no le gustaba la palabra clarificar “si es que no hay necesidad” decía “con aclarar basta”.

Cuando leía una palabra mal escrita, una coma en mal sitio (o un paréntesis innecesario) la dentera se apoderaba de sus pies y retorcía sus dedos, clavaba las uñas contra las manos, hundiéndolas hasta las falanges y adhiriéndose al metacarpo. Ellas, largas y afiladas como cuernos de mamut, protagonizaban otra de sus manías.

Su madre, su pobre madre, cinturón negro de Kung Fu y monja Shaolin, había de aplicar los conocimientos más hondos del wushu contra su propio hijo, arrojándole patadas y puñetazos, Zheng Ti Tui / Puño Invertido, Ceai Tui / Lanza a los Ojos, Pi Feng Tui / Puño de Hacha, pero Cadmio esquivaba las combinaciones, salvando a su persona de la náusea típica de rozar la uña, del vómito trágico de cortarla.

Otro elemento de arcadas eran los botones.

No aguantaba los botones.

Vestir una camisa o un polo era motivo de ansiedad, migraña y potingue. Una tarde, a los tres años, encontró a su hermano, inquietantemente alegre. Le ofrecía un abrazo. Estaba abrigado por un jersey de lana con un gran botón que unía el cuello del suéter con el torso. Odiaba dichas telas, pero el amor que sentía por su hermano superaba toda fobia y lo abrazó. El pelo se enredó por el disco, tirándole por los agujeros, postrándolo al poliéster. Sajaron su cabello con tijeras de cocina y, desde entonces, vivió por y para el chándal, enemistado ante el botón.

El horror de hacer amigos, la angustia del orín y el pegajosismo de los calcetines. La forma de las cucharas, morderse los padrastros y la pulpa de los zumos. Aunque sin duda, la peor manía de todas, era la de escribir.

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