Opinión

La tropa de San Nicolás del Peladero

Una de las características de las dictaduras es que sus testaferros terminan creyendo que el poder que ejercen dentro de sus fronteras les concede licencia para comportarse igual en todas partes

Por NINOSKA PÉREZ CASTELLÓN

“Cuando mezclas ignorancia y soberbia obtienes mediocridad” - Salomón

Según la publicación oficialista Cuba Debate, en un artículo dedicado a la guapería cubana, describen a el clásico guapo de solar como el Cheo Malanga de San Nicolás del Peladero. Figura que presume de brabucón, intimida a los demás y confunde los gritos con la autoridad. Esta modalidad puede encontrarse en toda Cuba.

Al parecer, armaron una tropa elite y los enviaron a Naciones Unidas.

Allí, en los pasillos, protagonizaron recientemente un acto de repudio contra la delegación estadounidense encabezada por el embajador Mike Waltz, acompañada por cubanos del exilio y expresos políticos. Al frente de la escena estaba Ernesto Soberón, representante permanente de Cuba ante la ONU, dirigiendo la turba que gritaba “¡terroristas!” a personas que habían sufrido la represión del régimen que él representa.

El espectáculo, apenas comenzaba.

La víspera de la votación sobre el embargo, cita anual que La Habana convierte en una operación propagandística para presentarse ante el mundo como víctima, Mike Waltz mostró una colección de fotografías que puso sobre la mesa una pregunta incómoda para los representantes cubanos: ¿cómo explicar la miseria de un país cuyos dirigentes y familias vinculadas al poder disfrutan de lujos inaccesibles para la inmensa mayoría de sus ciudadanos?

Se vieron a todo color mansiones suntuosas, cayos privados, playas exclusivas, embarcaciones, muelles y relojes Rolex en las muñecas de Díaz-Canel y compañía, presentación que contrastaba con el discurso oficial de sacrificios y penurias. El mensaje del embajador era evidente: antes de venir a Naciones Unidas a lamentarse, expliquen cómo se financia ese estilo de vida y por qué el pueblo cubano continúa pagando por tantos años de desastres económicos que no afectan a la cúpula.

Bruno Rodríguez, el otrora corre ve y dile de Fidel Castro, encabezó la protesta y varios representantes cubanos abandonaron sus puestos para plantarse frente al podio e interrumpir al embajador estadounidense, exigiendo que lo silenciaran.

Mala decisión. Waltz les respondió con firmeza: “Retrocedan, están en Estados Unidos, ¡no en La Habana!”

¡Yo estoy flipada!, como dirían en España, al contemplar la transformación de Bruno. Una de las características de las dictaduras es que sus testaferros terminan creyendo que el poder que ejercen dentro de sus fronteras les concede licencia para comportarse igual en todas partes.

Tal es así que el modosito Bruno se ha lanzado al estrellato de la guapería revolucionaria en busca de la medalla de Cheo Malanga.

Pero la guapería de Bruno me sorprende por una razón personal.

Lo narra el admirador de Fidel Castro, Julio Pavón, militante puertorriqueño, en su libro “Knock out: Fidel Castro visita el sur del Bronx”. En un capítulo titulado “Habana tenemos un problema”, se cuenta cómo, durante la visita de Fidel Castro a Nueva York para conmemorar el cincuenta aniversario de Naciones Unidas y mientras él planeaba una cena al dictador, Bruno Rodríguez, entonces jefe de la Misión Cubana ante Naciones Unidas, lo manda a “buscar con urgencia”.

Relata Pavón en su libro y cito textualmente: “Bruno tenía el rostro serio y marcado por la preocupación. Me lleva a un lugar aislado para decirme la magnitud del problema. Yo me imagino lo peor, la cara de Bruno demostraba urgencia, pánico. Hay que cancelar la cena, Fidel no puede estar porque hay una mujer que es una instigadora y ha estado presente en una serie de actividades contra el gobierno cubano”. Pavón quedó confundido: ¿cancelar la cena? Bruno tenía razón, ya yo le había gritado cobarde en su cara a Fidel Castro a su llegada a Madrid durante la segunda Cumbre Iberoamericana y durante el resto de sus comparecencias por no haber respondido a mi pregunta de cuándo cesaría la represión en Cuba. Pavon relata en su libro que el tembloroso Bruno le dijo que había que mantener a Fidel alejado de esa mujer, refiriéndose a mí.

Contó que fue a ver al Servicio Secreto, que le respondió que yo tenía credenciales oficiales de prensa y ellos no harían nada. Indignado por la respuesta, cuenta Pavones que surgió el plan B: karatecas de cinta negra.

En una entrevista para la revista Bohemia, durante una visita a Cuba, Pavón manifestó lo siguiente: “Las tensiones eran muchas; Bruno Rodríguez vino a decirme que Fidel no iba a poder asistir porque ahí estaría una agitadora, Ninoska, connotada contrarrevolucionaria de Radio Martí.

Y ahí descubrió que había un problema llamado Ninoska. Narra Pavón en su libro: “Voy a verla”, me responde en voz alta, se defiende, me insulta y no quiere entender. Entonces me giré hacia mis agentes propios de seguridad y di la orden a los karatecas.

Lo que nos vino encima fue una jauría de esbirros que los detuvo la luz de la cámara de Radio Martí que permitió que Cristina Sansón, el camarógrafo y yo pudiéramos abandonar la iglesia de Harlem, no el restaurante como cuenta él.

Aquella experiencia dejó claro que la guapería de los servidores de una dictadura suele depender de la fuerza que tienen detrás.

Si se comportan así ante las cámaras, en la sede de las Naciones Unidas, ¿qué no serán capaces de hacer contra sus víctimas dentro de Cuba? Esa fue la pregunta planteada por el embajador Waltz.

El embajador, al que pretendieron intimidar, antes de ser diplomático, sirvió durante 27 años en el Ejército estadounidense, formó parte de las fuerzas especiales conocidas como Boinas Verdes, combatió en Afganistán y recibió cuatro Estrellas de Bronce, dos de ellas por actos de valor en combate.

Publiqué en las redes una fotografía suya vestido de uniforme militar, durante su servicio, junto a otra de Bruno vestido con uniforme de combate de San Nicolás del Peladero. El traje verde olivo que visten los esbirros castristas que no han librado ni siquiera una guerra de pan duro. No hacen falta palabras.

Lo más triste es que todo ese espectáculo se organiza para defender los privilegios de una élite que actúa como propietaria de una isla, de la que se ha adueñado por la fuerza.

Que no se llamen a engaño. El tiempo de las excusas no es infinito. Los cubanos merecen libertad, justicia y la oportunidad de decidir su propio futuro. Y quienes todavía tienen capacidad de elegir deben comprender que ninguna posición dentro del aparato del poder garantiza inmunidad eterna.

El secretario de Estado Marco Rubio ha señalado que existe una oportunidad para quienes estén dispuestos a contribuir a un cambio en Cuba; hay un canal de comunicación con la Agencia Central de Inteligencia. Todo aquel que tenga algo que aportar para lograr el cambio está a tiempo.

Pero que les quede claro: las dictaduras no son eternas.

Cuando llegue la hora de rendir cuentas, la guapería no servirá de escudo, y quizá entonces veamos que, en la misma tropa de Cheo Malanga alguien de, el paso al frente que salve a Cuba.

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