Duquelito tenía buen oído. Oía al alquitrán frotándose las manos, escuchaba al viento en los cigarros y la ceniza del hogar, al cobre costrarse en la reja y al hielo caer contra los vasos como cae la luz ante la noche, pero nunca distinguía los pájaros.
Duquelito siempre fue un ente marginal. Nació en el extrarradio, aprendió del polígono. Al principio los robos eran simples: bolsos, carteras, teléfonos. Su ambición fue creciendo y con ella los asaltos: timos, atracos, butrones. Pero no todo en el oficio son ventajas, la persecución y el insomnio se enclaustraban en su hígado y acabó perdiendo el sentido del hurto.
Dejó su ciudad atrás.
En Madrid las estaciones son tan tristes como eternas. El invierno es gris y el verano infierno. Por el frío se rompen las ramas y en el calor los ladrillos sudan. La única estación vigente es la primavera, pero él no la oía, porque sólo escucha lo triste.
Duquelito ya no delinque. Su experiencia en la ilegalidad le sirvió para mostrar talento y decisión, pero no quiere una vida entre rejas o relicarios, tampoco una muerte vana, a diferencia de sonetos y tankas.
Se acababa de mudar a un piso desvencijado, con tres desconocidos que sólo intervenían por las congojas del gotelé y el préstamo de tostadoras. Decidió abastecerse de las conservas, especias y hervidoras ajenas, y dejar que la vida le guiase con su consejo, aunque sólo pudiera oír lo triste.
En Madrid no había siquiera monte, apenas quedaba noche. Aquí nadie duerme y nadie es sombra y el día es plomo para las migrañas. Sólo la cábala le regalaba muescas de oscuridad, y Duquelito, se refugiaba en ellas.
En la habitación contigua crujían los muebles, la pared se desconchaba y el ruido de la calle golpeaba cristales y balcones.
De pronto escuchó una voz.
Una voz alegre.
Duquelito salió aspaventado de su hogar, robó coches, bancos y alunizó una joyería, pero no le bastaba para ahuyentar aquel ruido sonriente.
Dejó la nave de alunizaje en un descampado de Carabanchel. La echó a arder. En el camino de vuelta cruzó los parques y senderos de la capital, se detuvo junto al Manzanares, a respirar la angustia de la jacaranda y cerró los ojos, se concentró en el mugir de la carretera, el chirrido de los autobuses y la abstinencia de los indigentes. Volvió a su hogar, con su oído absoluto de tristezas.
Allí vio a la voz:
Tenía el iris azul y las pupilas negras. El rasgo marcado y la sonrisa blanca. Era extraña, como la primavera.
¿Alguna vez has robado? Pensó en preguntarle. No. Bueno… Una vez, respondió ella, de pequeña. ¿El qué? Dijo en voz alta (huyendo de una posible telequinesis). “Dos imanes y tres caramelos” ¿Y ya? También robé una flor, ¿de dónde? De la primavera.
Y no se sabe muy bien cómo, pero acordaron atracar la primavera.
Agarraron serruchos, hachas y palancas. Esperaron a la madrugada para ir a por el primer almendro. Segaron las ramas superiores. Talaron el tronco. Cortaron las ramas y guardaron las flores. Fueron al apartamento, agujerearon la pared con mazos e injertaron el árbol. Las raíces crecieron por el patio de luces e incordió a los vecinos, pero el pasillo se llenó de flores blancas.
La madrugada siguiente recorrieron las calles con palas en las manos. Narcisos, margaritas y amapolas, geranios y hortensias, anémonas y tulipanes. Llegaron al hogar, levantaron las maderas del suelo y trasplantaron las flores. El salón se hizo jardín.
No les importaba los vecinos de abajo con tierra hasta en los calcetines, o los de arriba, con las ramas del pasillo rompiéndoles el suelo. Ellos querían el mes de abril. Al completo. Sólo les quedaba la fauna.
Arrancaron las cortinas y las cortaron en dos círculos enormes. Con patas de silla construyeron dos astiles. Fueron a un bazar a comprar decenas de hula hoops y los unieron a las empuñaduras. Clavaron las cortinas a los aros y salieron, a plena luz del día, a cazar bandadas de pájaros.
La casa se llenó de aves y los vecinos, con las ventanas empapadas de guano, ni se atrevieron a rechistar.
Golondrinas, vencejos y cucos. Al siguiente día trajeron jilgueros, ruiseñores y mirlos.
¿Lo oyes? – dijo ella.
Son pájaros.