Hay una forma de matar que no deja sangre en las manos y tampoco demanda intención homicida ni conciencia del daño. Requiere solamente una certeza moral suficientemente intensa y una disposición a actuar sobre ella sin calcular las consecuencias. Esta forma de matar tiene nombre antiguo, se llama moralismo, y en la Inglaterra de hoy produce víctimas contables, con nombre y número de historia clínica.
La virtud que mata
Un análisis preciso para contar las cosas como son
El Sistema Nacional de Salud británico lleva dos años usando un programa informático que integra los datos dispersos de sus hospitales. Este sistema permite conocer en tiempo real qué quirófanos están ociosos y qué pacientes llevan más tiempo esperando una operación; así como qué enfermos pueden recibir el alta sin riesgo. Los resultados son públicos y verificables. Desde su implementación, el programa produjo 110.000 operaciones adicionales. Redujo en 15% los días de demora para pacientes esperando ser dados de alta; ya clínicamente aptos. Además, aceleró el diagnóstico de cáncer en 6,8% dentro del plazo crítico de 28 días. Casi 300.000 pacientes recibieron el alta hospitalaria con su asistencia directa.
El programa lo fabrica una empresa estadounidense llamada Palantir. Esta última oración es, para ciertos sectores del mundo sanitario y político británico, la que cancela todas las anteriores.
La empresa tiene contratos con el ejército de los Estados Unidos y con el Ministerio de Defensa de Israel; y su director ejecutivo emplea una retórica provocadora sobre la guerra. Por estas razones, los médicos declararon que no quieren usar el sistema por razones de conciencia. Grupos de presión acusan a la empresa de complicidad en crímenes de guerra. La Asociación Médica Británica instruyó a los médicos a limitar su participación en la plataforma. Cincuenta mil pacientes escribieron cartas a sus hospitales pidiendo que no adopten el sistema. Así, políticos de varios partidos exigen la activación de la cláusula de ruptura del contrato antes de febrero de 2027.
Nadie en este debate calculó cuántas personas morirán o sufrirán daño irreversible si el sistema se desmantela antes de que exista un reemplazo operativo. Esta omisión no es accidental, sino estructural al pensamiento moralista.
El moralismo, a diferencia de la ética, no pondera consecuencias, sino que se define precisamente por su negativa a hacerlo. El moralista actúa sobre la pureza de sus principios y considera que calcular el costo humano de esa limpieza es en sí mismo una concesión moral inaceptable. La contaminación está en el origen, no en el resultado. Una operación programada con software de Palantir es una operación manchada, independientemente de que el paciente sobreviva gracias a ella.
Los que piden terminar el contrato proponen activar la cláusula de ruptura ahora y reemplazar a Palantir con una solución construida en el Reino Unido. Ninguno publicó un calendario, un presupuesto ni un análisis del período de transición. Tampoco calculó cuántas operaciones dejarán de realizarse durante ese período ni cuántos diagnósticos de cáncer llegarán tarde. El costo total del programa supera los £1.000 millones de libras esterlinas. Una evaluación independiente del rendimiento del sistema, encargada al Imperial College de Londres, tomará hasta tres años en completarse. Los que piden la ruptura la piden antes de que esa evaluación concluya.
Los médicos que se niegan a usar el sistema por razones de conciencia merecen respeto por su integridad personal. Pero un facultativo que ejerce su conciencia a costa de la atención de sus pacientes usa su investidura moral para tomar decisiones que afectan a terceros que no participaron en esa elección. El paciente en lista de espera no eligió que su cirujano tuviera escrúpulos sobre el origen del software que programa las salas de operaciones. El enfermo con sospecha de cáncer no eligió que su diagnóstico llegara más tarde porque los administradores del hospital limitaron su participación en la plataforma por instrucción sindical.
Los grupos de presión actúan dentro de su derecho y con argumentos que en abstracto son válidos. Pero ningún argumento válido está exento de consecuencias concretas. Cuando organizaciones coordinan campañas que convencen a decenas de miles de pacientes de oponerse al sistema, no producen pureza moral. Producen fricción institucional que ralentiza la adopción de una herramienta que ya demostró reducir el tiempo de espera para operaciones y diagnósticos de cáncer. Esa fricción tiene un costo clínico que ninguno de estos grupos ha calculado ni parece dispuesto a calcular.
Los políticos que exploran la activación de la cláusula de ruptura sin tener lista una alternativa operativa cede a la presión más ruidosa sin asumir la responsabilidad de lo que ocurrirá después. El ministro de ciencia Lord Vallance declaró ante el Parlamento que el gobierno quiere contratar tecnología británica. Es una aspiración razonable y una política de largo plazo necesaria. No es una respuesta a la pregunta de qué hacen los hospitales la semana siguiente a que se active la cláusula de ruptura.
El moralismo político tiene una característica que lo distingue de otras formas de desacierto. El error ordinario surge de información incompleta o de cálculos equivocados. El moralismo surge de una decisión previa de no calcular consecuencias porque hacerlo contaminaría la pureza del principio. Es por esto por lo que el moralismo es más peligroso que el error ordinario. El desliz se corrige cuando los hechos lo contradicen. El moralismo se protege de los hechos declarando que los hechos pertenecen a una categoría moral inferior a los principios.
Hay una pregunta que el debate británico sobre Palantir no formula nunca. Está lejos de los grupos de presión, los políticos o los médicos que boicotean el sistema. La pregunta es si el sistema se desmantela y el reemplazo tarda tres años en estar operativo, ¿cuántas personas sufrirán daño evitable durante ese período, y quién asumirá la responsabilidad por ese daño?
La ausencia de esta pregunta no es un accidente. Es el síntoma diagnóstico del moralismo como modo de razonamiento no pregunta por las víctimas de sus propias decisiones porque reconocerlas obligaría a ponderar, y eso es lo que este pensamiento rechaza.
Las víctimas del moralismo mueren sin que nadie las cuente, en listas de espera que se alargan o diagnósticos que llegan tarde; así como en quirófanos que permanecen ociosos porque nadie coordinó su uso a tiempo. Mueren en nombre de principios correctos aplicados sin la responsabilidad de calcular el precio de su aplicación.
Esta es la forma de matar que no deja sangre en las manos.
Las cosas como son
Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.
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