Hay una promesa nueva que circula en el comercio tecnológico estadounidense. Una empresa californiana llamada Span se asoció con la fabricante de procesadores Nvidia y con la constructora de viviendas PulteGroup. La idea consiste en colgar pequeñas máquinas industriales sobre la pared exterior de las casas. Estas procesan tareas de inteligencia artificial (IA) para grandes empresas y así, el propietario recibe a cambio una tarifa rebajada de luz e internet. La presentación es elegante, sin embargo, la realidad merece otro nombre.
La receta del charlatán aplicada a la Inteligencia Artificial
Un análisis preciso para contar las cosas como son
Un centro de datos no es un mueble y conviene pensarlo como una pista olímpica de patinaje sobre hielo, esta necesita refrigeración constante, aislamiento térmico riguroso, técnicos especializados, seguros, normas, ingenieros y sistemas redundantes contra incendios. Nadie sensato monta una pista olímpica en el patio trasero de su casa para ahorrar la entrada. La propuesta que ahora circula equivale a eso. La diferencia importante es que el hielo se derrite en silencio, sin embargo, un servidor mal cuidado, en cambio, arde.
El argumento comercial es seductor para el oído desprevenido. Las grandes nubes de cómputo demandan más electricidad de la que las redes locales pueden entregar. Construir centros nuevos lleva años y las comunidades se oponen con litigios; y, además, suman impuestos. Frente a ese cuello de botella, alguien sugirió dispersar la carga. Si cada casa nueva tiene un poco de capacidad eléctrica sin usar, podemos sumar miles de casas y formar un centro virtual gigantesco. Suena ingenioso, moderno y ecológico; pero la trampa está en lo que el discurso omite.
Empecemos por la cuestión técnica más simple. La latencia es el tiempo que tarda una señal en ir y volver. Imaginemos una conversación telefónica entre dos personas en habitaciones contiguas, la respuesta llega de inmediato. Imaginemos ahora esa misma conversación con 5.000 interlocutores repartidos por todo el país. Cada uno oye y responde con un retraso pequeño. La conversación colectiva se vuelve un caos. La inferencia de IA empresarial requiere coordinación estricta entre nodos y la conexión residencial no fue construida para ese propósito, sino para ver películas y mandar mensajes. Forzarla a otra cosa produce resultados pobres.
La fibra óptica que llega a un hogar promedio se parece a una manguera de jardín. La fibra de un centro de datos profesional se parece a un acueducto industrial. Las dos transportan agua, pero no son intercambiables. Cuando miles de hogares envían al mismo tiempo grandes volúmenes de información hacia las nubes corporativas, la red local del barrio se satura. El vecino que solo quiere ver una película pierde calidad, así, el sistema completo se degrada.
Aquí empieza el costado verdaderamente serio porque un servidor industrial dentro de una caja pegada al exterior de una casa es un objeto eléctrico denso en el que los procesadores gráficos modernos consumen miles de vatios. Necesitan refrigeración líquida y emplea fluidos que circulan por circuitos cerrados. Si una manguera se rompe, gotea sobre electricidad, hay riesgo de cortocircuito, por lo tanto, el riesgo de incendio está latente.
Pensemos en escenarios que cualquier vecino reconocerá. Una rama cae durante una tormenta y golpea la caja o un adolescente curioso abre el panel para tomarse una fotografía con el equipo. Un perro orina sobre el cableado de la base o un niño pequeño toca un cable expuesto. También, un ladrón rompe la carcasa para robar las piezas valiosas o un grupo de jóvenes pinta grafiti sobre la unidad y daña la ventilación. Y si un terremoto leve descalibra el bastidor o una inundación en el sótano sube hasta el panel de servicio la naturaleza puede hacer lo suyo. Cada uno de esos eventos es probable en cualquier suburbio del mundo.
En un centro de datos profesional hay vigilancia constante, perimetraje, técnicos de guardia, cámaras, sistemas automáticos de detección. En la pared de una casa solo está la vivienda. Si algo falla a las tres de la mañana, el responsable es la familia que duerme adentro y la empresa que cobra por el servicio queda lejos.
Quien firma el contrato es el dueño de la casa y si el equipo provoca un incendio, ¿quién paga? La compañía dice que asumirá responsabilidades, pero los contratos rara vez son tan claros. El seguro de hogar puede negarse a cubrir un siniestro causado por equipo industrial no doméstico. La indemnización al vecino lastimado por el incendio queda en disputa entre tres compañías y cuatro abogados. Entre tanto, el propietario de la casa perdió todo. La promesa de ahorro mensual se evapora ante la primera factura del hospital.
Hay también la cuestión de la mudanza. Si el dueño vende la casa, no se sabe si el comprador hereda el contrato y tampoco sabe si puede negarse. Tampoco se sabe quién paga la restauración eléctrica de la pared. Nada de esto fue resuelto en la cobertura periodística y la propuesta circula como producto terminado, aunque es apenas un boceto.
La idea central del problema aparece con claridad. La IA trabaja con cantidades de electricidad y de calor insostenible para una operación doméstica. La respuesta civilizada consiste en construir más infraestructura especializada, no en disfrazarla de mueble suburbano. Los hospitales no se distribuyen como kits caseros y las refinerías de petróleo no se reparten en garajes, así como los reactores nucleares que no se venden a familias. Cada actividad de alta densidad técnica exige profesionales, normas, supervisión, ingeniería.
La propuesta de los centros de datos en la pared invierte ese principio cuando toma una actividad industrial y la traslada a un entorno doméstico. El argumento comercial pretende que la economía justifica el riesgo, sin embargo, la economía rara vez justifica los incendios.
La solución correcta carece de glamur, pero es sólida. Hay que construir más centros de datos en lugares adecuados, en regiones del país con energía abundante o zonas industriales con conectividad robusta. Hay terrenos con espacio para sistemas de refrigeración apropiados y comunidades que recibirán empleo y recaudación a cambio de aceptar el centro. Hay que dialogar con esos grupos y pagar impuestos justos. Parte de la solución está en invertir en formación de técnicos y la mejora de las redes eléctricas regionales.
Ese camino lleva tiempo, cuesta dinero y exige paciencia. La virtud del camino es que funciona y no traslada el riesgo a la familia menos preparada para asumirlo.
La IA es una tecnología seria, merece infraestructura y responsabilidad. Los atajos que parecen geniales suelen terminar en juicios y en familias arruinadas.
El engaño del centro de datos doméstico es un mal negocio para todos salvo para sus promotores. Para el residente representa riesgo físico, legal y financiero. Para la red eléctrica conlleva una transferencia de costos hacia el contribuyente común. Y para la industria representa la tentación de soluciones baratas ocultando sus pasivos. Entre tanto, para la sociedad esta es la confusión entre laboratorio y comedor.
La IA necesita más centros de datos profesionales, ubicados con criterio, refrigerados con técnica, vigilados por especialistas, dimensionados con honestidad. Lo demás es publicidad y atajos. Sin embargo, estos atajos, cuando llevan corriente eléctrica industrial, terminan en humo.
Las cosas como son
Mookie Tenembaum aborda temas de tecnología como este todas las semanas junto a Claudio Zuchovicki en su podcast La Inteligencia Artificial, Perspectivas Financieras, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.
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